Danté, el infierno prometido

Después de la guerra, el viaje interestelar es imposible. Sin embargo, hay más opciones para conocer más otros mundos.

Prólogo

 

Un jeep militar brinca desde la colina y aterriza con fuerza en la pendiente. Sin artillero, zigzaguea por el terreno húmedo. Detrás de él, otros tres lo siguen, con todas las luces delanteras prendidas y las torretas trasera disparando hacia la retaguardia.

El sonido del motor es ahogado por el estruendo de las armas y los casquillos que caen en la cajuela. Los gritos apenas son audibles, pero lo que sea que en la noche se mueve, se escucha claro. Para el horror de los hombres, miles de pisadas los persiguen.

En el vehículo principal, dos jóvenes soldados intentan que un hombre mayor, con un agujero de diez centímetros de diámetro en el abdomen, no fallezca. El conductor, un señor de la misma edad que el moribundo, interactúa con el tablero computarizado sin deja de ver el camino.

–Vamos, presidente ¾dice uno de los chicos mientras el otro coloca una placa de metal en la herida–. Todavía no se ha acabado.

–Que… das… a… a… –vomita sangre–. Gun… trans… –le da una convulsión que le rompe la espina de un movimiento.

–¡Maldición! –lanza la placa hacia un lado– ¡Qué diablos pasa! ¡Esto no debió ser así!

–¡Pero así es! –responde su compañero. Una explosión los hace mirar al resto de los vehículos. Las luces de dos son engullidas mientras una columna de fuego muestra siluetas difusas.

–Vicepresidente, ¿qué de…?

–¡Cállense los dos! –golpea el tablero. Una pantalla táctil surge frente al asiento del copiloto–. ¡Uno a la torreta y el otro aquí conmigo! ¡Todavía no acabamos con esto!

–¡Sí, señor! –ambos toman posiciones.

–¡Klisthe empieza los preparativos para la transmisión! ¡Yaotl! ¡no dejes de disparar!

Sin el ruido de los demás motores, se escuchan impactos. No de la carne siendo perforada, sino del metal chocando con otro.

–Dios mío… –dice el artillero dejando de atacar.

–¡Qué sucede!

–El barranco desapareció.

–¿Qué?

–¡El barranco desapareció! –El hombre le pega al volante.

–¡Klisthe, emite un mensaje de emergencia! ¡Que todo el personal se prepare para abandonar el planeta! ¡Necesito los tanques y todo el arsenal listo para la batalla! ¡Debemos evitar que alguna de esas criaturas traspase!

“¡Yaotl… deshazte del peso muerto! –El chico lanza el cuerpo del presidente– ¡Sigue disparando! –el auto vuela y aterriza bruscamente– Ya casi llegamos.


Hugo E. Valdez González valdez

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