EL CANSANCIO

"A veces el cansancio no entra por el cuerpo sino por el corazón".

 
 
 
 
 
 
Verónica estaba profundamente dormida cuando atravesaron el valle. David prometió estacionar en algún paraje, antes de llegar a Merlo, para que ella tomara algunas fotos, pero, cuando llegó el momento de hacerlo, la miró de reojo y decidió continuar la marcha. El rostro de Verónica estaba enrojecido debido al aire húmedo y caliente que entraba en el viejo auto. Su cabeza recién rapada estaba llena de pequeñas gotas de sudor, al igual que la nariz respingada y los labios, que lucían agrietados y pálidos. Sólo unos flecos del fular de seda, que llevaba anudado al cuello, se levantaban con la brisa. Tenía las pequeñas manos cruzadas sobre el vientre, lo que la hacía parecer incluso más consumida.
 
David llevaba varias horas frente al volante y sentía las nalgas dormidas. Aceleró en una recta que parecía interminable hasta llegar a un antiguo puente colgante. Las llantas emitieron una especie de chillido sobre la estructura metálica. Un río se ensanchaba a ambos lados, con un brillo de color esmeralda y un olor que le recordaba al de las coliflores cocidas. David vio las sombras del puente sobre el agua con el automóvil chato pasando entre las barandas de hierro. Luego las llantas quedaron de nuevo en silencio y el olor desapareció poco a poco a medida que se alejaban del lugar. “Merlo”, pensó David, y durante unos segundos se sintió tan bien como había esperado.
 
Aquello fue demasiado efímero. Miró los ojos de Verónica cerrados, su ceño fruncido y sus labios entreabiertos. Le costaba acostumbrarse a ese rostro cetrino, ahora desprovisto de cejas y pestañas. «Como una muñeca de aparador», pensó. Verónica balbuceó algo mientras dormía y él tuvo la tentación de dar media vuelta en el coche. Pero en realidad no deseaba volver. Le molestaba pensar en su mujer encuadrándolo con el teléfono móvil para hacerle fotos sin parar. «¿Qué pretende con eso? ¿Acaso protegernos del olvido?» Verónica ya tenía centenares de imágenes suyas, de sí misma sola y de los dos juntos, delante de miradores, en restaurantes y pintorescas casas de campo, en la clínica, mientras le hacían la quimioterapia y hasta del día en que le pidió a David que le rapara la cabeza. Él siempre accedía a dejarse fotografiar, aunque detestaba como quedaba retratado.
 
Estaba atardeciendo. Dos aves de rapiña negras revolotearon cerca de ellos; sus sombras se extendían sobre el pavimento como un manto de color marengo. Un remolino de arenisca entró por la ventanilla; disminuyó la velocidad y subió el vidrio. Pestañeó varias veces, elevó los hombros y miró hacia fuera. Los buitres ya no estaban cerca. Suspiró e intentó secar, con un pañuelo de papel, el profuso sudor de la cabeza de su mujer.
 
A lo lejos las montañas, en diferentes tonalidades de azul, se veían imponentes. David se fijó en las señales indicadoras de entrada a la ciudad de San Luis y pensó en parar para cargar combustible, pero aún tenía algo de gasolina y no quiso despertar a Verónica. Tomó entonces por una vía sinuosa y mal pavimentada. Llegarían finalmente a Merlo para la hora de la cena.
 
Dejar su trabajo de veinte años en Córdoba, cobrar sus cesantías y venderlo todo, excepto el antiguo Opel que tanto amaba Verónica, había sido una apresurada y difícil tarea. «La cosa no está nada fácil», pensó David sin poder evitar que la tristeza subiera a su cara. Sus padres vivían en Viña del Mar y la relación de Verónica con ellos era tan inexistente como los propios padres de ella, pues su madre había muerto doce años antes y su padre jamás la había reconocido, ni tampoco a su única hermana, Agustina.
 
Dos meses atrás, en una larga conversación telefónica, habían puesto al tanto a Agustina de todos los detalles de la evolución del cáncer de Verónica, sin olvidar poner énfasis en el permiso otorgado por el oncólogo para ensayar tratamientos alternativos debido al pronóstico reservado sobre su caso. Agustina, que era enfermera profesional, vivía sola. Se ofreció a alojar a la pareja en su casa y a ayudar a cuidar a Verónica todo el tiempo que fuera necesario. Y prometió, además, conseguir para su hermana al mejor curandero de la región de Merlo. La suerte estaba echada. Sería un importante cambio, pero la pareja estaba dispuesta a hacerlo.
 
