Capítulo I: Fuego y Deseo

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Primer capítulo de la novela inconclusa: Renacer de las Sombras

La fría bruma flagela su desnudo cuerpo como si fueran latigazos impíos que le someten a proseguir su camino. Ella se encuentra abatida pues siempre es lo mismo en ese espacio maldito de pesadillas recurrentes. Lleva varios años luchando contra esta quimera que la acosa fuera de la vigilia; razón por la cual el Dr. Deivis, y su diván, aseguran que este bosque en el que se encuentra es una salida psicosomática de traumas reprimidos, en especial aquellos que tienen que ver con todos el funesto pasado de su familia. La familia Noil no es la representante de algún antiguo legado, ni son dueños de compañías o empresas. Nada de eso, Noil viene de una familia que a duras penas podía haberse considerado clase media, pero el legado que le dejaron no es de historia o títulos, sino el trauma de la orfandad. O eso es lo que siempre le recalca aquel doctor de lentes gruesos y mirada vacía, sin dudas solo son habladurías de un pendejo que no puede recetar fármacos porque su título no es más que un chiste absurdo que no llega a ser abalado por el colegio de medicina.

Dentro de la pesadilla, sus pies se hunden en el frío barro que cubre la irregular geografía del viciado bosque, y su piel es besada por la etérea humedad pestilente que envuelve toda la atmósfera; la bruma es tan espesa que le dificulta respirar, y de forma constante la obliga a levantar su mano para opacar la tenue luz del sol que, al chocar contra la niebla, forma una vaporosa pared blanquecina que todo lo devora. Estar ahí le es muy cansado. Los sentidos son sometidos: la piel es cubierta con el gélido beso de una brisa incesante; el olfato es anegado por una amalgama de moho, pino, hollín y putrefacción; la vista es sometida a una albina penumbra; y, por último, lo peor: susurros, cantos y lamentos viajan a su oído dándole escalofríos colmados de terror auténtico. Siempre es igual.

Para Sariel todas las pesadillas son iguales. Debe afrontar la niebla, llegar hasta el maldito monolito con gravados que instan a la locura, ver a la mujer rubia y perecer ante las garras del deforme fauno. Ha afrontado esa horrible muerte tantas veces… que ya siente que ha perdido todo el cuerpo y solo queda de ella un triste espectro de lo que fue. A menudo se ve en el espejo para horrorizarse con un cabello opaco y una piel agrietada; su figura de huesos anchos se encuentra esbelta por una delgadez que parece provenir de un inexistente desorden alimenticio.

Las pesadillas la están consumiendo y no puede hacer nada para evitarlo.

Para acabar con esto, solo debe seguir adelante. Nada es real, solo es un horrendo sueño.

Aun así, no consigue la fuerza suficiente para callar los miedos que le petrifican. Luego de dar tímidos pasos encuentra un claro donde la brisa corre, batiendo su negro cabello al mismo tiempo que aleja la bruma. Frente a ella se ve con claridad el críptico árbol que se encuentra en medio del sendero. Si se mira desde el ángulo correcto, las ramas forman la perfecta figura abstracta de una mujer cornuda cuyos brazos alargados se encuentran contrapuestos; y de la cintura para abajo la mujer se funde y retuercen con el amorfo tronco del árbol en sí.

Caminar por el bosque hace que sus pies sufran ante las piedras, se resbalen en el limo, e incluso tropiecen contra las raíces que parecieran emerger de la tierra con conciencia propia. Sariel se cae en todas partes por lo que su piel pálida se mancha con lomo, hiervas y rasguños; lo que le hace sentirse como Blancanieves atravesando el sombrío bosque que pareciera que quiere asesinarla; solo que aquí la muerte no será ejecutada por la naturaleza ni hay una casita de enanos que la salvaguarde. Pareciese que fuese una obra sobrenatural lo que le acecha para consumir lo que queda de ella: su alma. Al caer nuevamente, algunos cánticos emergen como sacrílegos susurros que son arrebatados del choque entre la niebla y el viento. Sus manos, y parte de sus pechos, se llenan del pestilente lodo que parece provenir de un lago infectado con cadáveres. Putrefacción, el delicioso aroma que su cuerpo agotado no necesita. A medida que avanza, el suelo adquiere una fina capa de pasto húmedo que incrementa mientras la bruma se disipa y el monolito la atemoriza con su influencia maldita. Cuando está cerca, la luz del sol exhibe el albo color que se erige culposo, manifestando en sus gravados horrores tan antiguos que aprietan el estómago de Sariel y le hacen sudar sin entender razón de ello.

