El terror dorado

De un corto apunte en mi diario de sueños salió este relato

"No te detengas. Corre a cubierto. El resplandor dorado del cielo ha descendido sobre nuestros tejados y la muerte le sigue." ~ Erthang Evenen

El instinto y sobrevivir al siguiente minuto es lo que nos mueve a todos. Nos deslizamos como fantasmas de estancia en estancia, de pasillo en pasillo. Rehuímos las terrazas soleadas y perseguimos la sombra de los interiores ignotos bajo los oscuros tejados de la ciudad blanca. Todo es gris en esta penumbra ensabanada que nos hace mirar sobre el hombro y temer a cada instante. Digo ensabanada, aunque quizá no exista tal palabra, porque a cada paso nos topamos torpemente con colgaduras blancas polvorientas que continúan apareciendo sala tras sala, corredor tras corredor. Anunciadoras algunas de la presencia de espacios expuestos al espantoso cielo. Al terror del exterior. Perseguimos las rutas más abiertas que nos permitan elegir si es posible seguir a cubierto del pavor y la muerte que aguarda fuera. Pero del continuo huir y del poco pensar, nadie conoce bien el camino más seguro, pues los habitantes de las casas que recorremos ya han escapado o muerto. Más no hemos de temer encontrar sus cadáveres estáticos si no es allá a la luz del sol. A donde no queremos ir si podemos evitarlo.

En situaciones como la nuestra, la gente tiende a permanecer en grupo y raro es el que gusta de permanecer solo. Pero el aturdido trote de un grupo de diez o quince personas no puede menos de atraer la atención de nuestros perseguidores, de los cuales sabíamos que algunos habían descendido para obligarnos a salir a descubierto. Así que un conocido y yo nos quedamos rezagados y aguardamos el momento propicio para separarnos del grupo. No nos costó mucho concentrados como estaban en escapar a toda costa. Lo hicimos en una encrucijada de corredores. Sin decir palabra nos detuvimos y tras comprobar que nadie se había percatado de nuestra ausencia, buscamos una ruta perpendicular a la que seguía el grupo principal, por la que pensamos que no transitarían los rastreadores. Esperamos sin decirnos una palabra manteniendo una respiración lo más queda posible esperando ver pasar a alguien. Permanecimos sin movernos lo que nos pareció una hora y todavía nos resistíamos a salir de nuestro escondrijo. Los dos sabíamos que teníamos que movernos o tarde o temprano detectarían nuestra presencia y acabarían fácilmente con nosotros. No se escuchaba nada. Probablemente el nuestro había sido el último grupo de supervivientes de esa zona de la ciudad. Nos aterrorizaba avanzar para encontrarnos con algún rastrador o con un grupo numeroso de ellos. No sabíamos cómo eran porque nadie los había visto y había vivido para contarlo. Mi compañero me hizo un gesto en dirección a un pasillo algo menos oscuro que en el que nos encontrábamos. Apartamos las colgaduras y avanzamos despacio. La claridad fue aumentando a medida que transponíamos cortina tras cortina, hasta que fue evidente que nos acercábamos a una terraza sombreada. Escuchamos temerosos de levantar el último lienzo que nos separaba del cielo abierto. A juzgar por la luz que nos llegaba por una rendija, debían de ser las cuatro de la tarde. Confiados en que la sombra cubriría nuestra presencia al menos un instante, decidimos que uno de nosotros debería salir sin despegarse de la pared en umbría, mientras el otro retrocedía unos pasos para no ser visto en caso de que el otro cayera. Lo echamos a piedra, papel o tijera. Perdí yo, así que hice de tripas corazón y aplicando un ojo a la rendija por donde entraba la luz, miré afuera. Temeroso de mover la tela y delatar mi presencia, esperé a que mi vista acostumbrada a la oscuridad se adaptase. Tuve la precaución de cerrar el otro ojo, por si debíamos huir rápido por el giboso laberinto interior. Y entonces ví nítidamente que estábamos al borde de una pequeña terraza que daba a la parte norte de la ciudad.

