Dicen por ahí...



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         Cuando pase el suficiente tiempo para que todo cicatrice, será calificado como una leyenda, perpetrado por uno de los muchos seres que engloban esa categoría denominada como locura.

         Se hablará entonces de lo que se encontró en su mansión, decrépita y avejentada, reliquia de un pasado donde lo mágico y lo místico gobernaban sobre la dubitativa razón y la incipiente ciencia.

         Habrá que ver cómo hablan del altar encontrado en los sótanos de la misma. A quién se sacrificaba en los mismos y, por supuesto, a qué clase de criatura demoniaca se decidía invocar en los, seguros, múltiples y sanguinolentos rituales.

         Para entonces, su morador, habrá cumplido el tiempo al que ha sido condenado a permanecer en la cárcel y, seguramente, ya estará bajo tierra mientras su espíritu se preparar para una ardua y triste eternidad entre los castigados por los dioses del más allá.

         Desde que ese fatídico día de Navidad, al amanecer, sonó el teléfono, supe que algo maligno se cernía sobre la, hasta ahora, tranquila ciudad de Poecraft Village, en el estado de Nueva Idaho, en la península desprendida, por causa de una cadena de terremotos, erupciones volcánicas y tornados, de lo que antaño fue el estado de Carolina del Norte.

         Cuando llegué allí buscando un destino tranquilo, tras estar conteniendo en primera fila los disturbios de Washington D. C., de hacía un par de años, lo más peligroso que había investigado era la desaparición periódica de algún que otro perro, más por descuido del dueño que por hurto o robo.

         Ese día, sin embargo, la voz del ayudante McPherson sonaba angustiada.

         Sin perder tiempo, me adentré en las solitarias y heladas calles de la ciudad hasta donde me había citado con mi destino. Allí, además del ayudante, había acudido una ambulancia procedente de la vecina Allanlovetown.

         Me bajé del coche y me topé con el tembloroso McPherson. Era la primera vez que le veía sin sonreír. Su rictus serio avecinaba que no era momento de bromas.

         Iluminados por unas linternas, nos fuimos adentrarnos por los pasillos de la mansión, camino del sótano. Bajamos los crujientes escalones de madera y abrimos la chirriante puerta. El olor que había allí era nauseabundo, desatando unas inmediatas ganas de vomitar. En el suelo, un enorme reguero de sangre, en las paredes, estantes llenos de vísceras y órganos, que luego se descubrieron que eran de animales, sobre todo de jabalí.

         Tras contemplar ese escenario sangriento, y con unas ganas irreprimibles de poder respirar aire fresco, salimos de allí tan deprisa como nos permitieron las piernas.

         Una vez recobrado el aliento, volvimos a acceder a la mansión, esta vez al salón, donde nos esperaba plácidamente sentado el señor Szenay, escoltado por la joven ayudante Phillips, a la que pedí que nos dejara a solas y ayudara a McPherson a reunir pruebas.

         El señor Szenay, al verme, esbozó una sonrisa irónica. Me senté frente a él y le pedí que me contara su versión de los hechos. Extrañamente a lo que suele ser normal, empezó a hablar con naturalidad, sin preguntar de qué se le acusaba o qué es lo que hacíamos allí, o recurriendo a un abogado.

         Con voz suave pero firme, me fue contando una historia, la suya, plagada de referencias a sus antepasados, procedentes de un país casi impronunciable del centro de Europa, familia que había llegado a Norteamérica hace más de cien años, establecidos en esa localidad, habían construido la mansión piedra a piedra, pasando la misma de generación en generación.

         Junto con sus ganas de trabajar, la familia se trajo consigo una serie de costumbres y rituales que habían ejercido en su tierra durante siglos. En ellos, el sacrificio animal era una parte importante, ya que, como en todo, habían avanzado con los tiempos, reemplazando el sacrificio humano por el animal. Por ello, de cara a no levantar sospechas, se habían asentado en una zona con amplios espacios naturales, repleta de bosques y algún prado, donde la caza furtiva puntual no levantara sospechas.   Esa zona en concreto, donde abundaban los jabalís, era propicia para sus cometidos.

         Los rituales, que debían ser precisos, minuciosos y llevarse a cabo en noches de luna llena, tenían por objeto proteger de la llegada de una peligrosa súcubo que, en tiempos pretéritos acudía a la aldea de sus antepasados cada solsticio para llevarse consigo el alma de decenas de niños, a los que consideraba suyos.

         Gracias a ellos, habían conseguido ahuyentarla, excepto la vez que se ejecutó mal y que desató una epidemia entre los más pequeños, llevándose la vida de varios de ellos y a la que se disfrazó con una rara enfermedad.

         Todo lo que decía tenía una lógica aplastante, sin embargo, su mirada vacía y pose casi hierática, delataban algo más. Acabó su historia y pidió ser detenido, sin resistencia alguna.

         Antes de entrar en el coche de policía me dijo una última cosa, que tuviera cuidado a partir del día siguiente. Empezarían a desaparecer niños de la ciudad y no podría descansar.

         Me monte en el coche de vuelta a casa. El atardecer había empezado a dominar las calles. Llegué al edificio oscuro y lóbrego donde vivía desde que me abandonó mi cuarta esposa. Me di una ducha y al salir, me puse a mirar por la ventana. Si el anciano tenía razón, era la última tarde de tranquilidad de la ciudad. Si era así, como a él, mis demonios me habían encontrado también y, una vez más, tendría que empeñar mi alma por salir airoso.

         En plena noche, sonó de nuevo el teléfono, era el ayudante McPherson.

 

 

 


CocheMandarino

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Comentarios
Alastor 1 semanas

Fantástico, tiene ese fabuloso hilo narrativo que solo Lovecraft y Poe, quienes mencionas de forma graciosa, lograr recrear para el terror auténtico a lo desconocido. Muy bien logrado