Ajena a sus propios deseos, continúa su paso hasta que divisa una sombra fragmentada que se acerca a ella. Es la perturbadora silueta del alto fauno que anda a un paso contracturado por falta de articulaciones correctas. A medida que se acerca se hace más y más grande y las manos se vuelven garras deformes que le amenazan. Pero no, aun no es momento de morir.

Ella se mantiene tan firme como la atmósfera viciada le permite, y espera a que la sombra se desvanezca y se transforme en la hermosa mujer que suele acompañarla en sus ensoñaciones.

La rubia ataviada en túnicas blancas camina de forma sensual hasta quedar en el sitio que siempre tiene en las repetitivas pesadillas. Su delicadeza es sublime, pero es opacada por los ojos café que miran con furia mientras sus pies descalzos se contonean con erotismo, haciendo danzar la toga que cubre obediente su encantadora silueta abrigando los diminutos pechos y abriéndose en sus piernas que se alternan con plena libertad.

A pesar de no querer mover ni un solo músculo, Sariel avanza con un paso lento pero curioso. Sus nervios se enredan mientras que la mujer la mira con especial fijación, confesando el amargo cansancio por una larga espera que Sariel no logra comprender del todo.

—Los nervios no son buen lugar para un bosque —La mujer sonríe ante la tenue bruma, donde su cabello dorado resplandece entre el sol—. Ellos se alimentan de lo que emanas. Si eres gentil con los árboles, estos dejarán que el brillo de las estrellas y luceros, te guíen a tu destino.

Sariel duda por un instante. Repite en su mente «Esto es solo un sueño, esto es solo un sueño, esto es solo un sueño…»; luego, como parte de su instinto, se pregunta por qué no puede tener pesadillas normales como los demás. Sariel nunca ha sido normal por la simple razón de que los huérfanos no pueden ser normales; suelen ser como ella: retraídos, extremadamente sensibles, poco sociables y a gusto con la soledad; pero ninguno sufre la maldición de esta pesadilla recurrente.

—“Destino?” —responde ella convirtiendo fallidamente su repetición en una pregunta.

—Tu destino. La razón de la vida. Estamos aquí para cumplir lo que se supone que ha sido escrito para nosotros. Las Hilanderas no llevan un trabajo tan difícil para que un efímero hilo quiera alterar el paño del universo.  

De inmediato miles de susurros suenan entre el viento pronunciando ‘Destinooo’ al oído de Sariel. Cuando eleva sus manos para tapar sus oídos y callar el ruido incesante, este se silencia y la mujer clava otra sonrisa en Sariel, luego prosigue:

—Aunque para algunos esa búsqueda sea eterna —arroja un bufido de desprecio—, y para otros figurativa. Pero siempre está ahí, la razón de vivir. Un escalón que responde de manera perfecta a que todo se mantenga en equilibrio y orden.

—No… no entiendo —dice ella mientras mira en todas direcciones para calmar su paranoia. La mujer se dedica a mirarla con desprecio.

Un silencio gobierna el ambiente. La brisa se detiene y el aire se hace pesado. La presión del frío y la ausencia de oxígeno aumenta de tal manera que Sariel tiene que arrodillarse y escurrirse entre el pasto húmedo aclamando respirar. Momento en el que el tiempo y el aire vuelven a correr y la mujer posa sus delicado pies, blancos y desnudos frente a la joven.

—Yo solo muestro el Gran Sendero. El que quiera cangrejos que se moje el culo.

«¿¡Una maldita pesadilla periódica para dar un refrán tan vulgar!?». Piensa, pero sus pulmones hinchados no le dejan hablar. 

—¿Por qué… siempre… esto? —cuestiona entre murmullos apenas audibles entre su respiración forzada, pero su pregunta resuena sin respuesta.

