Invisible

Eva contempló a la gente pasar. Todos la ignoraban, ocupados en sus asuntos. Si se concentraba, casi podía sentir cómo desaparecía. Levantó una mano y los rayos del sol la atravesaron. Ella se miró los dedos, atónita. ¡Era cierto! Se estaba volviendo invisible, su cuerpo se disolvía en el aire sin que a nadie le importara. Cada vez era más transparente y tuvo una punzada de miedo. ¿Iba a dejar de existir de verdad? ¿Alguien la recordaría? Su mano era apenas una sombra ante sus ojos. Quiso gritar, pero no tenía voz. Su boca se abrió en un alarido silencioso.

De repente una mano cogió la suya. Eva parpadeó, la luz era cegadora. Estaba echada en un banco, en el pasillo de la facultad y un chico estaba inclinado sobre ella con sus ojos de color avellana llenos de preocupación.

—¿Te encuentras bien?

—¿Qué ha pasado…?

Eva miró su mano, volvía a ser normal. Era como si la viera por primera vez en la vida y el chico la miró divertido. Unos hoyuelos juguetones asomaron a sus mejillas y le pareció que era guapísimo. Ella también se rio, a su pesar.

—Ibas por el pasillo y te desmayaste. Llevas un par de minutos inconsciente…

La chica se incorporó con dificultad sin soltar aquella mano que la había aferrado al mundo.

—¿Te conozco…?

—Soy Dídac. Coincidimos en algunas clases, pero supongo que es como si fuera invisible… —dijo él con una sonrisa triste.

Claro, era cierto. Era un chico tímido y no hablaba apenas con nadie. Eva y sus amigos lo habían ignorado desde el primer día, pero ahora no se le ocurría nadie que mereciese su atención más que él. Lo abrazó con todas sus fuerzas y apoyó la cabeza en su hombro. Olía tan bien… Su calor era un bálsamo para el alma y un torrente de lágrimas la inundó sin remedio. Dídac le mesó el cabello y susurró que todo estaba bien. Ella lo miró a los ojos y acarició su rostro.

—No dejaré que te vuelvas invisible.

©Vanessa Requena


Vanessa Requena

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