LA REINA ESCORPIÓN

Adaptación del mito griego sobre la constelación de escorpio.

En la tribu de las amazonas griegas, la reina Edith siempre fue la más venerada y respetada. Gracias a su inteligencia y astucia, llevo a la tribu a su edad dorada. Atrás quedaron las trifulcas con los centauros y los griegos. Ahora, todos vivían en armonía. Poniendo fin a años de cruel y sangrienta guerra.

Edith, cumpliendo con sus deberes reales, fue a llevar tributo a la diosa Artemisa.  Protectora de las amazonas, la caza, los bosques y la virginidad. Miles de historias circulaban por el territorio, de cómo, la furiosa mujer, castigaba a los hombres que osaran mirarla con ojos lascivos.  Su devoción por la que protegía a su pueblo era tan grande que en su vientre llevaba tatuada la media luna que representaba a Artemisa.

Llevó al tempo la mejor caza de la semana, un ciervo con la cornamenta más grande que hubiera cazado jamás. Lo dejo a los pies de la imponente estatua de la diosa y se arrodilló ante ella.

—Gran Artemisa, hoy me inclino ante ti y te doy las gracias por darme la sabiduría y la fuerza necesaria para llevar a mi tribu a la paz. Por favor, acepta esta ofrenda.

Artemisa estaba al tanto de las hazañas de la reina. Cada logro que esta conseguía ensalzaba el nombre de Artemisa. Eso llenaba de orgullo a la deidad. Aunque no solo era sus cualidades como guerrera lo que había llamado su atención. La belleza de la reina era conocida por todo el mundo y no había pasado desapercibida para los dioses.

Una larga melena que recordaba a la noche. Unos ojos más peligrosos que los de Medusa, pues si los mirabas de frente te podían hechizar para el resto de tu vida. Una sonrisa que deslumbraba al dios Helios. Unos pechos grandes y firmes, que Afrodita envidiaba. La fuerza de Ares. La sabiduría de Atenea.  El mismísimo Narciso acepto que la belleza de esta era superior a la suya.

Artemisa decidió premiar a la reina del mejor modo posible. Un día de caza junto a ella. Cuando la imponente diosa apareció frente a sus ojos, Edith no lo podía creer. El ser más venerado por sus ancestros se había presentado frente a ella. Se arrodilló en el suelo en señal de sumisión.

—Una reina cómo tú, no debería inclinarse ante nadie, ni siquiera ante un Dios. —dijo, tomándola de las manos para que se pusiera en pie.

Artemisa cometió el primer error, tocar esas manos, fuertes y a la vez femeninas. Una corriente eléctrica sacudió su columna vertebral, nunca había sentido algo parecido.

Edith no supo que contestar, ¿acaso la estaba poniendo al mismo nivel que ella? No era posible, ella tan solo era una guía para su pueblo, estaba muy lejos de llegar a la grandeza de la protectora de todo aquello que ella admiraba y amaba.

—Los dioses hemos decidido premiar tu astucia. Cómo reina de mi pueblo te será concedida la entrada al bosque sagrado y competir contra mí en un torneo de caza.

—No soy merecedora de tan gran obsequio. Si las amazonas han llegado a la victoria no ha sido por mí, ha sido por cada una de ellas, que jamás se rindieron ante ningún adversario.

­—No se rindieron, porque tienen una reina que las guio y las apoyo en todo momento. Además, ¿vas a despreciar mi obsequio? —dijo bromeando. Broma que incluso a ella sorprendió. De todos era sabido que el humor no formaba parte de su personalidad.

—Claro que no. Lo aceptaré con gusto. —se apresuró a decir.

La diosa sonrío y con un chasquido de sus dedos ambas aparecieron en el bosque sagrado. El lugar más hermoso en el que la reina hubiera estado. Los árboles crecían imponentes y frondosos, apenas dejaban pasar la luz del sol entre sus ramas, un riachuelo jugueteaba más abajo con los peces, las flores bailaban con la suave brisa. Un pequeño gemido de asombro escapo de sus pulmones, gemido, que no pasó desapercibido por Artemisa.

—¿Te gusta? —preguntó casi cómo un adolescente después de mostrar la sorpresa que tenía preparada para su conquista.

—Es impresionante.

—Por hoy, es todo tuyo.

Con un movimiento de sus manos hizo aparecer un obsequio más para su reina. Unas flechas, con las cuales siempre daría en su objetivo y un arco, el más hermoso que hubiera visto, este, llevaba una frase grabada.

—Protegida por la diosa Artemisa —leyó la reina.