Luego de recuperar la postura, la mujer extiende su mano a Sariel, quien, al tomarla, siente un escalofrío sobrenatural que le recorre el cuerpo y su mente se revuelca entre imágenes que no entiende, aunque eso no evita que logre hallar lo que todas tienen en común: muerte, sangre y fuego; mucho fuego que mastica los cimientos del mundo conocido.

Tras un respingo de reflejo, Sariel se libera de la mano de la mujer, e indaga liberando su temor camuflado de curiosidad:

—¿Qué… qué es lo que intentas decirme?

Ambas cruzan miradas, pero una vez que observa esos ojos cafés no puede mover la mirada. Se queda prendida al hipnótico brillo sepulcral que la atan y la obligan a seguirlos hasta trasladarse al monumento de mármol blanco.

—Tu eres fuego y deseo, debo llevarte a su regazo —acaricia con dulzura el rostro de la joven atormentada—. Él está ansioso de tu llegada.

Los gestos de Sariel están congelados, pero en su interior se retuerce y se esfuerza para poder dominar las fibras de su cuerpo y huir, tal y como ha hecho durante toda su vida. Siempre ha huido de todo. Pero aquí no hay escapatoria, sabe que pronto vendrá el momento de beber la copa vacía y luego el fauno la hará pedazos con sádica paciencia.

»Tú has elegido servirle a Él —Lo que inició como una caricia, se convierte en una bofetada colmada de fuerza y necesidad—. ¡¡Deja de resistirte!!

Con el anillo que porta, araña el pómulo de Sariel, cuyas pupilas se hacen tan pequeñas que pareciese que sus ojos fueran una nube blanca con un diminuto faro que casi deja de mostrar lo que era una orgullosa iris gris.

Como una saeta, un recuerdo cruza por su mente confusa. «Él anhela tus sueños y tú sueñas estar con él». Esa es la frase que siempre la atormenta, esa que le sigue de sus pesadillas y durante el día la acosa como un pensamiento perturbador gravado a fuego en su mente. 

—¡¿Quién?!, ¡¡¿Quién, maldita sea, es él?!! —pregunta con la ira acumulada de todas sus pesadillas juntas.

Sobre Sariel se ciernen ataduras invisibles que la inmovilizan con dolor para que siga observando la oscura mirada que la mantiene hipnotizada.

—¡Él es tu Dios! —responde.

Momento exacto que el sol se oculta ipso facto y la oscuridad engulle todo el lugar. La bruma, entre rumores, repite un nombre extraño con silabas fuertes y gorgoteos que ella no logra distinguir. En la pared de mármol brillan un macabro símbolo cual estrella. Es esa figura que Sariel se ha descubierto a sí misma dibujando cientos de veces en hojas de papel, en cuadernos de notas, e incluso en las paredes de su cuarto.

Aunque la intensidad que emana el gravado es tanta que no se le puede mirar directamente, entre la niebla resplandece su aguda figura:

 

 El cuerpo de Sariel se fatiga e intenta desviar su mirada, pero una fuerza superior le obliga a observarlo fijamente. La piel le pica, incluso se atreve a pensar que la figura grabada intenta entrar en ella, que le intenta poseer. El cuerpo le flaquea. Se siente agotada, mareada y desvanecida. Estos sueños le han mermado la vida misma. Los pensamientos la agobian; y la mujer la rodea diciéndole cosas que no puede entender. La rubia dice cosas sin sentido. Vocifera y vocifera, pero Sariel no tiene la atención en ella. No, el discurso que gira a su alrededor es casi un leve quejido que se pierde en el brillo del doble tridente gravado en el mármol. Cada pérfido segundo que ella es obligada a observar el símbolo, hace que sus entrañas ardan, y su estómago se desencaje y el mundo de pesadilla a su alrededor se desvanezca. 

—…uno de los Siete hermanos dioses —La mujer hace una reverencia prolongada—, que derramaron su gloria sobre los hombres, otorgándoles bendiciones. Los dioses, y su magnánima gracia, fueron conocidos hace siglos. —La mujer toma el cáliz del suelo, tal y como siempre hace. Luego acomoda su cabello con la mano izquierda mientras eleva la copa vacía con la derecha—. Todos se deleitaban con la magnificencia de los Siete Dioses.

