Diversión espectral



Tres adolescentes se atrevieron a llevar las travesuras juveniles demasiado lejos

Era una fría noche de otoño en la que los tres adolescentes se dirigían a la mansión abandonada. Ni la lluvia ni los rayos detuvieron sus bicicletas ni mermaron sus curiosas ganas de jugar con lo desconocido.

Desde aquella tarde de ocio en la que lograron destapar un féretro, y tajar una lonja de pierna al cadáver que recién iba a ser sepultado; los tres: Juan, Iris, y Head, habían hecho un pacto no hablado que cada vez los arrastraba a hacer osadías más peligrosas. La misión de ese momento era la más atrevida de todas y estaba directamente relacionada con la aventura anterior: usar el grimorio que encontraron escondido en el altar de la iglesia del pueblo para invocar fantasmas.

Habían escogido esa noche para hacerlo, sin adivinar que llovería. O quizás solo era Dios, o el destino, tratando de evitar que las tremenduras inocentes pasaran a un nivel mayor y sobrenatural. Iris era su líder, los pequeños pechos le daban un estatus de control ante los otros dos muchachos tan vírgenes como ella. Así que cuando llegaron mojados y asustados a su casa, dio la inequívoca voz de mando que los llevó a la mansión abandonada en contra de la tempestad.

Al llegar al tétrico lugar, ninguno reparó en miedo alguno y entraron a la casa atropellandose entre ellos, era mejor enfrentarse al miedo y a las telas de arañas, que al frío inclemente que los castigaba y les congelaba la ropa húmeda.

Iris dudo un momento corto, pero tras un impulso repentino se quitó las prendas de vestir y se quedó únicamente con la ligera ropa interior rosada, y el bolso que siempre le acompañaba. A sus compañeros se les calmó el frío de repente aunque aún temblaban. La oscuridad no les permitía apreciar a plenitud el cuerpo terso de Iris, pero el juego de sombras le daba un erotismo al ambiente que, sin rayar en lo obsceno, ambos estaban teniendo una erección inmediata, por lo que dudaron de quitarse el pantalón. No obstante, la brisa inclemente que se colaba entre las ventanas rotas, les ordenó desprenderse de sus prendas a toda velocidad.

Dejando a un lado la vergüenza, y guiados por la escasa luz de una linterna de mano que llevaba su líder, todos iban juntos como manada hasta detenerse en el tercer piso de aquella gigante mansión.

—El tercer piso es el mejor para esto —dijo ella volviendo la mirada a sus amigos, quienes desviaron la suya de inmediato para no confesar que le veían el trasero—. El uno es la tierra, el dos es el cielo, y el tres es la suma de ellos dos —continuó ella con tanta seguridad, que los demás le creyeron sin dudativas.

—Además, antes de convertirse en casa, esto era un manicomio… se cuenta que los locos más peligrosos estaban encerrados en el tercer piso —dijo Juan, quién siempre aportaba datos históricos en sus aventuras.

La cara de todos se aterrorizó de inmediato, pero Iris tomó fortaleza.

—Solo es una leyenda, no creo que sea cierta. Ahora bien, a lo importante. ¿Cada quien trajo lo que necesitamos?

Iris colocó la linterna en el suelo y la sombra de ellos se proyectó y deformó en el irregular techo. Ella hurgó entre el pequeño bolso que le acompañaba y saco un libro viejo y polvoriento. Los demás hicieron lo mismo.

Head colocó los casquillos de balas que su papá le dejó guardar de cuando ambos se pusieron a disparar a la diana improvisada; luego dejó caer un trozo de mármol que partió en el cementerio.

Juan sacó velas hechas por el mismo y las dejó caer sin cuidado de partirlas, estaba más preocupado de no revelar la constante erección que tenía.

Los chicos hicieron un círculo como si de una ceremonia se tratase. Dispusieron las velas sobre una estrella irregular de nueve puntas que dibujaron sobre el polvo del suelo. Colocaron el mármol y los casquillos en el centro del polígono deforme.

