Sincronizando relojes

Encontrar una compañera para el único viaje para el que todavía no había tenido un billete.

Había sido su vida. No conservaba apenas fotos de su infancia en las que no se encontrase subido en una bicicleta o ejercitando su cuerpo, aunque por aquella época sus padres a eso lo definían con un «déjale que corra, que así dormirá mejor».

Ahora, cuando veía a esos niños con bicicletas sin pedales que solo avanzaban con el impulso de sus pequeñas piernas sobre el suelo, sentía una especie de nostalgia al no haber tenido nunca una de esas, eran geniales para aprender a mantener el equilibrio.

Tendría unos cinco o seis años cuando fue a pasar el verano con Julio, un compañero de trabajo de su madre, y Aurora, su mujer. Ellos tenían tres hijos, pero la pequeña ya rondaba los 20 años y sus hermanos todavía no parecían tener intención de darles nietos, por lo que echaban de menos las risas y las trastadas por la casa.

Una mañana, cogió la bicicleta de Aurorita y la pegó a la reja de la ventana, sobre una acera que casi nunca pasaba nadie, pues como entonces había pocos coches, casi todo el mundo solía ir por la carretera. Se agarró con fuerza a los barrotes de la verja con una mano, mientras con la otra sujetaba la bicicleta hasta que quedo encaramado a ella. Sus pies ni de lejos llegaban a rozar los pedales, aquello no iba a funcionar. Julio observaba a cierta distancia, admirando el tesón que desprendía aquel rabo de lagartija que siempre estaba ideando alguna. Se aproximó, lo agarró con ambas manos por debajo de los brazos, a la altura de las axilas, y acompañó al gesto unas palabras de tranquilidad antes de que pudiese comenzar a protestar:

         - Así no vas a poder llegar a los pedales ni con las puntas de los pies. Déjame y verás como lo arreglamos.

Desancló e hizo girar la manilla de la llave que quedaba bajo el sillín y una vez estuvo liberado, lo bajó hasta que ya no puedo más. Volvió a apretar y fijar la llave en su posición de seguridad y nuevamente alzó en volandas a Eduardo, hasta que lo volvió a dejar sobre el sillín.

        - Probemos ahora a ver hasta dónde llegan esos pies enanos.

        - Sí, ya puedo dar pedales, mira.

        - Ya veo, pero ahora ¿qué vas a hacer? no sabes montar en bicicleta.

        - Voy a aprender.

Y con toda la determinación de la que fue capaz se agarro fuertemente a la reja de la ventana con la mano derecha, mientras con la izquierda mantenía firmemente sujeto el manillar. Cuando se sintió seguro comenzó a dar pedaladas, al principio se le soltaba uno u otro pie y perdía el ritmo, pero poco a poco, fue afianzando y haciendo más uniforme la velocidad.

       - Vaya, eso está muy bien, ¿crees que ya te puedo soltar?

       - Sí, claro, voy a montar yo solo.

Y allí se quedó toda la tarde, alternando pedaladas hacia delante y hacia atrás. De vez en cuando soltaba la mano derecha para ver si conseguía mantener el equilibrio, sin separarla demasiado, para poder volver a agarrarse en cuanto comprobaba que aún no estaba listo para rodar por libre. En unos pocos días sintió la confianza necesaria para soltarse del todo y salió rodando, manteniendo ambas manos sobre los puños del manillar. Cuando la bicicleta cogía velocidad apretaba ligeramente los frenos que le respondían sin ningún problema y todo fue bien hasta que descubrió que nunca se había planteado cómo bajarse de una bicicleta en movimiento desde la que sus pies no conseguían llegar al suelo, por lo que decidió que lo mejor era frenar lo máximo posible y saltar hacia el lado contrario al que dejara caer la bicicleta. Cuando Julio vio aquello se echó las manos a la cabeza preguntándose cómo iba a devolver aquel niño a sus padres con magulladuras por todo el cuerpo, pero los ojos y la boca dibujaron una amplia sonrisa en su cara.