» Les otorgaron tantos nombres, ¡tantos rostros! —Mira a Sariel con una cándida expresión—. Los griegos los tallaron en mármol y los idealizaron en las altas montañas, entre el cielo y la tierra. Los egipcios los hicieron superiores en todo sentido y aclamaron que el oro corría por sus venas. Los vikingos y sus dioses poderosos emularon la majestuosidad y el señorío de nuestras grandiosidades. Los romanos retrataron nuestras vivencias. Y así, cientos de culturas han usado el sacrifico, el miedo y alabanza para honrar a nuestros Dioses.

Sariel se retuerce e intenta moverse, necesita dejar de escuchar, dejar de ver. ¡Necesita morir de una vez para volver a la realidad! Cierra los ojos deseando que esto termine de una vez. Se siente agotada, su corazón no deja de latir con prisa y sus pulmones le duelen de tanto hincharse. De pronto, las ataduras invisibles que la sostenían se desvanecen y ella cae al suelo para arrastrarse una vez más con desespero en la tierra húmeda. No entiende lo que sucede, sus temores no le dejan pensar y la extraña mujer no deja de parlotear cosas sin sentido. Desea conseguir un refugio, un lugar donde esconderse y esperar que todo pase. Pero nunca ha encontrado alguno. Nunca ha podido escapar de sus pesadillas.

Cierra sus ojos con fuerza, deseando despertar; pero en su interior sabe que este no es el final: al igual que todas aquellas pesadillas infernales, esta agonía no termina hasta que esté frente al cáliz de oro y vea su rostro reflejado en el metal; luego la negra criatura de sombras se alzará sobre sus pesuñas y ejecutará un movimiento limpio que le desgarrará la yugular. La sangre caliente y dolorosa se derramará sobre sus manos que con desespero intentarán tapar la herida y detener la hemorragia. Luego de varias torturas más, ella se despertaría aun con el ardor y el dolor de una muerte agonizante. 

La mujer le tiende la mano a Sariel con la intensión de levantarla, pero ella sigue aturdida revolcando su rostro en la hierba. 

—¡Deja de resistirte!, ¡maldita sea!

El grito resuena en todo el bosque y la bruma se esparce con fuerza. Sariel rompe a llorar por la impotencia de no poder hacer nada para que todo desaparezca. Luego un largo rato de llanto, cuando todo parece estar calmado, y lo único que se escucha es el aullido de su propio lamento, la piedra blanca explota levantando esquirlas por todo el lugar. Sariel siente como si una demoledora fuerza invisible la arrastrara a donde antes estaba el monumento de mármol. Mientras surca la tierra, las virutas blancas la raspan y se le hincan. Su mente fue el primero en derrumbarse, ahora le sigue su cuerpo. Por último, deberá caer su alma.

La mujer se arrodilla ante Sariel, y con suma delicadeza dirige su mano, la toma de la negra cabellera y le levanta el rostro. Se acerca a su oído derecho y le susurra con sensualidad.

—Ya no puedes seguir oponiéndote a Él, ¡puedo sentirlo! —La mujer pasa su lengua por donde el anillo había impactado anteriormente, y lame una ligera gota de sangre que brotó de la herida, luego continúa el murmullo—: Si lo deseas, puedes beber de esta copa y aceptarlo en tu vida. Una nueva existencia te será otorgada. Piénsalo, podrás renacer y renunciar a todo lo que ya te había abandonado antes.

A su mente llegan débiles imágenes que le recuerdan la procesión de la muerte de sus padres. La tristeza del abandono, la supervivencia con sus tíos, y la vida solitaria que lleva.

»El regalo de uno de los Siete Dioses hará parecer que el pasado mundano que has vivido hasta ahora, sea inmunda, vacía, deplorable. Vamos Sariel —Toma el rostro de la joven entre sus dedos, obligándola a mirarla fijamente, y sigue susurrando—: ríndete. No le temas, solo los dignos pueden andar entre las sombras, y tú eres uno de los mejores prospectos. Tu destino está aquí, ante Él.

»Tu alma aclama esta comunión, la escucho gritar —Acerca más su rostro, e imita una voz opaca y femenina—: Tómame, Señor. Por tu nombre he de servir, por ti he de vivir. ¿Acaso no escuchas ese grito?, ¿el clamor de tu interior?