Un autobús que iba a cruzarse con ellos comenzó a pitar. Verónica despertó junto a un David alarmado cuyos extenuados reflejos, sin embargo, respondieron bien y le permitieron meterse en la cuneta justo a tiempo para permitir el paso del autobús. El conductor del colectivo levantó al pasar la mano agradecido, mostrándoles una amplia sonrisa.
 
—Qué susto me has dado, hijo de la gran puta –dijo David en voz baja.
 
Luego miró hacia el asiento del lado, estiró el brazo y con el dorso de la mano acarició la frente de Verónica, que había vuelto a cerrar los ojos para quedarse dormida.
 
David respiró profundo y continúo su marcha. Algunos metros después volvió a mirarla. Ahora el rostro marmóreo de su mujer parecía el de un querubín. Se la veía serena y sublime. La carretera era cada vez más cerrada y el asfalto resplandecía trémulo contra el horizonte. Empezaba a caer la tarde. David encendió la radio y comenzó a buscar una señal. El volumen y las interferencias se incrementaban o disminuían con el movimiento del coche. De pronto sonó a los gritos. La bajó, pero ya era tarde. Verónica se irguió en el asiento e intentó orientarse.
 
—¿Falta mucho? Ya pasamos por San Luis, ¿verdad?
 
—Pronto —dijo David—, bastante pronto, Vero —añadió, sin contestar la pregunta pero deseando sonar optimista.
 
Ahora Verónica se frotaba los ojos con el dorso de la mano. Luego abrió y cerró los párpados como intentando acostumbrarse a la luz.
 
—¡Qué calor! —exclamó. Miró la hora en el teléfono y luego clavó su mirada en David. Éste mantuvo la suya fija en la ruta.
 
—De regreso del otro mundo —dijo él—. Vaya, sí. Parecías la bella durmiente.
 
—Durmiente sí, bella… pues…
 
—No empieces con eso. Es transitorio.
 
—Todo lo es, cariño.
 
—¿Abro las ventanillas? Afuera hay mucho polvo y poco viento.
 
—No, deja así. Me arden los ojos.
 
—Ya estamos cerca —dijo David manipulando de nuevo la radio hasta localizar una emisora de noticias.
 
—¡Las fotos!—recordó  Verónica.
 
—No había ningún lugar bonito para detenernos, ni los claroscuros que tanto te gustan.
 
—Me lo aseguraste, David. Las promesas se cumplen —dijo Verónica buscando su botella de agua mineral.
 
David la miró fugazmente, de reojo. Luego volvió a mirar hacia  la ruta.
 
—¿Quieres un poco? —preguntó Verónica, después de haber bebido un largo sorbo.
 
—No, gracias. Prefiero una cerveza helada cuando estemos en casa de tu hermana.
 
—Está horrible. Sabe a plástico tibio, mejor que no hayas bebido.
 
Tapó de nuevo la botella y la puso a su lado. Luego su mirada y la de David se encontraron.
 
—Lo siento —dijo David—. Hay otros puentes, amor.
 
—Sí que hay puentes. Pero yo quería unas imágenes en ése —respondió Verónica, tapándose los ojos con un extremo de su fular celeste.
 
David notó que Verónica estaba lloriqueando. Como otras tantas veces, se sintió culpable. Detestaba ese sentimiento, pero notó también que empezaba a perder la paciencia.
 
—Vale, vale Verónica —dijo—. ¿Deseas que demos marcha atrás? —Disminuyó la velocidad del coche—. Si eso es lo que deseas, pues eso haremos.
 
Verónica movió para ambos lados la cabeza y dijo:
 
—La luz a estas horas ya no ayuda. Además, tendríamos que retroceder bastante.
 
David aceleró de nuevo.
 
Verónica sacó del bolsillo de la camisa un pequeño blíster y extrajo dos pequeñas pastillas, que se colocó debajo de la lengua.
 
—¿Empezó a doler?
 
—No, pero es la hora de tomarlas.
 
—Ahí tienes agua.
 
—Es un asco. Lástima no haber puesto en el termo mi té de jengibre…
 
—Querida —interrumpió David—. A las ocho ya habremos llegado a casa de Agus, y podremos preparar ese té que tanto te gusta.
 
—Agustina no debe consumir jengibre. No debe de tener nada que sirva.
 
—En el bolso hay suficientes bolsitas de infusión, llevamos una provisión para dos semanas.
 
David miró a Verónica y vio una leve sonrisa en sus labios, pequeños hoyuelos en sus mejillas. Poniendo una mano sobre su rodilla, le pidió que se acercara. Ella dudó, pero enseguida se movió hacia David y apoyó la cabeza en su hombro, como él esperaba que hiciera. Entonces le rodeó el descarnado hombro con el brazo.
 
—Cuántas curvas. Qué ruta tan fea  —se quejó ella.
 
