Al doblar una esquina

[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui]

Al atardecer brioso de un día cualquiera sin pretensiones, dos hombres (ya de cierta edad) deambulan gastando (o aprovechando, según se mire) el tiempo entre conversaciones de asuntos sin transcendencia y elucubraciones sin parangón (al menos para los demás, pues no para ellos que se lo toman en serio), mientras van de un lugar a otro (que sólo ellos conocen y a sólo ellos incumbe)… y sin ánimo de inmiscuirme en sus asuntos me arrimé disimuladamente a ellos y atendí a sus palabras. ¿Perdona?, ¿que cómo los descubrí?... ya ves, cosas que se desvelan sin pretenderlo al doblar una esquina.

 

—Vestido de mar deambulo sobre rocío; noviembre de hojarasca al viento, lluvia cadenciosa y, en el cielo, relámpagos retumbando almas –va diciendo uno de ellos.

—Hace tiempo que no te veía –le responde (o no) el otro, que más parece cavilar en sus cosas.

—Estaba escribiendo. Hacía tiempo que no lo hacía.

—¿Por falta de nuevas ideas?

—No, por exceso de ellas.

—¿Novela o relato breve?

—Mitad y mitad.

—¿De qué iba?

—Era una noir ensangrentada.

—¿Y en qué te inspiraste?

—Se me ocurrió mientras fregaba los cacharros en la cocina.

—¿Y ahora?

—Escribo otra.

—¿Y de qué va?

—Es tremenda; pero sólo te puedo adelantar que ahora hago punto de cruz.

—Miedo me das.

—Ha despertado noviembre –dice como recitando o quizá soñando despierto más que conversando– con sus propios colores y los deseos nocturnos compiten al amanecer al hacerse realidad; y los personajes positivos flotan en el espacio y se convierten en una nebulosa aun sin cruzarse con las tortugas y los peces del lago con los que juegan los niños.

—¿Qué haces tan absorto?

—Aquí, hablando obnubiladas?

—Te presto una idea: para prevenir las psicofonías, le cortó la lengua antes de matarle. Pero no le sirvió de nada; el muerto era uno de esos ventrílocuos que hablaban con el estómago.

—La tendré en cuenta, gracias. Son unas criaturas terribles de garras afiladas, un par de retorcidos cuernos coronando sus tres cabezas (cada uno) y unas fauces de puntiagudos dientes que exhalan espuma… ¡y esos gruñidos!... ¡no te imaginas lo complicado que es sacarles a pasear!

—¿El qué?

—Los miedos.

—La aurora negra, el aire frío –y el amigo, por su parte, se lanza con sus propincuos circunloquios aunque en buena lid–, esperanza rota de un fin sin cambios en el verano de una tristeza ahogada al calor de la muerte; pues sólo el cuervo negro conoce lo que ocultan la noche, la estación sin trenes, y, en lo alto de la cima, una ermita sin ángeles.

—Sospecho que la distancia guarece secretos inconfesables entre las olas que rompen enfurecidas en los riscos insolentes; quizá por eso me escabullo en el silencio, pues en ocasiones perderse en algún lugar del tiempo es la mejor forma de ganarlo.

—Hoy los poetas se dejan ver, parece ser, aunque nosotros, sordos de ayeres y ciegos de ese cansancio existencial de algunas mañanas, sólo veamos, impacientes, el ahora, disfrazados bajo capas de ejemplar sobriedad, siendo bosque, voz del viento y rocío sobre la hojarasca.

—Y es que la conciencia clama al cielo, en el camino filosofías me bastan, las dunas silencian almas errantes, el fuego labra entendimientos, la aurora exhorta sueños con los que vestirse para transitar la mañana y en la sencillez humilde estriba la mayor virtud…

—…y con la luna asomada a través de los espacios vacíos, infinitos, entre árboles con hojas caídas, sin pasión, con la mirada, donde me gusta verte, en lo intangible al son de la brisa, eco sublime; y ahora lo siento, pues desperté a un sueño tras dormir en el espacio de un beso.

—Un orante clama al cielo en el silencio de una madrugada de otoño gris; y en el temblor de la tierra profunda (un volcán ruge furioso) una procesión de muñecos (cofres vivos de almas abortadas) abren los ojos y rasgan el humus sagrado anunciando vendetta.

—Rosa en flor; sangre tierna que en mis ojos padece esa locura que se despierta antes que el amanecer; cordura herida; alma sin costura quebrada; luz al amanecer revelada; estentórea calma; fuente eterna; gloria pura; al aire clama; en voz profunda; ánima bendita; corazón en alza.

—¡Pardiez! La brisa remueve leve los rebrotes del árbol que ha crecido en un rincón y que se extiende por doquier convirtiéndolo en un recoleto jardín; el sol brilla en lo alto y sus rayos penetran por las ventanas –abiertas a la inspiración– dibujando sombras chinescas en los asientos.

—En la playa solitaria un niño juega en la arena rebuscando conchitas en la orilla; el murmullo del mar susurra como un juglar que contara cuentos de sirenas mientras el reflejo plateado del sol, de esos cielos que no saben si van o vienen, hace malabares al atardecer.

—De esas tardes apacibles sin más, en silencio el sol se asoma jugueteando entre las nubes con sus últimos rayos trenzándose, los pájaros piando y una brisa acariciando los árboles.

—¿Hojeas?