De tanto presionar el rostro de Sariel la herida vuelve a sangrar, la mujer corre sus dedos para untarlos con el líquido emergente, y los restriega por el rostro de su prisionera. Luego la mira con una obsesiva fijación y extiende el discurso.

—¡La verdad llegará a través del fuego! Y tú, Sariel Noil, serás un incendio… Lo único que hay que temer es al miedo mismo. Esa deberá ser tu premisa. Ya estas próxima a probar los regalos que tiene para ti, y consentir que desde ahora lo que es arriba es abajo.

Los desvaríos de la mujer confunden su ya estremecida mente. No puede dejar de llorar por sus padres, pero las lágrimas se le atoran en la garganta. Se siente ahogada, rendida. Y de pronto empieza a recordar las clases de la universidad; esas que hablaban de artes y filosofías. Sariel entiende muy bien la cita de la mujer con la frase «lo que es arriba es abajo», y posiblemente por la mención de los dioses griegos le hacen recordar al cuadro de la Escuela de Atenas, con Platón indicando hacia arriba y Aristóteles hacia abajo. 

El tiempo se revuelve y ya no distingue donde se encuentra, ni que parte del sueño debe seguir a continuación. De pronto siente un frío metálico que rodea sus labios. Poco entiende de lo que hace, solo siente dolor y penas. No recuerda ver su rostro en el cáliz vacío. Esta pesadilla está siendo distinta. Un líquido, colmado de una densidad grumosa y amarga con cierto sabor a hierro, comienza a pasar por su garganta sin nada que pueda evitarlo; su cuerpo está rendido a una fuerza mayor, algo mucho más allá de sí misma.

Su respiración se corta y sus pupilas se dilatan de tal forma que lo que antiguamente fue una linterna gris en su mirada, ahora solo es un diminuto anillo limitado por un círculo negro. A medida que ingiere más y más de aquel líquido siente un ardor incontenible que la quema desde adentro, despedazando sus fibras, venas y órganos hasta que siente como si se dispersara en la brisa fría del momento.

 

Sariel despierta exasperada en el avión. Un grito desconsolado altera a los demás pasajeros que están cercanos a ella. Con desespero intenta levantarse de su asiento y arrancarse la ropa para calmar la sensación desgarradora que la quema por dentro. Cuando por fin logra quitar el pestillo del cinturón de seguridad, cae al suelo y, bajo intensas arcadas que obstruyen su respiración, vomita una sustancia grumosa, y oscura.

Los pasajeros se asustan. Y no tardan en aparecer lo bebés que siempre lloran ante la mínima situación de tensión. Una azafata corre en la dirección de Sariel, quien parece que olvidó respirar. La asistente de vuelo le pide que se calme en diferentes idiomas, todos repetidos unos tras otros en un tropel casi inentendible; pero Sariel aun no coordina la realidad y no controla su cuerpo. Lo único que hace es temblar en el suelo, mientras forcejea con los empleados del avión. La atención de los pasajeros asustados se centra en ella, lo que le despierta una incómoda sensación que hace que sienta de nuevo como un cálido ardor recorre sus músculos.

Entre azafatas y pasajeros, logran contener a la joven. La llevan a la zona trasera del avión, donde las mujeres hacen lo posible para calmarla, darle agua y medirle sus signos vitales. Le realizan preguntas de rutina y examinan su cuerpo en busca de algo que no debería ser transportado en el vuelo. A pesar de no encontrar nada, las camareras hacen un llamado a la torre de control para informar las irregularidades; por lo que, al aterrizar, Sariel es retenida por oficiales de policías.

Luego de un intenso interrogatorio y el uso de diferentes equipos rayos x y detectores de sustancias, ella es dejada en libertad para respirar el húmedo aire inglés mientras toma un taxi. Al encontrarse dentro de la habitación del hotel, tuvo el tiempo necesario para analizar su última pesadilla.

«La verdad llegará a través del fuego. Y tú, Sariel Noil, serás un incendio». Recuerda mientras otras dudas sacuden su mente, ¿qué habrá significado el sueño y por qué varió tanto a los demás? 

 

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