—Has puesto mi nombre en lo más alto del Olimpo, has llevado a mis protegidas a la paz. Siempre estaré en deuda contigo.

—Gracias.

—Pero las flechas, no las vas a poder usar el día de hoy. Usaremos estas. —dijo entregándole un par —Solo tendrás dos oportunidades, utilízalas sabiamente. Debes saber que hay un solo ciervo en este bosque y debes atraparlo antes del anochecer o que yo lo atrape. Que comience la competición. —de nuevo chasqueo los dedos y desapareció del lugar.

El día de caza comenzó. Diosa y reina se enfrentaron. No había un premio en particular, pero el simple hecho de poder medir sus habilidades contra las de su diosa era más que estimulante.

El sol avanzaba sin tregua, él no la iba a esperar a ella y ella aún no era capaz de encontrar a ese dichoso ciervo. ¿A caso lo habían entrenado para huir de ella? O ¿Y si Artemisa ya lo había cazado y la iba a dejar vagar por el bosque hasta el anochecer?

Un ruido se escuchó tras los arbustos que la separaban del rio, despacio aparto las ramas para ver sobre que se trataba. Ahí estaba ese pequeño escurridizo. Pero. Ese no era un ciervo común y corriente, su cornamenta era enorme y dorada. Aunque en ese instante no le importo mucho, era suyo, solo tenía que disparar y se proclamaría ganadora. Tomo una de sus flechas y se acomodó mejor entre los arbustos, en ese momento el viento soplo con fuerza y la flecha salió completamente desviada, advirtiendo al animal del peligro.

—Rayos —exclamó molesta.

Corrió tras el animal con todas sus fuerzas hasta llegar al final de arroyo. Allí no solo se encontró de nuevo con el ciervo, sino también con Artemisa que se escondía tras un grueso árbol, lista para proclamarse ganadora. No lo iba a permitir. Cuando disparo su flecha, la reina también disparo, no hacia el animal sino hacia la flecha de su adversaria, partiéndola en dos. Artemisa gruño en su interior. Las dos salieron de su escondite.

—No sé si eso se podría considerar trampa —reclamo Artemisa acercándose a Edith.

El objetivo es cazar al ciervo antes que tú, no creo que sea trampa impedir que lo hagas antes.   

—No exageran cuando te comparan con Atenea.

Ese comentario hizo sonrojar a la reina, que solo la miro tímidamente. Y ahí Artemisa cometió su segundo error. La miro directamente a los ojos, y se perdió en esa mirada color avellana, en ese pozo que la llevo hasta el fondo sin remedio alguno. Tampoco puso mucha resistencia. Chasqueo sus dedos de nuevo, y la flecha que le quedaba desapareció.  

—Felicidades, reina, has ganado la competencia. Me he quedado sin flechas, esa era la última. Solo atrapa al ciervo.

—Es un hermoso animal. Creo que sería mejor indultarlo y dejar que siga maravillando al mundo con su belleza.

—Me parece bien.

Reina y diosa continuaron con su velada a la luz de la luna y una suculenta cena. Aunque Artemisa no estaba familiarizada con los manjares terrenales supo informarse bien para darle a su ganadora lo mejor de lo mejor.

La reina Edith estaba maravillada con todo lo que la rodeaba, aunque aún no podía terminar de relajarse junto a la diosa que había venerado desde que era una chiquilla, la actitud calmada y complaciente de Artemisa lo hacía más fácil.

Ambas charlaron sobre trivialidades sin sentido, sobre política, sobre anécdotas, al final del banquete cualquiera que las hubiera visto pensaría que eran amigas de toda la vida.  Entonces llego el desdichado momento de la despedida. Artemisa no quería dejarla ir, era complicado para una divinidad aceptar que había algo que sencillamente no podía tener, de modo que no lo acepto. Aunque ello significara fallar a una de sus grandes promesas e ir en contra de lo que cada mito explicaba sobre ella.

Edith estaba junto al lago mirando como la luna se reflejaba en este cuando Artemisa la tomo de la muñeca y suavemente la giro para quedar cara a cara.

—No sé qué has hecho conmigo mortal. Mi único objetivo era premiar a mi guerrera más valiente y al final del día la única premiada he sido yo, al poder disfrutar de tú presencia.

—Me siento honrada de que mi diosa haya disfrutado de ese día, le aseguro que para mí ha sido el mejor de mi existencia.

—No comprendes mis palabras reina mía. Mi deseo es que no te marches de aquí y permanezcas conmigo toda la eternidad.

