Jamás habría de llegar su melodía

Es la historia de un viejo profesor de música y su romance con una jovencita, mientras ella fue su discípula en sus lecciones de guitarra...

La miel de aquella melodía se esparció por todo el andén, atrayendo a los zánganos del recuerdo, imbatibles, perturbándole y haciéndole fruncir su ya canoso ceño, imposible ya de volver a asir aquellos momentos con ella. Imposible, la meliflua melodía nunca le ofreció de nuevo a la chica – su chica rubia y ligeramente pecosa, de pezones y labios exquisitos -; tampoco la maldición del tiempo lo haría; y mucho menos el arrepentimiento de no haber sido más atrevido: no se la jugó con ella, cuando era su discípula de guitarra. Escogió su mundo estable de señor casado y con hijos que la vida le había ofrecido ya y ésta, como siempre, le había negado otra oportunidad. Que hubiese sido única: la chica, precoz en sus amores, consentida por la belleza, había preferido siempre a hombres maduros. Y ella, le había confesado una vez, tras la puerta de su oficina, esquivando juguetona un beso, que le gustaba demasiado; y “se lo buceaba” siempre, desde una gran ventana, cuando bajaba, emergiendo de su automóvil.

Caruso su nombre

Las inefables notas de Caruso sonaron como jamás ni nunca, en esa eterna y por siempre vez, en virutas de pétalos de rosados botones cayendo nunca sobre nada. Era perfectamente ejecutada, ceñidas las notas, una por una, al pentagrama de algún oculto fauno travieso y solitario. Ni la respiración del maestro guitarrista ejecutante interrumpía los sonidos, paralizada casi por la ocupación de recuerdos sufridos y por la sal del abatimiento. Unos y otra insistían, ahora como moscas, alrededor de sus últimos hálitos, sin dejar de sonar las notas, excitantes y cautivadoras al mismo tiempo. Como ella, precisamente.

Un alba mística, sin piar de pajarillo alguno siquiera acompañaba sin aplaudir en lo más mínimo, muda en su majestuosidad, naciendo sin espectadores en aquel terminal aun vacío de público. Un sol de opaco fuego destellando las rosas de su chica, entregando un verdoso gris que tendió una mano a la mañana que tardaba. ¡Oh mujer, oh mujer!, pensaba el maestro entre bordones. Un hermoso derroche de sonidos irrepetibles y de luces suntuosas que nunca alcanzó a salir de las barreras de la estación.

La perfección de ejecución hacía sonar las cuerdas como emanando cada una su propia melodía independiente, lo que técnicamente ocurre siempre que hay música. Pero ahora se entretejían por sí solas, sin mediación de oído alguno; solo el del viejo guitarrista, quien escuchaba con su cuerpo y su alma candorosa, ajeno ya de sí mismo; poseso de una sola musa, ardorosa y joven, coqueta y sugestiva, voluptuosa y plena. Pero lejana.

La canción, mientras fue ejecutada en aquella “…vieja terraza…después de que había llorado” mantuvo en vilo muros y jardines, andenes y relojes, incapaces ninguno de crujir siquiera; o de murmurar algún suspiro.  

Antes de esa vez, el profesor siempre tomaba un tempranero desayuno; el frugal pan tostado casi chamuscado que solía llevar, con su rebanada de Emmenthal y su jugo de frutas. A un costado del duro banco de concreto que siempre servía a sus cavilaciones, aguardaba atenta su guitarra, muda en su negro y rígido estuche; un sarcófago para la última canción. Al sacarla del estuche y sin ejecutarla, solo aquella vez lo hizo, el profesor colocó la boca del instrumento hacia abajo, dando las cuerdas con el frío concreto y reluciendo su oscura y brillante barriga, carente de cicatriz alguna.

La rutina del maestro por mucho tiempo había sido hasta ese momento, la de llegar ceremoniosamente en cada mañana para sentarse en el mismo lugar, inmóvil y sin hablar con nadie, con la sola compañía de la guitarra y de su cada vez más espesa sombra de años precediéndole, pero sin atreverse a interrumpir aquel ritual de significado único y oculto. Por una hora, tal vez más, sostenía la común pose pensativa, sentado y subiendo una pierna sobre otra, recostado sobre un lado del dorso, el mismo lado siempre, la cabeza ligeramente ladeada, el rostro sin gesto mirando los reflejos de su chica en cada amanecer. Poco antes de retirarse y por algunos minutos, solía cambiar aquella posición coherente para colocar la guitarra entre sus piernas, una nostalgia genital o erótica, tal vez, difuminada en alguna tarde lejana, durante alguna lección.

El sujeto de la primera guardia, tomando apenas su turno en el terminal de trenes y dando su ronda lo encontró al día siguiente, muy temprano en la mañana, tumbado hacia un lado del banco, oculto de la vigilia de los serenos de la noche anterior, quienes no pudieron verlo. Entre sus piernas, lo que había sido un escudo ante la vida. Había esperado por mucho tiempo su tren, que nunca llegó, olvidado de la jovencita, condenado tras su idilio, su romance. Había contemplado todo lo que esperaba contemplar luego de aquella ruptura. Cegado por su inexpugnable belleza, creyó merecerla. Pero ella, sin camino aún para recorrer, no fue más allá de verlo como relación fugaz. Como ella, sin camino. A ella le gustaba a rabiar, en medio de sus encuentros, de sus tonalidades y sus escalas ascendentes que caían en un clímax de ritardando, de jadeos mascullados tras el ilegítimo placer. Lo vio, sobre todo ya al final, como lo que fue, su maestro de guitarra. 

Jota Eme Salcedo Picón

Julio de 2021


J. M. Salcedo Picón

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