¿Quién es quién? (Parte 1)

Thriller policíaco de Grace Borrello para el «Desafío Dos Palabras» de @M4627C | Imagen: paginasparacolorear.com

 

I

     Pueden encerrar a su cuerpo, mas no a su espíritu. En lo alto del cielo el águila, su tótem, sobrevuela el casco urbano, se aleja raudamente y se yergue en la cumbre más alta.

     La detective regresa a la sala de interrogatorio. Habían estado observándolo por un largo rato. Se había sentado en el suelo, en posición de loto; y así permaneció en silencio, inmóvil, con los ojos cerrados, ajeno al frio de la habitación y al titileo de los tubos fluorescentes. La táctica policial para hacerle perder la calma había fracasado rotundamente.

     —Levántese y siéntese en la silla.

     —Lo que usted diga, señora.

     —Ahora, quiero que piense bien antes de responder. ¿Insiste en no conocer a Raúl Juárez y a Esteban Guzmán? —dice mientras pone una fotografía sobre la mesa.

     —El que está a mi derecha es El Dálmata. A mi izquierda, está Mancha de Vino. No les conozco otros nombres, señora.

     Aunque intenta disimularlo, la frustración se transluce en las mejillas de la mujer, que se encienden como pulpa de sandías. Se recompone y vuelve a la carga.

     —¿Cuál es su relación con estos individuos?

     —Los conocí en un garito, en una partida hexagonal de póker. Eventualmente, seguimos cruzándonos en ese contexto. Quién sea que haya tomado la fotografía, debe haberlo hecho en alguna de esas ocasiones.

     El frio de la sala hace mella en la detective; le tiemblan hasta las pestañas. Se excusa y se retira, dejándolo solo nuevamente.

     —Hora de otra siesta, seguro va a dejarme colgado como una percha por un rato —dice a sabiendas de que, parapetados detrás del espejo, siguen escuchando y observando.

     Se sienta en el piso y, como analista conductual innato, perfila a la detective: corredora de oreja de su jefe, imitadora del comportamiento rudo de sus colegas masculinos y, detrás de esa fachada, una paloma luchando para sobrevivir en un nido de halcones machistas.

     Mientras tanto, la detective Alice Espinosa y su colega, Rajesh Disale, debaten sobre la estrategia de interrogación que, hasta el momento, no los ha llevado a buen puerto. La investigación está estancada, las piezas de evidencia, inconexas: el automóvil incendiado en la carretera interestatal, el cadáver mutilado del productor de peras, la relación del detenido con los sospechosos prófugos. A través del cristal espejado de la sala de interrogatorio, observan al sujeto sentado como estatua amalgamada con el suelo.

     —Hay algo en este tipo que me irrita y a la vez me desconcierta. En su lugar, yo estaría dando vueltas como un leopardo enjaulado, y él parece estar de paseo en un velero —dice Rajesh, exhalando un suspiro.

     —Hay que hallar el modo de sacarlo de su calma chicha y hacer que hable. ¡Si cree que es un paseo en velero, qué el rocío de las olas humedezca su rostro y lo aturda el áspero graznido de las gaviotas! —replica Alice.

     —Ya presionamos demasiado. No tenemos evidencias para retenerlo. En cualquier momento, pide un abogado y sale libre.

     Un golpeteo sobre el cristal interrumpe la conversación.

     —¿Es posible que nos haya escuchado? —Inquieta, se asoma por la puerta.

     —Detective, acabo de recordar algo.

     —Muy bien. —Respira aliviada y entra.— Cuénteme.

     —Hace unas semanas, iba en mi motocicleta y vi a El Dálmata discutiendo con la reportera gráfica del periódico local. Poco después, yo estaba en la gasolinera ubicada en la interestatal, frente al McDonald's, y los vi pasar a gran velocidad en un Chevrolet Cruze blanco.

     —Aguárdeme un instante.

     Regresa con una carpeta bajo el brazo y una bandeja con unas donas y un vaso de café.

     —Dígame si esta es la fotógrafa y si este podría ser el automóvil.

     —Definitivamente es ella, el vehículo quemado podría, o no, ser el mismo —contesta mientras bebe el café amargo y mordisquea una dona.

     —Parece conocer bien a la reportera.

     —¿Quién no? Su rostro se hizo viral cuando cubrió el escándalo del bar de stripers «Los Tulipanes».

     —Sí, claro… —asiente, mientras piensa que, sin importar cuál sea la pregunta, él hace una pirueta y cae parado como un gato.

 

II

     Esta información aporta una nueva pista a seguir. En su mapa, aparece una nueva persona de interés: África Akintola, la reportera gráfica que ganó notoriedad por la adicción del público a sus investigaciones de corte amarillista. Provistos de esta nueva munición, van tras la fotógrafa. Pronto se enteran que no son los únicos que la buscan. El editor del periódico les informa que no se ha reintegrado tras su licencia y no responde las llamadas. La vecina, que se ocupa de alimentar a sus mascotas, confirma que lleva tres semanas sin verla.

     Como nadie había reportado la desaparición, los detectives labran un acta de oficio con los testimonios recabados, solicitan a un juez sendas órdenes de allanamiento para los domicilios (personal y laboral), e ingresan su datos en la base de datos de personas desaparecidas.

     En los allanamientos, no encuentran su laptop pero, entre los enceres de la cocina, hallan un pendrive que contiene dos carpetas: «Los Tulipanes» y «Salamín Amarillo». Los archivos están encriptados. Alice se los envía a la jefa de la unidad de Cibercrimen. Cuando deja la oficina, en la puerta del edificio, se cruza con su jefe quien, como de costumbre, hace un comentario sarcástico.

     ―¿Así que pidiendo ayuda a las leonas come-hackers? ―Enciende un habano y se marcha sin esperar respuesta.

     —Troglodita misógino, siempre repartiendo mierda como camión de estiércol. En su fantasía, mujer informática es un oxímoron —musita la detective mientras él se aleja.

     Al encender su automóvil, la sobresalta la voz del locutor que comenta los Juegos Olímpicos de Japón. Apaga la radio y repasa mentalmente los pendientes del día: retirar la ropa de la tintorería, comprar el alimento balanceado de Bigote, devolver la llamada a su madre… Mientras conduce, no puede quitar de su cabeza la petulancia de su jefe. Con el frenesí mediático y las presiones del alcalde, están sentados sobre un barril de pólvora y a él no se le mueve ni el ala del sombrero.
 

 

 

 

 


Grace Borrello

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