­—Creo que lo que voy a decir sobrepasa todas las líneas de seguridad y cortesía que debería tener ante la diosa Artemisa, pero, estar a su lado me produce miedo y alegría al mismo tiempo, me siento fuerte y débil, quiero huir y quedarme. Quisiera que no hubiera hecho desaparecer su flecha solo por hacerme sonreír.

—La flecha no desapareció, fue directa a mi corazón cuando mire tus ojos.

—Parece que esa flecha nos atravesó a ambas.

Y Artemisa cometió su tercer error, beso a Edith. Suave al inicio, a medida que la diosa comprendía todo lo que ese contacto podía hacerle sentir, se dio cuenta de que el néctar y la ambrosía estaban lejos de ser un placer superior, comparados a ese beso. Aprovechándose de su fuerza superior, tomo a la reina de las piernas y la llevo de nuevo a la sabana donde habían disfrutado de su banquete, para comenzar uno, muy diferente y sin duda más exquisito.  Poco sabía ella que ese momento de placer la iba a llevar al sufrimiento eterno.

Esa escena de amor fue contemplada por la madre de Orión, Euriale. Furiosa y lista para vengar a su hijo. Cuando este murió a manos de Artemisa, el Dios Poseidón le entrego a esta la posibilidad de crear un hechizo, solo uno. Con este podría convertir en escorpión a quien ella deseara.

 Espero paciente hasta que las dos amantes cayeron rendidas al mundo de Morfeo y ella pudo poner en marcha su plan. Tomo de su bolsillo el elixir de Poseidón y con sumo cuidado lo introdujo en la boca de la reina Edith. Ahora solo le quedaba esperar a que Apolo hiciera su trabajo y trajera el alba de un nuevo día, para poder saborear la victoria y ver a la mujer que había odiado durante años retorcerse de dolor.

Cuando Artemisa despertó se dio cuenta de que la reina no estaba junto a ella, donde debería estar solo había una sabana hecha girones. Miro hacía el lago y tampoco vio nada. Entonces sintió que algo se movía bajo las sabanas, tomo su puñal por precaución antes de retirarla. Un escorpión gigante estaba hecho un ovillo, parecía asustado, pero la actitud poco desafiante del animal no fue impedimento para que Artemisa clavara el puñal en el centro de este, matándolo al instante. Ella era inmortal, su querida reina, podía morir en unos minutos si ese animal la atacaba.

Una risa macabra resonó por todo el bosque, Artemisa se puso en guardia y tomo su arco. De entre los árboles apareció Euriale. El corazón de la deidad se detuvo un instante. ¿Qué hacía ella ahí?

—¿Qué haces tú aquí?, ¿Dónde está Edith? —preguntó desafiante.

—Sabes bien por qué estoy aquí y la reina está bajo tus pies. —Artemisa miro el escorpión sin comprender.  Euriale, insistió. —La reina está bajo tus pies.

—Mientes —dijo sin poder creer lo que decía.

—Compruébalo tú misma, no temas, no te voy a atacar.

Artemisa tomo animal en sus manos y le dio la vuelta. No podía ser cierto. Ahí estaba, claro como el agua, el tatuaje en forma de media luna. Ella acababa de asesinar a su reina, a su amada. Cayo de rodillas, derrotada.

—¿Cómo es posible? —apenas pudo decir.

—Cuando mataste a mi hijo jure vengarme. Hoy por fin ha llegado el día, aunque debo decir que yo solo quería convertir a tu amante en escorpión, pero que tu misma lo hayas matado con tanta indiferencia a sido la guinda que hace de estos momentos algo más especial todavía. —explico riendo.    

—Eres un monstruo.

—Mataste a mi hijo porque tú siempre debías permanecer virgen y lo acusaste de violador. Entonces o has roto uno de tus votos más importantes o ella te ha violado, en todo caso, era necesario un castigo.  

Sin decir nada más la mujer desapareció del lugar.

Artemisa lloró amargamente, no podía, ni quería, creer lo que acababa de ocurrir. No podía aceptar que por culpa de sus errores la gran reina Edith, la única persona que la había hecho sentir realmente divina, hubiera muerto. No quería darle la victoria a esa víbora. No iba a permitir que la memoria de su amada terminara en ese bosque.

Tomo sus lágrimas y su arco. Apunto al cielo, bajo el campamento de las amazonas, y disparo. Cada lágrima dio en el blanco y formo en el cielo nocturno lo que hoy en día conocemos como «La constelación de escorpio».

 

 


AlmudenaMG

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