Huir del destino

Breve relato de inspiración borgiana. Nótese especialmente en el uso del número catorce.

Una tarde de Febrero se decidió por huir. Salió bien temprano en la mañana. Sumergido en un mar de humo denso y bajo que parecía acolchar el suelo y que se iba abriendo a cada paso que daba, se dirigió de forma ágil para evitar el frío hacia la estación.


Hay a quien la hora dorada le parece cuando sale o cuando se oculta el sol. Para él, la hora dorada era aquella en la que se encontraba sumergido, envuelto por un frío que petrificaba sus manos y que parecía que le agitaba el alma; cielo azuloso, silencio sepultral, sin más sonidos que el rugir de una paloma revoloteando a su nido o, quien sabe, quizás huyendo como él.

Cuando llegó a la estación, se encontró con que esta estaba vacía. Las guaguas seguían ahí, pero no había nadie para conducirlas o para subirse en ellas. ¿Me habré confundido de hora? pensó. Tras mirar la hora y comprobar que estaba donde debía, a la hora que se suponía, un torrente de preguntas inundó su mente impidiéndole pensar con claridad. Sumido en la confusión, se dispuso a seguir andando, quizás para tratar de hallar respuestas a las preguntas que ni siquiera era capaz de terminar de formularse o, quien sabe, quizás para tratar de entrar en calor, a la espera de que, como arte de magia, alguna respuesta surgiera de la nada.
Anduvo por la estación sin encontrarse a nadie, se ignora el tiempo que hubo de pasar. Tan sumido estaba en la confusión que, cuando se vino a dar cuenta, tras volver a mirar la hora, ni el sol había salido ni la hora avanzado. Resignado por la mala jugada que su percepción del tiempo le estaba haciendo pasar, se sentó en el banco de al frente de la parada número catorce, cuyo adjetivo numeral, dicen, representa al infinito. Se decidió a dejar pasar el tiempo de la misma forma en la que lo había hecho otras tantas veces: sumergiéndose en su universo interno en busca de pensamientos bellos que hicieron circular al tiempo lo más rápido posible para, por fin, poder comenzar un nuevo episodio lejos de ahí -o si se prefiere, el preludio de un nuevo episodio-. Cuando se cansó, trató de dejar su mente en blanco mientras miraba a un punto fijo en el horizonte, dejándose seducir por la brisa y por el delicioso aroma de la madrugada; la tierra exhalando su humedad, la dulzura de la lavanda, perfume de un ya gastado olor channel...

Movió la cabeza, alarmado, en busca de ese último olor que tanto se parecia con el suyo propio, tratando de encontrar a otro humano, ansioso de obtener respuestas. A su derecha, envuelto en un aura de imperturbabilidad, un señor canoso y arrugado le miraba serio y penetrante. ¿Tiene hora, señor? le preguntó al viejo con una calurosa sonrisa. El viejo ahora parecía alarmado, se pusó de pie con prisa y anduvo a duras penas hacia la carretera, desapareciendo en la neblina.

Tras este extraño encuentro, se levantó y de nuevo presa de la confusión y de pensamientos intrusivos, volvió a caminar por los alrededores tratándo de sacárselos de encima: ¿Estaré aún en mi cama? Seguro estoy soñando. O estoy soñando o estoy muerto. Decidió, para tratar de dejar de agobiarse con preguntas que no le llevaban a ninguna parte y para tranquilizarse, aplicar una técnica ancestral que había leído en algún sitio. Consistía en cerrar los ojos, coger aire, contrar hasta tres, y soltarlo. Repitió el proceso catorce veces, adjetivo numeral que, según dicen, se corresponde con el infinito. Al no recordar de dónde había sacado esa técnica, intentó recordar, sin éxito, lo que había hecho el día anterior. Se notaba cansado, por lo que decidió volver al banco.

Antes de huir vio una paloma pasar, cielo azulino, aromas de la madrugada, frío sepulcral, fresco olor a lavanda y channel. Levantó la cabeza resignado, como si ya hubiera visto todo lo que le quedaba por ver, como si nada pudiera ya sorprenderle. Estaba cansado, dispuesto a saludar ya a la mismísima Muerte. ¿Tiene hora, señor? le preguntó una amable sonrisa.


Samuel Cabrera Dorta

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