VENGANZAS FRÍAS Y SABROSAS

#viernesnarrativo48

 

 

         Desde hace días no estaba tan a gusto con Morfeo. Esta noche hemos hecho las paces y ha tenido a bien obsequiarme con una cohorte de hombres musculosos que atienden sin rechistar todos mis deseos.

         Cuando el más atractivo de todos, se acerca desnudo a la cama, a ofrecerme un trozo de turrón, me despierto sobresaltada. Están aporreando la puerta, miro el reloj de la mesilla, por la hora que es no espero a nadie. Laura está en casa de Clara, y mi ínclito marido, Luis, debería estar todavía vaciando los barriles de cerveza con sus facinerosos compinches.

         Con cautela me acerco a la puerta, sorteando por el camino los varios obstáculos que el hijo de María, mi vecina ha ido dejando y observando con estupor su talento como historietista en las paredes recién pintadas.

         Antes de abrir la puerta pienso en el porcentaje de posibilidades de que al otro lado esté un ladrón que, educadamente, quiera robarme. Sin embargo, no son horas para invertir las pocas neuronas despiertas en elucubraciones.

         Abro la puerta, nadie al otro lado, cuando estoy a punto de cerrar maldiciendo a quién ha querido gastarme una broma pesada, veo una caja en el suelo. Me invade el don de la desconfianza, pero es vencido rápidamente por el de la curiosidad.

         Cojo la caja, la meto dentro de la casa, la dejo encima de la mesa, me siento en el sofá a observarla. Tras unos breves minutos valorando los múltiples contenidos, la abro. Me caigo casi desmayada.

         Dentro veo un pequeño ser que se mueve y me mira con curiosidad y extrañeza. A su lado una nota que señala a mi marido como el padre.

         Durante un tiempo indeterminado, sentada en el sofá, no dejo de hilvanar teorías al respecto. Todas conducen a la misma conclusión.

         Desde hace años, Manolo “el aragonés”, tiene la, dudosa, gracia de gastarme bromas pesadas. Creo que el fondo está enamorado de mi marido y que, no sabe o no quiere asumir que, mi Luis es heterosexual y que, para bien o para mal, me quiere.

         Así, de tanto en tanto he visto cabezas de caballo de juguetes en mi cama, flores negras en el asiento del copiloto del coche, o interpretación de capciosas partituras ejecutadas con su teclado en las que se lanzan mensajes subliminales en los que me desean cosas nada halagüeñas.

         Creo que si se confirma que lo del niño es obra suya, ha alcanzado el límite.

         Cuando voy a buscar el móvil para llamar a la policía, la puerta de la casa se viene abajo. Uno tras otro entran policías apuntándome con sus armas y linternas a la cara. En un abrir y cerrar de ojos me han esposado y leído mis derechos. Me acusan de secuestro.

         Al conducirme al coche de policía, veo que se ha reunido un gran número de personas, vecinos en su mayoría en la puerta. Entre los allí presentes, en primera fila creo ver a Manolo, obsequiándome con una sonrisa de satisfacción.

 


CocheMandarino

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