El que recoge huellas se parece más a un agricultor que a un detective

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Tiempo, tras cerciorarse de que el niño dejara de llorar tan pronto dejó de hacer sentir bien a su madre, se sorprende del desierto que lo habita

No le sorprende a Tiempo que el niño deje de llorar tan pronto deja de ver a su madre a través del vidrio de la puerta, porque eso fue lo que vino a comprobar. Lo que nadie le dijo a Tiempo fue que el niño, con la misma rapidez con la que dejó de llorar, y, a lo mejor, de sentirse extraño en ese nuevo mundo del primer día de colegio, dijo en voz baja, asegurándose no ser escuchado por sus nuevos compañeros: No volveré a llorar.

Y, como debe ser, Tiempo, que había encarnado a un niño silencioso y tranquilo, de esos que nadie nota si están o no, aprovecha el movimiento de padres y niños y se escabulle. Luego de que ya está a salvo de los niños y de los humanos, piensa que ahora tiene algo más en qué fijarse cada vez que tenga que viajar en el tiempo para corregir o atestiguar que este humano haga y sea lo que tiene que hacer y ser.

 

Texto perteneciente al libro número 31 de la Biblioteca Marentes: «Los viajes de Tiempo»

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