En el rompeolas

Es difícil ser feliz si vives fuera de tu habitat

Cada tarde, antes de la puesta de sol, sentaba a su hija en la silla de ruedas, la tapaba con una manta y salían a pasear por la ciudad.

A veces visitaban la piscina municipal, a ella le emocionaba ver a los críos desenvolverse en el agua con total libertat. Otras veces, las más, solían ir al viejo muelle de pescadores para ver llegar las barcazas de pesca escoltadas por una nube de gaviotas. Fijaba su vista en el horizonte, en la puesta de sol y se le escapaba una lágrima ante la inmensidad del océano mientras a su padre, la conciencia le remordía y le empujaba a tomar una decisión, se sentía responsable de la fustración de su niña.

Aquella tarde se armó de valor y, después de sentarla en la silla de ruedas, dió un largo paseo por la ciudad, le compró un helado y se dirigió hacia el extremo del rompeolas. La mar estaba en calma y el sol a cinco minutos de sumergirse en ella.

Puso el freno a las ruedas, tomó a su hija en brazos, la besó en la frente y mientras cruzaban una mirada cómplice, se sonrieron y la lanzó al mar.

En cuestión de segundos sacó la cabeza, le miró con ese rostro que tienen los ángeles, le guiñó un ojo y sumergió de nuevo la cabeza mientras dejaba ver su hermosa y plateada cola de sirena y partió. Partió hacia donde el sol besa el mar, hacia donde los sueños nacen, donde no volverá a llorar.


Miquel Negre

19 Blog Publicaciones

Comentarios