Caminando bajo la lluvia

Las cavilaciones de un hombre que ha perdido el sentido de su vida.

No había salido de su pequeño apartamento desde hacía días. Poco le importaba tener nada que comer en casa y evitaba ir de compras. Pasaba sus horas inmerso en lecturas que repetía una y otra vez por tener tan solo tres libros. Igual no ponía mucha atención en la lectura porque a cada línea se detenía y vagaba por sus propios pensamientos e imaginaba sus locas historias. Usaba alguno de los personajes y lo ubicaba en otro escenario, le hacía pasar por desagradables situaciones y terminaba matándolos. Construía sus propios libros. Cuando era joven intentó ser escritor y quizás lo hubiera sido con éxito de no haber sido por la necesidad de dedicarse al cuidado de una vieja fábrica de tabacos heredada de su padre. Esa actividad que le desagradaba, ocupaba todo su tiempo y no le daba mucha ganancias.

 

Esa tarde decidió salir. No por la necesidad de abastecerse sino porque no aguantaba ya el putrefacto olor a desperdicios que habían regados por todos los rincones del pequeño espacio de su estudio. Llovía, esas fuertes lluvias de primavera que no paraban y llenaban las calles de aguas que cortaban el paso a quienes querían cruzar una esquina. A él le gustaba la lluvia. Caminando debajo de su paraguas se sentía aislado del resto del mundo y no tenía que mirar a los traseuntes que igual que él, iban cobriéndose cuanto podían y solo miraban al suelo.

 

Pensaba mientras caminaba, sin apurar el paso, recorría cuadras sin un destino determinado. Tenía una idea fija en su mente. Abandonaría todo y se marcharía a algún lugar en donde nadie le conociera. Trataría de reorganizar su vida. Quizas comenzaría a escribir. Después de todo era eso lo que hubiera querido hacer desde el comienzo. Su misma historia, narrada en detalle, sería una estupenda novela. Contaría todo, el por qué y el cómo de todo lo que había pasado. Se entregaría a plasmar en palabras lo que bien pudiera ser incluso, el guión para una estupenda película.

El frío de la noche y la humedad de su ropa mojada por la lluvia lo sacaron de sus pensamientos. Era tarde, pensó, no por la hora sino tarde para comenzar nada nuevo. No le quedaban fuerzas ni ánimo. Lo poco que le quedaba de ambas cosas lo había gastado en la ridícula intención de mantener a salvo un negocio que no le daba ni para comprar sus propios cigarrillos. Decidió regresar, trataría de dormir. Hacía mas de dos días que no pegaba un ojo. Dio la vuelta sobre sí mismo y caminó, ahora con pasos más rápidos. Se paró en la esquina al ver la luz del semáforo que le indicaba detenerse, aún cuando no veía ningún auto acercarse. El piso mojado reflejaba las luces de una ciudad que se le había convertido en enemiga. Deseaba llegar pronto a su habitación y encerrarse en ella para no volver a salir jamás. Afuera no tenía cabida ni nada que encontrar.

 

Por Adalberto Nieves

Imagen: Pixabay

 


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