A la mañana siguiente, vio como bajaba de la cámara donde tenían guardados todos los juguetes de cuando sus hijos eran pequeños, así como trastos viejos, baúles con ropa y libros. Iba sujeto de la barandilla con una mano, para poder bajar los escalones, y haciendo contrapeso de la otra mano colgaban unos patines de hierro, extensibles con una palomilla que había en la parte inferior, asidos por las correas de cuero.

          - ¿A dónde te crees que vas ahora con eso?, jovencito -le dijo Julio que asomaba en ese preciso momento por el pasillo-.

         - Voy a aprender a patinar.

         - De eso nada, monada. Ahora mismo vas a subir esos patines de donde los hayas cogido y vas a venir a jugar conmigo al parchís, así me aseguro que no te abres la cabeza antes de que tus padres vengan a recogerte este fin de semana.

        - Pero…

       - No hay peros que valgan –mientras le daba la espalda le lanzó la pregunta- ¿qué color te pides? -Ya sabía que pediría el azul, su color preferido, igual que sabía que ese pequeño tan obediente estaría dándose la vuelta para volver a dejar los patines en el mismo sitio del que los había cogido y con un movimiento de cabeza sonrió-.

Durante el fin de semana, mientras les contaban a sus padres estas y otras anécdotas de las vacaciones que había pasado su pequeño, consiguió convencerles de que tenían que escribir la carta a los Reyes Magos para que en las próximas navidades le regalasen una bicicleta de su tamaño.

Ese verano, sentado junto a Julio y viendo el Tour de Francia, fue cuando decidió que era eso a lo que él se quería dedicar en cuanto fuese mayor.

Cumplió su objetivo y llegó a pertenecer a dos de los equipos de más renombre en el pelotón internacional, hasta que una mala caída por culpa de un aficionado, que se saltó el cordón de seguridad para tener su minuto de gloria, le asestó un golpe con la pancarta que trató de extender en la misma curva en la que Eduardo había decidido tirar para ponerse en cabeza, sacando unos segundos de ventaja al pelotón.

Cayó rodando ladera abajo, dejándose en cada tramo un poco de piel y en el cuerpo roturas y magulladura por doquier y una lesión de espalda que le retiraría para siempre de su carrera profesional. Cuando la unidad móvil consiguió llegar hasta él, había perdido el conocimiento y no recuerda nada de lo que sucedió. Su vida permaneció en un sueño durante unas semanas que se hicieron eternas para su familia y apenas un suspiro para él. Cuando despertó, se descubrió postrado en una cama de hospital, rodeado de tubos y máquinas con ruidos y sintió que no podía mover ni un solo músculo. Los únicos que respondieron a sus deseos fueron los ojos que giraron en rededor hasta quedar posados en la espalda de -¿era Julio el señor que se encontraba vuelto mirando a través de la ventana, por la que escurrían grandes gotas de la tormenta que sonaba de fondo, repiqueteando sobre el poyete de la ventana, que parecía estar hecho de chapa, hablando por teléfono?– decidió que sí, que era él, cuando fue capaz de cazar al vuelo algunas de las palabras que pronunció:

       - Ay, Aurora, no te puedes imaginar cómo está el pobre. No es ni la sombra del musculoso Eduardo al que estamos acostumbrados. Cuando despierte, porque yo presiento que lo hará, va a tener mucho trabajo por delante para poder volver a estar como antes del accidente.

Cerró los ojos y por los laterales de su cara dejó correr hasta chocar sobre la almohada dos grandes goterones que serían las primeras y últimas lágrimas que se iba a permitir verter por lástima. Aún entonces, no fue suficientemente consciente de todas las que luego vendrían de dolor.

Se recuperó, no sin esfuerzo, de sus lesiones. En cuanto se dieron cuenta de que había despertado del coma se desencadenó el mecanismo y, a partir de ese momento, todo serían pruebas, sesiones de rehabilitación, fisioterapia, ejercicio y sesiones con el psicólogo. De aquel tormento, quedaron en su cuerpo algunas cicatrices, principalmente externas, y una ligera cojera que, si no eras muy avispado y no le conocías bien, solía pasar desapercibida. Las cicatrices de la cabeza, la de los recuerdos de lo que fue, de los que pudo haber sido y de lo que ya no sería, de vez en cuando le daban largas horas de quebraderos de cabeza y pensamientos negativos que gracias a su fuerza de voluntad pronto conseguía remontar.