Iris fingió que leía los garabatos del libro y dijo con voz solemne:

—Dentro del círculo del destino, y entre los nueve portales del alma, entregamos elementos de muerte para que se nos conceda la sabiduría del más allá.

El cielo soltó rayos, y los truenos resonaron entre las ventanas. De pronto, cayó el silencio y las paredes se empezaron a sacudir. El suelo crujió como si fuese a explotar, pero ninguno soltó las manos de su compañero. No por valentía, era el miedo el que les impedía moverse.

Un aroma fétido los rodeó, y una figura etérea apareció en el centro del círculo.

—¿Qué sacerdotisa me invoca? —espetó una voz cavernosa que flotaba en el salón.

Todos los adolescentes estaban mudos. Habían hecho travesuras, pero porque pensaban que nada funcionaría. Ahora están petrificados frente a un espectro nauseabundo.

—Solo niños —gruñó el fantasma—. ¿Qué querían?, ¿Jugar con un fantasma? —El hombre etéreo movió sus manos lánguidas y Juan empezó a flotar—. Quizás querían un espectáculo en el que sale limo verde y las cabezas dan vueltas.

Juan, que se orinaba a medida que se elevaba del suelo, emitió ciertos espasmos y su cabeza giró hasta dar dos vueltas. Su cuerpo sin vida cayó al suelo.

Head en un arranque de coraje borró el círculo con el pie, y el espectro río tan fuerte que el techo parecía quebrarse.

—¡Niños, son unos necios!

Head fue arrastrado hasta Iris, quién solo podía llorar sin consuelo, luego el cuerpo del chico quedó tendido como si lo jalarán de pies y manos. Duró así dos largos minutos hasta que las uniones cedieron y su cuerpo se despedazó dándole a Iris un baño sangriento.

—Fingiste un hechizo solo por diversión ¡Que patéticos son! —bufó—. Tú eras la líder, por eso te hice ver cómo tus súbditos morían a tus pies. Siglos encerrado en las habitaciones del manicomio ¡Ahora me toca a mí divertirme!

Ella estaba aterrorizada, su cuerpo escurría los restos de su amigo, pero aún así corrió tanto como sus piernas temblorosas le permitían.

Llegó a la puerta y continuó hasta salir a la lluvia para abordar su bicicleta. Las gotas lavaban su cuerpo semi desnudo, dándole una sensación horrible de cosquilleo de los restos ajenos escurriendose y cayendo por el fango. Apenas tocó el manubrio, una fuerza poderosa la arrastró de vuelta a la mansión. Su piel quedó rasguñada por el suelo, y ahora cubierta por una mezcla de sangre, lodo y lágrimas.

«Por tú culpa, sacerdotisa, sus almas son mías» se escuchó el grito y las paredes se empezaron a hinchar como si una ola fantasmal la estuviera recorriendo. La madera trillaba y el tapizado de la pared explotaba. Las escaleras se derrumbaron mientras intentaba subirlas y de inmediato los cuerpos sin vida de los chicos flotaban frente a ella mientras bailaban y actuaban. Gritaban frases grotescas con voces graves de lamento. Parecían títeres cuyos ojos apagados miraban a Iris con locura.

La cabeza de Juan solían caer al suelo y rodar hasta Iris, quién, para huir de él, se arrastraba sobre su trasero hasta quedar arrinconada en una esquina, tapándose la cara y gritando hasta que la voz dejó de salir de ella. Se apretaba la piel hasta que sus propias uñas le hacían sangrar, y ni todo el dolor, ni todas las oraciones que repetía en su mente, nada detenía el espectáculo dantesco que fluía frente a ella.

El sol salió, e Iris estaba sola internada en una lúgubre habitación acolchada en el sótano de la mansión. Sus amigos ya no bailaban para ella, y el espectro había desaparecido. Aún así, cuando ella cerraba sus ojos, veía los cuerpos sin vida jugando con sus partes cercenadas. Más nunca volvió a hablar, más nunca quiso volver a cerrar sus ojos.

 


Alastor

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Comentarios
Nuria De Espinosa 1 semanas

Terrible volver a cerrar los ojos. Buena historia compañero. Un abrazo