El momento de la muerte es también el momento de la vida



Tiempo se cuela en un salón de clases para verificar que los niños son filósofos y los viajeros en el tiempo son olvidadizos

Tiempo, encarnando a un niño sin padres, para no espantar a nadie con su mirada infinita, se cuela una mañana, la primera del año lectivo, en un jardín infantil en el que hay más niños que paciencia.

Luego de los gritos y las pataletas, tras los desapegos y los olvidos, y luego de los hallazgos y el desandar, una madre, la que vino Tiempo a seguir, deja en el salón de clases por primera vez a su hijo más tímido. Este, que llora desesperadamente, mientras su madre, a través del vidrio, se despide y aguanta el doble de llanto, para no hacerlo llorar más, de pronto detiene su llanto de golpe.

Tiempo, que no sabe si el cambio abrupto se debió a su abandono, o el miedo a la soledad que le atraviesa la mirada, se entera, a tiempo, de que su viaje fue inoficioso. Pero decide quedarse a la clase, porque de tanto viajar en el tiempo y de estar fijándose si sus objetivos no se desvían de los caminos que los llevarán hacia el futuro, ha olvidado el nombre de los colores, y ese día, casualmente, los van a enseñar.

 

Texto perteneciente al libro número 31 de la Biblioteca Marentes: «Los viajes de Tiempo»


Sergio Marentes

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Comentarios
Nuria De Espinosa 1 semanas

Interesante... Olvidar el nombre de los colores 👏