—Ojeo.

—Romper con la tradición es romper con el pasado, y eso desasosiega.

—Lo achacan a esa manía tan de los lunes de atraparte en los vórtices del tiempo; y aseguran que eso ha provocado un desequilibrio en el campo magnético terrestre que ha abierto un portal con el mundo de los ogros y que por eso está subiendo tanto el precio de la luz.

—¿Qué hay que hacer, maestro?

—No basta con mirar; hay que ver, comprender lo que se ve y saber describirlo.

—Mira: las nubes blandas, el cielo encapotado, la vista alzada, sobrevuelan puntos fugaces, pájaros en vuelo; entre árboles mojados, charcos, piedras en el suelo; un piar incesante, sobresalto, caminos que quieren confundir nuestros pasos.

—La fantasía nos atrae, sí, sus peligros, el éxtasis del suspense que se lee entre las líneas del horizonte, sí, y lo cotidiano nos aburre (por eso leemos y escribimos lo que no existe), pero no olvidemos que, si todo aquello fuera cierto, lloraríamos por tener lo que ya tenemos.

—¿Te imaginas un Quijote alienígena?...: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un alien de los de lanza en astillero…»

—«Llamadme alien».

—Moby Dick. ¿Y esto?: «Solemne, el rollizo alien avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco…»

—Ulises. El de Joyce. Donde hay un refugio, un hogar, el corazón descansa.

—Esos cielos de viernes que prometen tanto; de sol cálido, de aire puro, de frutas frescas y frutos apetitosos, refugio de los visitantes que a estos lares arribaron procedentes de cielos lejanos y que de otras guerras huían en busca de un remanso que aquí encontraron.

—En primavera también la brisa suena como los pájaros; llueve en verano, escarban las gallinas buscando larvas; lluvia en otoño, el suelo está repleto de caracoles; llega el invierno, les sienta bien el frío a los cerezos. Todo cambia como las estaciones.

—Aletea el día entre subidas y bajadas.

—¿Volar deseas?

—¿Volar?, quizá; planear, si no; alzarme, elevarme, surcar, revolotear, aletear, deslizarme hasta el no va más, acaso.

—Lee, pues. O escribe.

—El autor de cuentos infantiles fue acusado de un delito de incitación al asesinato porque en su último libro el lobo feroz se comía a la abuelita.

—«Liberté, égalité, fraternité», habían escrito en la pared...

—...«pero hay quienes tienen más liberté, égalité y fraternité que otros», habían añadido debajo.

—Me he despertado puente, dejaré que me lleve su corriente donde se ocultan seres mágicos, luciérnagas de fuego y agua, llamaradas de relámpagos; entre silencios y cantos de sirenas y duendes de ríos bravos; entre risas y esperanzas en un destino favorable.

—Las palabras son un tesoro; y cuidarlas y respetarlas, un acto de amor.

—La niña ciega tocó el rostro de Quasimodo y vio su alma; «eres guapo», le dijo.

―¿La viuda negra es un tipo de latrodectus?

―Eso creo; perteneciente a la familia theridiidae.

―Deja que siga siendo noche.

―Amanece otro día con las esperanzas intactas; con el pensamiento rebosante de paz; con los actos de amor (frutos materiales del quehacer amable) como pruebas fehacientes de la existencia del Bien, inundando el mundo a pesar de los obstáculos inmundos que pretenden aniquilarnos.

—Silencio de bosque encantado, hogar del duende hechizado, que camina de puntilla por no deshacer la magia, por no molestar a la mañana.

—Al finalizar la guerra, y tras haber sobrevivido sin recibir ninguna herida, Édouard Rancor se hirió adrede el brazo izquierdo con su cuchillo reglamentario para presumir de herida de guerra ante sus amigotes.

—¿Quién fue?

—Uno. Octubre me ha dejado un leve dolor de letras repudiadas en el fondo oscuro del olvido, como la i sin el punto que llora desesperanzada; o la e oclusiva, cual consonante tras una puerta cerrada; y, sin embargo, todas ellas curan mis heridas al son de la música.

—Adoro las tardes que se colorean con tu sonrisa cuando en el atardecer tardío rememora la marea otros tiempos, otras luces, otros ensueños y, acaso sin ella saberlo, los niños chapotean en la orilla buscando esos recuerdos.

—El tiempo pasa como un suspiro hondo, como una ráfaga fugaz, como una risa contagiosa.

—Cuando llega la noche salen a brillar los sueños y la oscuridad inunda el bosque y el rumor del río y la brisa entre los árboles se entremezclan con una música suave de tormenta que surge como de la tierra, creando un ambiente irreal de cuento de hadas.

—Los caminos los marca el cielo.

—Con la pasión con la que ríe un recién nacido, con el deseo con el que unos niños miran los juguetes en el escaparate de una juguetería; así, indómito, me lanzo a descubrir que no sólo hay un camino a seguir para alcanzar el infinito.

 

Fui tras ellos un rato atento a sus soliloquios compartidos, luego les perdí en un descuido. Desaparecieron como fantasmas; acaso lo fueran. No, no creo; imaginaciones mías. Entrarían en un bar sin darme yo cuenta, o en un portal… entre el barullo de la gente… No sé. Igual que vinieron se fueron; se me ocultaron sin yo pretenderlo al doblar una esquina.

 

Luis J. Goróstegui

 


Luis J. Goróstegui

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