Cuando volvió a su apartamento en la Corrala del Barrio de La Latina, los vecinos le tenían preparado un recibimiento por todo lo alto, con guirnaldas, confeti, globos, una gran pancarta y con bebida y comida para alimentar a un regimiento. No escatimaron tampoco en abrazos y besos.

En aquella fiesta entre vecinos descubrió que Lorena, la niña adolescente del 4º A que se había hecho cargo de su gata Willow durante su ausencia, había decidido dejar los estudios y que se ofrecía para limpiar casas y llevar a los niños del vecindario al cole, ayudándoles incluso con los deberes; ella solo pensaba en dibujar a todas horas y era más lista que los ratones colorados. También se enteró que Jacinto, el vecino del 6º B, se había quedado en paro a sus 49 años, después de haber pasado los 24 últimos años trabajando en la Agencia de Viajes para una gran cadena comercial que decidió aplicar un gran recorte de plantilla.

A la mañana siguiente vio claro cuál iba a ser el rumbo que iba a tomar su vida. Invertiría sus ahorros en una Agencia de Viajes y contrataría a Lorena y a Jacinto, estaba seguro de que estarían encantados con la idea. A Lorena le pondría como condición, para hacerle el contrato, retomar sus estudios y formarse en Marketing Turístico. Sus grandes dotes como dibujante le servirían de gran utilidad para la decoración del local y para el diseño de la propaganda.

Por supuesto, cuando les planteó la idea, lejos de encontrar alguna objeción todo fueron muestras de alegría, optimismo y lluvia de ideas. La agencia de viajes “Sincronizando relojes” iba a dejar de ser un sueño para convertirse en realidad.

Habían pasado dos años desde que abrieran las puertas por primera vez. La agencia ya se había hecho un nombre en el barrio y el boca a boca iba haciendo su función, ya no miraba con añoranza los trofeos y recuerdos de aquellos años de intensos entrenos, controles antidopaje, carreteras, etapas, maillots… Lo único que seguía formando parte de aquellos días en su actual rutina era la bicicleta, en cuanto tenía un poco de tiempo libre solía salir según el tiempo disponible a hacer pequeñas rutas o algo más largas cuando era posible.

De repente, se paró a pensar que solo echaba de menos una cosa en su vida y era encontrar una compañera para el único viaje para el que todavía no había tenido un billete y decidió que saldría a buscarla. Habló con sus dos empleados y les pidió permiso para tomarse un año sabático, por supuesto, les compensaría económicamente por hacerse cargo de todo. Una vez que hubieron aceptado, cogió dos de sus primeras bicicletas, que aún conservaba en buen uso, las limpió y engrasó a conciencia, preparó la caravana y las acopló en el soporte habilitado para ellas.

Una vez estuvo todo preparado, todos los papeles en regla y se hubo despedido, emprendió un viaje que consistiría en ir de localidad en localidad, de ciudad en ciudad, de provincia en provincia, parando donde la intuición y las necesidades le marcasen, aparcaría la caravana e iría recorriendo el interior de cada enclave con las bicicletas en busca de ese amor que hasta el momento le había sido negado.

La gente a su paso solía quedarse mirando, le hacían fotos o, simplemente, comentaban o sonreían, muchos otros ni tan siquiera reparaban en él. Sabía que el día que ella tuviese que llegar a su vida lo haría y se lo haría saber, posiblemente le preguntaría:

          - Perdón, ¿está libre el asiento de esa bicicleta?


Mjm Montalvo

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Comentarios
Mjm Montalvo 4 Días

Muchas gracias por el comentario. Me alegra saber que a alguien le ha gustado. Cuando hice la foto supe que sería para un relato y al ver este reto se me ocurrió la historia.

 
 
Walter Granillo 1 semanas

Magnifica historia, me encantó leerla y me gusta el desarrollo que lleva. Muy contento de que de este reto surgan historias como estas.