La ceguera

Me reventé el ojo izquierdo y no grité.

Me reventé el ojo izquierdo y no grité. Tomé un perno, le di cinco giros y lo hundí en el iris. Quisiste detenerme pero no pudiste. O no quisiste.
Un ojo menos, ver menos, es lo que siempre dijiste ¿cierto? El que no ve, no teme ni tiene remordimiento. Pusiste presión en mi ojo. Tu rostro se desfiguró y no corté el lloriqueo. No pude. No es tu delito, dijiste, pero fue mi ojo inútil el que no vio sus piecitos curiosos.
Cogiste el teléfono y no pudiste pedir socorro. O no quisiste. Me recosté en tu seno y tus ojos se humedecieron. Me pediste perdón, que no fue mi crimen, insististe; pero fue mi ojo inservible el que no vio ese bultito curioso, tu tesoro, escondido en el rincón prohibido, en el único escondrijo de este piso donde no es seguro ser niño.


Fabián Ramos Aguirre

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