—Es opresiva, de acuerdo.
 
—No circula el viento. Hace un calor informal.
 
David bajó la ventanilla del auto y dejó circular un viento algo menos cálido.
 
—¿Mejor, verdad?
 
Verónica asintió.
 
–Me acordaba de la reunión de despedida que te hicieron en el trabajo –dijo-. La placa conmemorativa es muy bonita. Es que veinte años de servicio no es poco.
 
—Sí, pero no fue el gerente. Estaba enfadado, creo. Parece que no le gusta mucho el chico que entrené para que hiciera mi trabajo.
 
—Fuiste un empleado modelo. Valoro mucho tu sacrificio —dijo Verónica.
 
Después le dio un sonoro beso en la mejilla y apretó su mano con fuerza.
 
—Era hora de cambiar —respondió David, soltando la mano de Verónica para intentar sintonizar una nueva emisora.
 
—¡La gasolina está en rojo!
 
David asintió.
 
Justo en ese momento pasó junto al coche una vieja motocicleta con las luces bajas. El espejo lateral saltó en pedazos. Por un instante, David se quedó ciego.
 
—¡Desgraciado! —dijo, recuperando la visión en el retrovisor central—. Por aquí son unos animales. Ahora quién sabe dónde encontraremos el repuesto.
 
—No te preocupes. Lo importante es que no chocó contra nosotros —dijo Verónica con suavidad.
 
La pareja siguió en silencio, mientras la señal de radio se hacía más audible y pasaban las noticias de la tarde. Ellos estaban atentos al camino.
 
—Mira, Vero, ahí hay un aviso de estación de servicio. Debemos meternos por la ruta de la derecha.
 
—Sí, allí está. Muy bueno, porque necesitaba ir al lavabo.
 
La ruta en aquel tramo era mucho más amplia. Unos perros negros cruzaron raudos frente al auto. En poco tiempo llegaron a una construcción de cemento con algunas autocaravanas, coches y motos aparcados adelante. Había un hombre y una mujer que vestían uniformes grises sentados en unas bancas de madera verde a la sombra de la edificación. Miraron detenidamente cómo paraba el coche frente a un surtidor de gasolina y apagaba el motor. La mujer se levantó con parsimonia del banco y se acercó batiendo sus generosas carnes. Era baja y tenía los cabellos rojizos crespos. Se inclinó un poco y miró a David. Le miró detenidamente con sus ojos azules pequeños y su cara sonriente.
 
—Hace tiempo no veía un auto como éste. Es un clásico ¿Qué modelo es? —preguntó la mujer
 
— Un Opel Rekord del sesenta y tres —respondió David.
 
—Una belleza, sin duda. Pero se lo dejaron tuerto.
 
—¿Usted no tendrá un repuesto?
 
—A lo mejor en Merlo. ¿Qué le pongo?
 
—Extra, por favor —dijo David—. Llénelo por favor.
 
—¿Extra?  —preguntó la mujer arqueando las cejas.
 
—Sí, gasolina extra, por favor —dijo Verónica, desde dentro, con cierta angustia reflejada en el rostro.
 
La empleada miró abiertamente la cabeza y el rostro de Verónica, y luego le pidió la llave del depósito a David para empezar a llenar el tanque en silencio.
 
—David —dijo Verónica.
 
—Ya lo sé, mujer. Necesitas ir al lavabo
 
Verónica se apeó del auto, visiblemente descompuesta.
 
De nuevo las náuseas, pensó David, mientras veía a Verónica caminar deprisa hacia unos pequeños arbustos ubicados a la entrada de la gasolinera. Allí la observó haciendo arcadas, agachada mientras su cuerpo se sacudía violentamente con cada espasmo.
 
La mujer que estaba poniendo la gasolina no se movió de su sitio. Parecía estar impaciente por llenar el tanque, pero a la  vez no se cansaba de mirar a Verónica.
 
—¿Quiere que le revise el nivel de agua o el aceite del coche? —preguntó al terminar.
 
—Mi mujer necesita usar el lavabo, como podrá ver —exclamó David en tono de súplica, mientras señalaba a Verónica.
 
Ella asintió con la cabeza.
 
—Vale —dijo, entregándole las llaves a David antes de dirigirse sin mayor urgencia hacia Verónica.
 
David no se bajó del coche. Se frotó el rostro con ambas manos y volvió a mirar a su mujer. Se la veía extremadamente frágil. Los brazos estaban flojos y huesudos, pero la cara en cambio aparecía hinchada y sudorosa. Recordó cómo era ella cuando se conocieron, antes del tratamiento. El vestido de punto ceñido a una figura perfecta, las cejas gruesas enmarcando unos bellos ojos y el cabello largo y ondulado. Ésta no era la Verónica que deseaba, pero no dejaba de estar unida a él.
 