Sabíamos por lo que decía la gente que el mal había descendido sobre la parte alta de la ciudad blanca, propagando la muerte rápidamente en todas direcciones con sus certeros dardos. Esperando que no se hubieran desplegado todavía por las zonas más bajas de la ciudad, determiné que la mejor ruta para aumentar las posibilidades de sobrevivir era el lado norte de la ciudad en cuyo punto descendía abruptamente hacia el valle. Y allí abajo estaba la tierra más agreste, con hondonadas cuyas laderas estaban preñadas de cuevas, y más allá quebradas por las que transitar ocultos de los caminos. Y lo que es más. Si íbamos en esa dirección, las profundas calles nos ocultarían hasta que lográsemos llegar al valle. Descubrí enseguida, que la pared que daba sombra a la terraza era alta, pues por encima de nosotros había un piso más. A eso se añadía que la terraza era lo suficiente pequeña como para no ser vistos desde las alturas, incluso si decidíamos descolgarnos por ella a donde quiera que eso nos llevase. Cerrando el ojo acostumbrado a la luz, volví dentro y abrí el otro. Indiqué por señas a mi amigo que era seguro salir y él me siguió no sin visibles reparos. También él atisbó con recelo la aventurada bóveda celeste con su desacostumbrada hostilidad, igual que lo había hecho yo. Comprendió enseguida lo que me proponía, más si cabe cuando al retornar me encontró improvisando una cuerda con los colgajos más sólidos que pude reunir.

Pertrechados de ese modo para nuestra fuga, escudados de miradas no deseadas por el alto muro, nos asomamos para decidir por qué lado de la terraza era más conveniente descender. Nos hallábamos rodeados por casas en todas direcciones y lo peor es que desde nuestra posición no pudimos discernir por qué lado llegaríamos antes a la calle. Convinimos en que descender a un tejado para andar por él, sería cuanto menos arriesgado. Se decía que el enemigo tenía una visión perfecta, pero que su oído era incluso mejor. Si rompíamos una teja o tropezábamos, estabamos acabados. Observamos entonces un minúsculo patio descubierto que habíamos pasado por alto hasta entonces, al estar prácticamente cegado por una exuberante vegetación. Confiando en que quizá la casa tendría puerta a una cercana calle, nos aprestamos a bajar. Aquel patio apestaba a abandono y lo que nos había parecido una vegetación exuberante, era un montón de plantas grisáceas dejadas desde hace mucho a su libre e insano crecimiento. Las enredaderas habían cubierto las paredes formando una pátina escurridiza en algunas zonas, y avigarrada de ramas en otras, haciendo nuestro descenso peligroso. Pero rompernos la crisma tratando de huir era lo que menos nos preocupaba. Ya abajo buscamos una salida cercana a la salvífica calle, pero por más que la anhelamos, no la vimos, como tampoco ventanas por las que pudiésemos salir de allí. Las que hallamos eran demasiado pequeñas o tenían sólidas rejas.

En nuestra exploración inicial de la casa no encontramos nada destacable, a excepción de su descomunal tamaño. Optamos pues por dirigirnos a los corrales, donde nos topamos con el primer indicio de la invasión. La parte habitable de la casa daba muestras de haber sido utilizada por muchos años y de pasar por varias renovaciones y diversos cambios para adaptarse a la vida moderna. En cambio las cuadras y los corrales se conservaban tal como habían sido construídos, quizá a mediados del siglo XVIII o a principios del XIX. Las paredes eran de tapial, casi todas ellas enteramente de tierra y paja. En una de las primeras cuadras observamos un gran boquete que daba muestras de haberse practicado recientemente. Parecía que un grupo numeroso de supervivientes, en su intento por seguir avanzando, había descubierto desde la casa contigua una debilidad en los muros y había abierto un agujero inicial que a costa de afanarse habían logrado ensanchar, lo que ocasionó el derrumbe de buena parte del muro de una de las cuadras de nuestro lado. Supimos enseguida que había sido cosa de los supervivientes, porque localizamos el cuerpo de uno de ellos semienterrado entre los escombros. Su cabeza aparecía parcialmente aplastada. Al parecer, partes del muro habían sido reforzadas con piedra y ladrillos que al derrumbarse habían caído sobre el infortunado. A juzgar por el desprendimiento era increíble que solo hubiese habído una víctima. Nos paralizó el miedo al caer en la cuenta de que el ruido del derrumbe podría haber alertado a nuestros enemigos que nunca andaban demasiado lejos allá arriba. Debíamos movernos despacio y permanecer aún más alerta en adelante.

