Danté, el infierno prometido

Aquellos que deben cumplir la misión, nunca sobrevivirán, no si siguen actuando igual.

Mientras los encargados del gremio hablan, el comedor comienza sus labores. Veteranos, reclutas y recién graduados llenan el lugar. La cafetería es igual de mugrienta y destartalada que el resto de las instalaciones. El techo gotea sobre las mesas, la barra de comidas y los bancos de madera. El moho invade cada rincón, cucarachas van de un lado a otro y ratas roen la comida petrificada que está en el suelo.

Los cocineros, hombres gordos con cebo y mugre escurriendo de su ropa, sirven sin ver a los comensales. Apestan más que toda la sala.

A veces se ríen de los novatos que piden más del puré o hacen una mueca al ver el agua verdosa. Los más testarudos, que intentan imponer su nombre, fama o la familia, son apartados a golpes. Esos niños malcriados se retiran con un chichón o toda la cara hinchada.

Las mesas, largas y de madera, con hongos, moho y demás seres que provoca la humedad, se tambalean. Los mejores asientos son ocupados por los que tienen partes de metal. No solo su rango les permite ese beneficio, los demás lugares se derrumbarían de inmediato cuando posaran su carne y metal.

–Menuda porquería –dice un chico pelirrojo, de ojos verdes y de un metro con ochenta centímetros. Arroja su bandeja a la mesa ocupado por un grupo variopinto, donde otros dos, del mismo tono de cabello, pero con una tez más clara y un poco más bajos, se quejan con una mueca–. Pensé que la comida mejoraría cuando termináramos el entrenamiento.

–¿Por dos semanas de antigüedad, querías mejor comida? –pregunta un afroamericano, que se ríe y se vuelve hacia los dos que están a su lado. Les habla en francés, lo que provoca que se rían sus compañeros

–Jerome, te recuerdo que las lenguas muertas están prohibidas por el reino hace varios siglos –habla el de tez apiñonada, rapado y con varios tatuajes en el rostro, brazos, manos y lo que se alcanza a ver en el cuerpo.

–Me parece hipócrita de tu parte decir eso, Alberto, cuando tú estás aquí por hablar en el mismo idioma.

–Hablé en un idioma que a sobrevivido por casi un milenio. Y no fue en el reino, tampoco es la razón por la que estoy aquí.

–Cállense los dos –interrumpe un rubio con barba poblada, una mirada perforante, porte militar y un peinado de casquete corto–. Hablen español, inglés, ruso, chino o japonés. Si los vuelvo a oír, los ejecutaré.

–Alexei, estás muy lejos del imperio –habla Jerome, mira al rubio mientras detiene a sus compañeros–. Aquí no tienen ninguna autoridad.

–No me importa –sus dos compañeros, uno con rasgos japoneses y el otro con una marca en la frente, piel quemada y un turbante, se vuelven hacia el resto–. Aquí los más fuertes mandan.

–Yo te puedo romper la madre si no te callas –responde Alberto, y lanza una mirada a sus dos compañeros. Uno es güero, con varios tatuajes en el brazo, la mayoría representando masacres y símbolos de genocidio. El otro, es un chico de piel apiñonada, cabello corto, ojos negros, sin marcas en su cuerpo. Come tranquilamente, sin mirar a nadie–. Cualquiera de nosotros.

–¡Un animal nunca me ganaría! –la respuesta ocasiona que todos se levanten, excepto el que ignora al resto.

Cada uno se prepara. Sacan sus cuchillos de su cinto y los insultos vuelan. Los demás empiezan a animar la situación. Los veteranos se acomodan, los de mismo rango que los combatientes aplauden y empiezan a apostar, y los novatos se retiran con sus alimentos a un lugar seguro.

–¡Qué está pasando! –entra un hombre afroamericano, calvo, con dos prótesis metálicas, una en el brazo derecho y la otra, en su pierna izquierda. Trae uniforme militar, una gorra con su rango–. ¡Atención! –guardan sus cuchillos y todos regresan a sus asuntos–. Ustedes doce, vengan a mi oficina. –La mesa se desocupa y los muchachos siguen al militar.

El pasillo está semi-oscuro. Algunos focos mantienen la iluminación, pocos y separados unos de otros por lámparas fundidas. Caminan ignorando las ratas, las puertas chirriantes y a los heridos que llevan en camillas oxidadas.

El chirrido del metal oxidado, gemidos de los moribundos, algo araña las paredes y el olor a sangre se intensifica. Los pasos resuenan en algunos lugares, a veces salpican más agua a la carcomida pared.

Sin más, se detienen frente a un marco sin puerta; entran en orden. Los muchachos se colocan frente al escritorio metálico, mientras que el militar se sienta detrás.

El hombre toca la superficie del mueble y una cortina de metal cierra la habitación.

–Escuchen, pedazos de mierda, ustedes tienen la misión más importante y son los únicos de todo el gremio que comparten un escuadrón con diferentes nacionales por petición de la nueva misión. Ya se les explicó porqué y aún así hacen este alboroto. Deben dejar de llamar la atención.

–Con todo respeto…

–Silencio, novato –interrumpe a Alexei–. Si no se llevan bien, me importa más la mugre que se escurre por mi escritorio, la cucaracha que se come mi comida o la vida de mi hija prostituta, que sus diferencias.

“Son la escoria de la escoria. La basura que ni un maldito perro se come. Ni las moscas zumban alrededor de su fétido olor. Por la mayoría de ustedes, nos pagan para tenerlos aquí –se vuelve hacia Alexei– por sus crímenes en sus naciones, lo cual sorprende a varios, ya que sus países permiten la mayoría de sus delitos.

“Ahora. Quiero que se retiren directamente a su barraca y si llego a escuchar otra pelea, los sacaré a todos de la misión y los volveremos a sus respectivos lugares. ¿Entendieron?

–Sí, señor. –se levanta la puerta y comienzan a salir.

–Yaotl –se detiene uno de los compañeros de Alberto, el único sin tatuajes–. Tú y Klistei deberían controlar a su escuadrón.

–Con todo respeto, capitán –uno de los pelirrojos, el mediano, espera al chico–, mientras menos seamos mejor nos irá. Este escuadrón no es más que un arma cargada que trae un adolescente a la escuela. Ya sabe cómo termina eso, más en mi nación. Por lo que veo, a la hora de la batalla, posiblemente nadie de ellos sobreviva.

–¿Qué hay de ustedes?

–Señor –mientras Klistei habla, Yaotl se da la vuelta y sale–, como nos dijo a la hora de formar el escuadrón: cada quien cuida su culo.


Hugo E. Valdez González valdez

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