LA PESADILLA



Cuento de Grace Borrello para #RetoLetrarium 3ra Temporada.

     La despertó un fuerte golpe en el pecho. Sebastián yacía a su lado, profundamente dormido, en medio de un enredo de sábanas. El reloj de péndulo dio tres campanadas y Anabela se estremeció. El sueño había sido tan vívido, que podía sentir el dolor en todo su cuerpo. Por más que se esforzaba, no conseguía quitar de su mente la imagen de aquel hombre, con cuernos y patas cabrías, sujetándola y poseyéndola salvajemente. Empapada en un sudor frío, se acurrucó en posición fetal. No podía conciliar el sueño por temor a que la pesadilla regresara. Un olor nauseabundo, remedo de un eructo de azufre y huevo podrido, la mantuvo al borde del vómito, hasta que el cansancio la venció.

          Tras dormir unas horas, abrió los ojos, había amanecido. Sebastián ya se había levantado. Ella se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Al bajar la vista para calzarse, notó las manchas rojizas en su camisola de noche, a la altura de su entrepierna. Se sentía sucia, pegajosa. Fue al cuarto de baño y se metió a la ducha. El agua tibia y transparente deslizándose por su cuerpo la reconfortó. Mientras se jabonaba, sintió un fuerte ardor; todo su cuerpo estaba lacerado por profundos arañazos. Consternada, bajó a desayunar.

          ―¿Qué rayos pasó anoche? ―espetó al entrar a la cocina, sin siquiera dar los buenos días.

          ―Lo mismo te iba a preguntar, estabas completamente descontrolada.

          ―No lo recuerdo.

          ―Ahora te haces la remilgada, ¿Por qué preguntas entonces?

          Sin responder, le enseñó los arañazos y las magulladuras.

          A partir de ese día, comenzó a sufrir ansiedad e insomnio. El sueño, cuando podía conciliarlo, era tan liviano que el menor sonido la despertaba. Tampoco comía bien, todo la asqueaba y terminaba por regurgitar lo poco que ingería. Eso no tardó en hacer mella en su salud, a tal punto, que tuvo que pedir licencia en el trabajo. Estaba débil, demacrada y una aureola de ojeras rodeaba sus ojos. Las vitaminas, que le había recetado el médico, no parecían surtir ningún efecto y finalmente dejó de tomarlas.

          Ajeno a su tormento, Sebastián se mostraba distante y cada vez pasaba menos tiempo en la casa, so pretexto de que su repentino ascenso le demandaba más horas de trabajo y que la pretensión de que también se ocupe de la casa era rayana a la locura. Como paliativo de su ausencia, contrató a una persona para que atendiera a su esposa y se encargara de todas las labores domésticas. A pesar de lucir como una anciana, la señora Elvira era una mujer muy vigorosa y autoritaria. No le tomó mucho tiempo estar en absoluto control de la casa. Sus tés y sus papillas de vegetales resultaron muy efectivos. Anabela dormía profundamente e iba recuperando su semblante rosado y su peso. Esos síntomas de mejoría hubiesen alegrado a Anabela, de no ser porque dormía casi todo el tiempo y su vientre cada vez estaba más abultado.

          —Sebastián, tienes que llevarme al médico, creo que estoy embarazada.

          —¿Para qué? ¿Acaso no quieres a mi bebé? —gritó súbitamente enfurecido.

          —Es cierto que habíamos acordado esperar hasta afianzarnos económicamente para agrandar la familia, pero ese ya no es el caso. Con tu nuevo trabajo podemos prescindir de mi sueldo —contestó temerosa intentando calmarlo.

          —No quiero que se vuelva a hablar de esto —sentenció y se marchó dando un portazo.

          Después de esa discusión, ella sintió un miedo visceral, las irrefutables evidencias eran suficientes para convencer aún al más incrédulo, y ese no era su caso. Algo estaba muy mal. Echó en falta su fe. Desde el inicio de su relación con Sebastián, ella se había dejado arrastrar por las fuertes convicciones de él, que la llevaron a apartarse cada vez más de su iglesia. Ahora se preguntaba si Dios la estaba castigando por su sacrilegio y si ya era demasiado tarde para arrodillarse ante su altar e invocar su perdón. Por el momento, lo único que podía hacer era seguirle la corriente a su esposo y evitar las infusiones somníferas, vaciándolas en el retrete, sin que la señora Elvira se percatara de ello. Dormía de día y pasaba las noches en vela pensando como escapar. Así descubrió que todas las puertas estaban cerradas con llave, las ventanas clavadas, el teléfono de línea desconectado, su móvil desaparecido y no había internet. Estaba prisionera en su propia casa.

          El nefasto día del parto, envueltas en una niebla que hedía a azufre y crematorio, la señora Elvira y otras dos mujeres oficiaron de comadronas. Después de unas ocho horas, que para Anabela duraron una eternidad, los alaridos del recién nacido se superpusieron con los suyos. No pudo siquiera ver a su bebé. La señora Elvira lo envolvió con una manta y las tres mujeres abandonaron la habitación en silencio, mientras ella imploraba por ayuda.

          Fue encontrada muerta, después que una vecina denunciara el olor procedente de la vivienda. No se pudo localizar al esposo, que había sido transferido por la firma, como auditor de la cadena de sucursales en Medio Oriente. A eso se sumaba el misterioso mensaje, escrito con sangre en la pared, que rezaba: «Parí al hijo de la Bestia».


Grace Borrello

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Comentarios
Nuria De Espinosa 1 semanas

Increíble y aterrador. Muy bueno

 
 
Alastor 1 semanas

Fran adaptación del Bebé de Rosemary. Toda una joya del terror.