A pesar de que era obvio que las cuadras no daban cobijo a animales desde hacía bastante tiempo, la casa debía haber sido propiedad de una familia muy rica que había obtenido su fortuna en el negocia de la agricultura y la ganadería. La cantidad de cuadras y las dimensiones de las mismas tan enormes no se explicaban de otro modo. Ninguno de los dos eramos expertos en la materia, pero allí parecía haber espacio para centenares de animales. No nos dimos mucha prisa en continuar y exploramos a gusto el lugar, hasta que oímos el grito. Tanto yo como mi amigo nos miramos pensando si aquello había sido producto de nuestra imaginación a causa de nuestro prolongado estado de vigilancia continua. Pero pronto resonó otro grito, y otro más, que nos hicieron comprender que no era así.

Los alaridos provenían de un lugar muy cercano. No tuvimos que avanzar mucho para comprobar consternados que un grupo numeroso de personas, probablemente el que había hecho el agujero en la pared de la cuadra, se agazapaba en la zona de cercana a los corrales, los cuales no habíamos explorado todavía. Se hallaban a cubierto en la última de las cuadras, la más grande que habíamos visto hasta ese momento, que daba a la zona de palomares, gallineros y conejeras por un largo y estrecho patio descubierto. En el fondo, a no más de cincuenta metros de donde estábamos, se veía un porche que cobijaba los dos grandes portones que constituían la única entrada y salida de la casa. No comprendímos el motivo de los gritos hasta que dirigimos nuestras miradas al punto más estrecho del patio que estaba flanqueado por el barranco, donde se depositaban las basuras orgánicas, y la encina, lugar donde se apilan los sarmientos y cepas para el fuego, de la casa. Allí vimos con horror que había dos personas como paralizadas depié. Nuestro temor se acrecentó cuando comprendimos que estaban muertas y que mantenían esa morbosa posición vertical porque las mantenían sujetas sendas lanzas que después de haberlas atravesado acabando con sus vidas, se habían incado en el suelo con firmeza. Aquel instrumento de muerte, dorado y bien bruñido, goteaba abundante sangre que se acumulaba en el suelo formando negros arrollos malsanos bajo las víctimas. Una de ellas había sido atravesada por el cráneo y la otra por nuca y pecho. Los difuntos de esta manera alanceados se convertían en expositores de muerte que infundían un espanto demencial entre los que quedábamos con vida. En la mayoría de las ocasiones, los supervivientes que compartían estas experiencias, si querían vivir se veían obligados a correr sorteando a sus compañeros fallecidos en esas horribles posturas. Este modus operandi de los atacantes conseguía anular el pensamiento racional de la gente, quedando limitados a las decisiones del instintivo cerebro de reptil que subyace en la parte más profunda del encéfalo humano. En estas condiciones nadie podía planear una estrategia para combatir a estos atacantes desconocidos. Las posibilidades entonces se reducían a correr y vivir o correr y morir. No cabía otra alternativa.

Mi amigo y yo, atónitos por nuestro descuido, comprendimos abatidos que en nuestra lenta exploración no nos habíamos percatado de que habíamos virado hacia el oeste, casualmente hacia una zona de tejados bajos que nos dejaba a la merced del invasor en plena línea de visión con la parte alta de la ciudad. Ahora el grupo había sido detectado y poco importaba que no contasen con mi presencia o la de mi amigo. Pensando que podríamos necesitar en algún momento practicar otro descenso, habíamos descolgado la improvisada cuerda y la habíamos traído con nosotros, de suerte que ahora resultaba imposible volver sobre nuestros pasos para probar otra ruta más propicia. Nuestra única oportunidad ahora, de hecho la de todas las personas allí reunidas, era esperar obrevivir confiando en nuestro número. Eramos treinta o cuarenta. Aunque el enemigo era rápido, no podrían acabar con todos nosotros si atravesávamos deprisa la corta extensión de patio hasta el porche. Estaba claro que algunos moriríamos y que aquello no era más que una sangrienta lotería. La solución no era otra que correr todos con un cierto orden y separación, hasta el amparo del porche y quizá a la redención tras aquellos portones. Allí estaba con seguridad la calle y los altos muros nos protegerían a todos los que lográsemos sobrevivir. Pero nadie podía volver atrás. Si dudábamos aunque solo fuera un instante, nos exponíamos a morir todos. Así que hicimos un pacto y echamos a correr.

