¿Quién es quién? (Parte 2)

Thriller policíaco de Grace Borrello para el «Desafío Dos Palabras» de @M4627C | Imagen: paginasparacolorear.com

 

III

     A través de la espesa niebla, apenas se divisa la silueta de un hombre acodado en la barandilla del muelle. Otro hombre llega montado en su motocicleta. Se saludan.

     —Nos tenías preocupado —dice el agente de la DEA.

     —Cortesía de tus colegas de Crímenes Mayores, que me retuvieron 48 horas.

     —¿Tu identidad encubierta está a salvo? ¿Nadie te reconoció?

     —Si alguien lo hizo, no dijo nada. Una mano lava a la otra y las dos lavan la cara.

     —Bien, pero no nos confiemos demasiado, no olvidemos que entre ellos hay un topo y aún no sabemos quién es.

     —Cierto, pero se le están cerrando las puertas y, cuando se sienta acorralado, es posible que se cobre algunos favores y cometa un error.

     —Cuento con eso para atrapar al muy ladino.

     —¿Hicieron algún avance mientas estuve fuera del ring?

     —En realidad estuviste sentado en una esquina del cuadrilátero. ¿Qué está pasando allá adentro?

     —Cómo no sabía si podían situarme en la zona donde montamos la desaparición de la testigo protegida, para despistarlos, improvisé una coartada e incriminé al otro testigo protegido.

     —Pienso que esa fue una jugada arriesgada de tu parte.

     —Me importa tres pepinos lo que pienses, no podía arriesgarme a que me tomaran desprevenido y punto.

     —Lo entiendo. Sólo me preocupo, basta dar un paso en falso y la operación «Yellow Salami» se nos escapa de las manos.

     —¿Estás seguro que El Dálmata no se va a dar vuelta?

     —¿Y ser acusado de asesinato? El trato con el fiscal se cae, si no declara en contra de Mancha de Vino.

     —Y, cuando tengan a Mancha de Vino, le van a ofrecer un trato para que delate al topo. Esto apesta, ¿Adónde queda la justicia para la víctima?

     —Por lo menos ambos estarán presos algunos años. Son sólo peones, y nosotros vamos por la cabeza de la serpiente.

     Se despiden. El hombre vestido de negro, desde el casco hasta las botas, monta su Harley y se aleja. Tras observar la estela de la motocicleta desapareciendo en la obscuridad, el agente de la DEA se marcha con paso cansino.

 

IV

     En Crímenes Mayores el ambiente está tenso. La respuesta del equipo de Cibercrimen está tomando más tiempo del esperado. La detective Alice Espinosa contacta a su amiga Hellen Wise para ver si hicieron algún avance.

     —Ambas sabemos que las fuerzas del orden constituyen un conjunto orgánico y articulado de estructuras, relaciones funcionales, métodos y procedimientos —se excusa Hellen, dando por terminada la conversación.

     Alice recibe el mensaje fuerte y claro. Todo ese palabrerío y la forma abrupta en que terminó la conversación se traducen en tres palabras: No puedo hablar.

     —¿Novedades de la Rubia, o está muy ocupada haciéndose uno que otro parche en el salón de belleza? —Su aliento alcohólico resulta evidente.

     —Buenos días sargento, parece que hoy arrancó temprano —responde Alice con ironía.

     —¿Hay novedades de Cibercrimen, o no? —reformula impaciente.

     —Acaban de informarme que aún trabajan en ello.

     Esa noche, antes de entrar a su casa, Alice retira la correspondencia de su buzón. Al revisarla, halla un sobre de papel madera, sin estampilla, destinatario, ni remitente; sólo un mensaje críptico que reza: «Bebe un sake antes de abrirme». ¿Quién, sino Hellen, escribiría algo así? Lo abre con premura, esperando encontrar el faro que eche luz sobre la investigación. Lee la información ávidamente y así se entera que, en el contexto de la investigación de «Los Tulipanes», la reportera había descubierto una red de narcotráfico que movía las drogas en compartimientos secretos de camiones de transporte de frutas. En busca de una primicia, vigilaba el galpón de la flota de carga del productor de peras. Una noche en la que montaba guardia, vio a Raúl Juárez y Esteban Guzmán alejarse del sitio. Se acercó para espiar y se topó con una surrealista escena del crimen: un cadáver con el rostro deshecho, cual hamburguesa aplastada.

     —Hellen, Hellen… es de no creer, tengo las herramientas y no puedo usarlas sin comprometerte; esto es como darle un telescopio a un ciego —exclama la detective, mientras guarda los papeles y las fotos bajo llave.

     Tras una cena frugal, se acuesta, pero las preguntas que rondan su cabeza no le permiten conciliar el sueño. ¿Por qué cibercrimen retiene información que podría dar un impulso tractor y dinamizador a la investigación? ¿Estarán chequeándolo con la DEA?... Como una pintura de mosaicos, las fotografías de la reportera se despliegan en su mente. Una destaca del resto, parece fuera de contexto, excepto por un detalle en segundo plano. La había descartado porque estaba movida y parecía disparada accidentalmente. Pero su inconsciente había registrado a los dos hombres que, a pesar de la distancia, no estaban fuera de foco. Se levanta, busca una lupa y toma la llave (que esconde a plena vista en el collar de su gato). Sobre en mano, se sienta en el sofá para analizar la fotografía. El que está de frente es Esteban Guzmán (Mancha de Vino), el que está de espaldas le provoca una sensación de déjà vu. Es la viva imagen del sargento Castillo, alejándose después de hacer el sarcástico comentario sobre «las leonas come-hackers». Misma estatura y contextura, mismo aspecto desaliñado, mismo impermeable color verde limón, mismo sombrero… No puede creer lo que esta viendo, su jefe jamás mencionó haber estado en contacto con Esteban Guzmán. ¿Será ese el motivo por el que Cibercrimen retiene la información? ¿Estará Asuntos Internos investigando al departamento de Crímenes Mayores? Uno nunca llega a conocer los verdaderos colores de las personas, reflexiona aún incrédula. Guarda todo y vuelve a acostarse. En ese mismo momento, S.W.A.T. está realizando la redada para arrestar al prófugo, Esteban Guzmán. Si todo resulta según lo esperado, tendrán las tres anclas que la fiscalía requiere para fondear el caso.

 

V

     Para sorpresa de los agentes de la DEA y del detenido, a poco de comenzar el interrogatorio, se presenta un abogado y pide hablar a solas con su cliente. Al rato, propone un trato a cambio de la confesión de Guzmán. Este reconoce que él y Juárez son cobradores de apuestas y usan métodos intimidatorios (amenazas y golpizas). Pero incrimina al sargento Castillo de Crímenes Mayores, alegando que este le plantó drogas y lo amenazó con mandarlo preso si no mataba al productor de peras. Inmediatamente ordenan la detención de Castillo. No son los únicos que van tras él. La detective Alice, que dio parte de enferma, lo está siguiendo. Castillo se detiene, se apea del automóvil y camina hacia la orilla del mar. Desde las dunas, un francotirador lo abate con un disparo y huye. Alice da el aviso de oficial caído y pide refuerzos, mientras las olas borran las huellas de la motocicleta en la que escapó el perpetrador.

     El cabecilla de la operación narco, usando como pantalla ser informante de la DEA, había extorsionado al impresentable sargento, a quien usó, primero como recadero, y luego como chivo expiatorio. Sin cabos sueltos, el Águila vuela fuera del radar.

 

 


Grace Borrello

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