La empleada de la gasolinera sacó unos pañuelos faciales de su bolsillo y se los entregó a Verónica. Luego la llevó dentro de la construcción, la ayudó a entrar al lavabo  y se sentó sobre unas llantas apiladas fuera de la puerta del mismo.
 
Después de unos minutos que le parecieron eternos, David se apeó y se dirigió al lavabo.
 
—¿Cómo vas?
 
—Mejor, mejor —dijo Verónica, antes de salir finalmente con los ojos muy irritados, el rostro congestionado y un fuerte tufo a leche cortada.
 
La operaria de la gasolinera le pasó un pequeño frasco con mentol y le dijo que eso la ayudaría a controlar el vómito. David  sonrió incómodo y dio las gracias a la mujer. Luego se volvió hacia Verónica.
 
—¿Podemos retomar la ruta?
 
—Sí, de verdad me siento mejor. Gracias por su ayuda —añadió Verónica, mirando a la mujer de la gasolinera. Luego se puso el frasco de mentol frente a la nariz.
 
David quería llegar pronto a casa de Agustina. Se puso en marcha hacia el coche, con Verónica detrás.
 
—Tendrías que haber entrado al lavabo —dijo—. ¿No tienes ganas de refrescarte un poco?
 
Verónica creía que estaba hablando bajito, pero para David cada palabra de su mujer era como un grito. No dijo nada. Miró la puerta del coche con detenimiento y vio el ojo vacío del espejo. Entró al coche y ajustó el retrovisor frontal, mientras Verónica se acomodaba en el asiento del pasajero.
 
—Espera —le gritó ella a David y volvió a bajarse del auto. Llevaba consigo el teléfono móvil.
 
—¡Verónica! —exclamó David.
 
Ella encuadró la gasolinera y a la mujer que acababa de conocer. Cuando tomó la foto se disparó automáticamente el flash. Hizo dos tomas más. En la segunda, la mujer puso las manos abiertas frente a su cara.
 
—¡Basta, Verónica! ¡Entra en el coche!
 
Su mujer hizo caso a regañadientes. Durante el resto del trayecto permaneció en silencio y con los ojos cerrados.
 
—Ya está, al fin llegamos—dijo David.
 
La entrada a la población estaba bien iluminada. Había casas bien separadas de distintos estilos, chalets con ante jardines florecidos. Justo al lado de un colegio de bachillerato de curas estaba la casa de Agustina. Era una propiedad grande y de ventanales amplios techada con tejas de barro cocido.
 
David  se ubicó en un estacionamiento al lado de la casa y se apeó junto a Verónica.
 
Agustina los recibió con un abrazo. Ya había visto fotos de su hermana en su estado actual, pero de todos modos debió disimular su impresión al encontrarla tan desmejorada.
 
—Deben de estar muy cansados. Es un viaje bastante largo —dijo.
 
—Te pido que no desempaquemos ahora —respondió Verónica—. Lo que quiero es acostarme.
 
—La habitación está lista, ven que te ayudo con las escaleras.
 
Antes de subir, Agustina se dirigió a David:
 
—Estarás sediento. Saca lo que quieras de la nevera
 
Al cabo de un rato, Agustina descendió del segundo piso y encontró a David en el porche terminando una lata de cerveza.
 
—Se quedó dormida. Está agotada, pobrecita —dijo.
 
—Sí, yo también estoy cansado.
 
—Te entiendo, esto no es nada fácil.
 
David se levantó. Dejó la lata vacía a un lado, rebuscó en el bolsillo de su camisa y dijo:
 
—Parece que se me acabaron los cigarrillos.
 
—Tú sabes que no fumo, cuñado.
 
—Iré por una cajetilla hasta el parque, no me demoro.
 
—Hay un kiosco a sólo tres cuadras de aquí. No tienes que ir hasta el parque.
 
—Regresaré pronto.
 
—Toma una copia de la llave  —dijo Agustina, dándole una palmada en el hombro y sonriéndole, fraternal.
 
—¿Necesitas que te traiga algo?
 
—No, nada. Tranquilo.
 
David fue caminando hasta el coche y lo puso en marcha. Al dar vuelta en la esquina extrajo una cajetilla de cigarrillos de la guantera y prendió uno. Aspiró profundamente el humo y lo exhaló despacio. Después pisó con fuerza el acelerador y enseguida se deleitó en el aire tibio que le acariciaba el rostro, liberador, cada vez más fresco a medida que ganaba velocidad.
 
Escrito por : Iris Luna M

Iris Luna Montaño

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