A pesar de nuestra creciente curiosidad por conocer el aspecto de los invasores, no podíamos volver la vista atrás ni asomarnos desde el porche para otear en su dirección. Eso quedó claro en cuanto empezamos a correr. Cuando alcanzamos la posición del primer muerto, las lanzas doradas llovieron oblícuas sobre nuestras cabezas y ninguna falló su objetivo. A izquierda y derecha se extendía la mortandad y los afectados quedaban ensartados e inmóviles, agonizando o ya muertos. Antes de que los primeros llegaran salvos a cubierto del porche, un tercio de nosotros había caído y cada uno de ellos se convertía en un obstáculo para la salvación de los demás. A mi lado perdí en un momento de vista al que hasta entonces había sido mi amigo y compañero. No pude siquiera mirar atrás y no fue hasta que yo mismo estuve a cubierto que torné la cabeza y lo ví. Me devolvío la mirada con una mezcla de tristeza y alegría. Una lanza le había atravesado el estómago. Aún estaba vivo. Pero no había esperanza para él, pues nadie podía salvarlo. Al llegar al portón acaeció lo más desagradable de todo aquello. Oímos como ruido de flechas a nuestras espaldas mientras luchábamos con el cierre y la tranca. Mas no vimos ninguna flecha ni nadie calló herido debido a ellas. Los ruidos provenían de unos hilos muy finos al tensarse y posteriormente contemplamos impotentes como nuestros caídos volaban por los aires. Estaban siendo recogidos.

Entonces, ya cerca de la libertad, sentí una punzada de orgullo y no pude por menos que contemplar a aquel que había segado la vida de tantos y ahora los estaba recogiendo como el que recoge su cosecha. Porque nuestro atacante era uno solo, allá en la lejanía de la altura despejada. Lo ví tan solo un momento, pues noté que a su lado tenía un gran carcaj con muchas más lanzas y al verme dejó caer sus mortales restos y cogió una lanza con cada mano. Pasó todo muy rápido, en un instante, pero todavía lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer. Las lanzas silvaron cerca una después de la otra y al verlas de frente, no sé como, pues eran rapidísimas; logré esquivarlas a las dos, y tras sostener su mirada un momento, volví al resguardo del porche. A continuación salimos, los que quedabamos con vida, a la calle y nos desperdigamos en grupos de dos para maximizar nuestras posibilidades.

Sólo un puñado de nosotros conseguimos llegar a la espesura del valle y vivimos para contarlo. La ciudad blanca es desde entonces un pueblo fantasma, porque ninguno de los supervivientes ha querido volver. De ellos, el único que los vio y les plantó cara fui yo, aunque no conseguí acabar con ninguno de ellos y únicamente pude salvar el pellejo escapando. Muchos años han pasado desde entonces. Cuantas noches he despertado empapado en sudor, por haber revivido aquellos momentos en sueños, tratando de convencerme de que aquello ya acabó. Yo los vi. No eran de este mundo, aunque tenían forma semejante a la humana. Pero eran más altos y todos los que vi tenían la cabellera rubia. Como dorada era su armadura de escamas que refulgían como el fuego y blancas sus ropas. Dorado el casco y las grebas, así como sus armas, las mortíferas lanzas. Nunca supe cómo descendieron del cielo ni por qué. Solo puedo decirte que si ves que algo ha descendido sobre tu tejado y ves dorados dardos segar las vidas de los que te rodean: No te detengas. Corre a cubierto...


Mhyst Knight

2 Blog Publicaciones

Comentarios
Wendy Chaparro 30 semanas

Que impresionante, me ha gustado mucho, gracias.