Cuento de un cuento

Breve relato de inspiración cortaziana.

Como cada noche de cada día laboral, Violeta se subió al tranvía en Gracia dirección Cruz del Señor, donde la esperaba una pizza aún sin descongelar. Como cada noche, se sentó en el primer asiento que vio libre, tarea nada complicada ya que a esa hora, el último tranvía de la noche, las gentes no abundaban. Resultaba incluso tenebroso ver el tranvía prácticamente vacío.

Muchas habían sido las ocasiones en las que llegaba a pasar miedo, o si bien no miedo, por lo menos angustia cuando coincidia con el borracho que trataba de acercarse a ella ansioso de tocar su piel mientras balbucuceaba palabras inconexas y grotescas que escupia de su sucia boca entre un desagrable aroma a resaca e inmundicia. Lo que el borracho parecía no saber, era que Violeta era una chica con agallas; respondía sin pelos en la lengua y era capaz de silenciar a cualquier con un manotazo. Se sentía muy agusto consigo misma siendo así. Se podría decir que lo había aprendido de su novela favorita, aún sin haberse dado cuenta, novela que, como cada noche al volver a su casa, se disponía a continuar leyendo a pesar de haberla terminado ya en dos ocasiones.
La novela narraba la historia de una chica como ella, de su edad; brava y valerosa, sedienta de peligro y de aventuras, hasta que un día, el día más inesperado -o si se prefiere, el día menos esperado-, en el momento menos oportuno, su vida llegó a un un lamentable final.
Se encontraba sumergida en la lectura hasta que escuchó, por los altavoces, esa peculiar y robótica voz que advertía que había llegado a la parada donde se debía bajar. Se debía bajar, y con un movimiendo altamente mecanizado ya, se bajó emprendiendo el camino restante hasta la tranquilidad de la mesa de su cocina. Por el camino, en la penumbra, se iba imaginando, como cada noche, que era la protagonista de la novela. Le gustaba imaginarse que su vida era tan apasionante como la de la protagonista. Le llegaba a maravillar el hecho de que la protagonista tuviera tanto encanto como para que alguien, anque fuera un maleante, fuera capaz de matarla por el profundo deseo que sentía hacía ella.
En el tramo más oscuro de su ruta, una mano le cubre su boca. Filo al cuello, olor a alcohol, resaca, e inmundicia.


Samuel Cabrera Dorta

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