Una carta en el buzón

Porque hay miradas que no son para todos los públicos

Fue amistad a primera vista. Nos conocimos en el último año de instituto. Estaba sentado o sería más correcto decir que se encontraba escurrido en una silla de la cafetería. No creo que estuviese allí por amor al arte, aunque desde luego la cafetería era realmente bonita, -tenía revestidas sus paredes con un colorido mural en cerámica esmaltada de 130 metros que, bajo el nombre de “El Mural del Anillo”, recreaba con peculiar visión la ciudad de Toledo rodeada de un río fértil-. Pero volvamos al tema que nos ocupa. Nuestro protagonista tenía un botellín de cerveza en la mano (creo que ahora eso será impensable, lo del botellín en el instituto, digo) y en su cara lucía su siempre viva sonrisa y esos ojos que a través de los cristales de las gafas te invitaban a ser feliz. Todavía hoy recuerdo, perfectamente, cómo iba vestido, lo que les dará una pista de cuánto me impactó su visión.

Desde aquel día y con un cruce de miradas, comprendimos que el mejor lugar era el que pudiésemos compartir, aunque solo fuese unos minutos.

Él se había ennoviado con una compañera mía y yo con un compañero de él. Quedábamos al terminar las clases los cuatro. Ellos terminaban antes y nos esperaban a nosotras sentados en el respaldo de un banco con los pies en el asiento. Cuando estábamos los cuatro juntos, todo giraba en torno a nosotros dos, como si nadie más existiese, tanto es así que cuando terminamos el instituto nuestras parejas decidieron que siguiésemos quedando, pero nosotros dos solos, que ellos iban a seguir su vida por otros caminos.

Aunque estudiamos en el mismo instituto vivíamos en distintas comunidades, por lo que vernos no sería tan fácil a partir de aquel momento. Por suerte, para ese verano me salió un trabajo en la misma ciudad donde había estudiado, era solo unas horas por la mañana, pero casi todos los días conseguía escaparse a verme un rato antes de que yo tuviese que volver a casa.

¿Fuimos pareja?, pues no lo sé. Lo único que sé a ciencia cierta es que disfrutábamos de nuestra compañía y que buscábamos el mínimo momento para vernos o para comunicarnos de alguna forma. Aunque nuestros estudios por separado complicaban bastante el quedar, intentábamos hablar a diario y nos escribíamos cartas interminables.

Un buen día la vida le pegó un empujón que le hizo caer a lo más profundo de un pozo y quiso llevarse en la caída todo lo bueno que había en su vida para dar sentido a la mala suerte y entre lo bueno decidió prescindir de mi amistad. Fue arrogante, despiadado, insufrible… podría seguir, pero creo que ya se pueden hacer una idea. Traté de comprender, soporté y lloré lágrimas como para poder nadar en ellas. Lamenté su pena y mucho más la mía y supe que era el momento de alejarnos el día que levantó su brazo por encima de mi cabeza, dejándolo ahí congelado, por lo que el esperado golpe solo quedó en amago, pero dolió y supo tan mal que no quise volver a verle.

Mi hermano me miraba desde su atalaya recogiendo mi pena en un abrazo y cerrando sus labios para no pronunciar palabras que me pudiesen hacer más daño.

Pasaron años hasta volver a descubrir una carta en el buzón, con una letra que conocía perfectamente. Por supuesto, mi hermano quiso hacerla añicos antes de que pudiese abrirla, pero conseguí que no lo hiciese, aunque su cara me hizo llegar el claro mensaje de «sabes que no apruebo que la abras».

Desde entonces y hasta hoy nuestras vidas han transitado como el río Guadiana, no nos hemos visto mucho, pero de vez en cuando conseguimos hablar un rato por teléfono. Nos reímos de los achaques que tenemos y hablamos sobre la familia, los trabajos o temas similares y nos alegra saber que, de una u otra forma, seguimos estando.

Esta lección me enseño que cuando has alcanzado la paz interior y tus ojos no te dejan mal ante un recuerdo es posible perdonar y seguir adelante. Y que es más poderosa una mirada cómplice que un gesto displicente puntual. Nunca lo justifiqué ni lo entendí, no lo he olvidado, pero ya está más que redimido.


Mjm Montalvo

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