La donna e mobile un aria con mucha acción

Un vecino indecente y ruidoso que no deja dormir a la comunidad donde habita recientemente. Pero cuando las cosas empeoran, una vecina, mujer volátil y resuelta, decide al respecto y…

La limpiaba con esmero al menos una vez por semana, silbando quedamente, frotando, lustrando, sin poder evitar una asociación con ciertos sueños; o con alguna vigilia onanista. De hecho, el arma, una de las que guardaba confiadamente, era una Remington 31, de carga por bombeo, de esas cuyas balas se montan mediante un gesto firme y masculino de adelante hacia atrás, cogiendo el cañón con la mano que no está posada en el gatillo. Era por eso que en algunas partes de América principalmente en el Caribe, llamaban a este tipo de arma, la pajiza, “la que se carga sobándole el cañón con ese movimiento de…”

Arrinconaba sus armas de reglamento en medio de trastes viejos de difícil acceso: una cuarenta y cinco y un revolver veintidós que con su funda sujetaba a su pierna derecha cuando estaba en funciones.

Pero la pajiza era de contrabando. La había comprado a un policía corrupto vinculado al pequeño tráfico. Claro, ese tipo de escopetas solo era usado legalmente, por el cuerpo policial al que pertenecía. Pero le fascinaba aquella “abre huecos”, aquella letal “Donna e Mobile”. Así la llamaba a veces, cariñosamente, pero no sin cierto temor, pues siempre recordaba cuando excitado y prepotente la había accionado contra un infeliz, en un procedimiento de rutina. Como siempre, el arma no solo había perforado el cuerpo del delincuente – era en efecto un delincuente – sino que había dañado la pared delante la cual éste había hallado su muerte, su fusilamiento sumario y sin dilación.

La urbanización le quedaba grande al funcionario, siendo él un agente sin rango aún y por lo mismo carente de ingresos suficientes para tal condominio. Pero había logrado un crédito blando de la caja de ahorros, cuando el terreno era apenas un cafetal abandonado sobre aguas subterráneas que de vez en cuando emergían. Había recién heredado un dinero con el cual compro una parcela allí. Y pudo entonces ponerlo de garantía para la solicitud del crédito. Pero de eso hacía ya muchos años. Y la inflación fue reduciendo su poder adquisitivo al mismo tiempo que llegaba a la urbanización gente de dinero, políticos corruptos, comerciantes, funcionarios de cierto rango…

El vecino…

Y entre ellos, y ahora recién, Telémaco Rincones, prepotente, con dinero oscuro - más bien lavado - y soltero pero muy acompañado. Instruido, mas no educado, solía caminar pavoneándose, móvil en mano, de una acera a otra, hablando copiosa y estridentemente. ‘pero no he visto ninguna queja por el grupo de WhatsApp de la urbanización… Y yo siempre tengo mi móvil donde tengo mi pistola’, decía, como quien pretende enseñar los dientes. Y lo dijo incluso en la única asamblea de vecinos a la cual asistió.

Pero al mismo tiempo se le escuchaba bajar su voz progresivamente, hasta que ya los cansados vecinos oían solo un murmullo. Pero su conversación continuaba dentro de la casa. Tales oscilaciones del volumen de su voz hacían crecer la imaginación especulativa de algunos habitantes, dando pie para decir que el nuevo vecino manejaba negocios turbios; o de cualquier modo, no del todo legales.

Esas conversaciones murmuradas y su cargo en los cuadros del poder – el sujeto dirigía un organismo se seguridad o de control social, diría un criminólogo – cuya siglas e identidad nunca fueron descifradas por ningún vecino:

—CAES, FEAS, PEAN —decían entre ellos, confusos, bajando la voz y viendo a los lados, como si no quisieran que alguien invisible escuchara aquello.

—Sí, una sigla de esas…

—Es un organismo del gobierno, de militares o policías— afirmaban con falsa seguridad.

—¿Y por eso será que no hace caso a nuestros reclamos? —decía otro cruzándose de brazos y dispuesto a escuchar.

En efecto, después de reiteradas peticiones verbales y de cartas exigiéndole respeto y apego a la norma, los habitantes de la urbanización no se atrevieron a llevar su queja a las autoridades, fiscalía, defensoría pública, la Policía, al considerar que aquel pomposo sujeto era precisamente, representante de uno de estos organismos.

—La gente es fácilmente comprable… —decía otra vecina.

—¿Comparable? —preguntaba otro, confuso, temeroso incluso.

—Comprable, comprable. O sea que se puede comprar, comprar para que no proteste ni denuncie los escándalos y templetes de Telémaco, a todo trapo, casi todas las noches, a todo volumen, de grito en grito, de karaoke en karaoke, de desafine en desafine, de disfonías en disfonías… Y la insistente vecina continuaba:

—A la gente le dan un kilo de queso, unos bombillos o una torta y entonces no protesta, voltea para otro lado cuando se habla de eso. Incluso gustan de la cagada de música que pone —. O que grita, completó la misma vecina.

Al menos tres veces a la semana y comenzando la noche, se veía llegar gente, sobre todo hombres, estacionando uno de sus objetos de adoración – fetiches de quien tan pobre es, que solo tiene dinero –: camionetas enormes de llantas inaccesibles que obligaban al pasajero a usar el estribo del cual estaban provistas para poder alcanzar el asiento.

Absurdos vehículos inspirados en los usados por los protagonistas tejanos de aquellas películas de sexo, mujeres bellas y armas. Absurdos vehículos, por innecesarios, siendo potentísimos all terrains diseñados para el campo. Bastarían vehículos comunes, un sedán, un deportivo, un vehículo tres puertas… Pero no, había que ostentar, ostentar y quemar dinero cabalgando sobre bestias ruidosas, saturadas de parlantes y luces imposibles.

…Y sus vecinas

Pero ya en la madrugada – era insoportable, inaceptable dentro de un espacio residencial -llegaban las chicas. Mujeres tarifadas, putas caras y cariñosas amando torcida y ciegamente lo que semejantes hombres podían ofrecer apenas: dinero y escena. Ellas, tan vacías como ellos, preferían lo fugaz, lo explosivo y fatuo, como si la vida se redujera a eso. Como si la vida no fuese a finalizar nunca; o mejor, actuaban como si finalizase muy pronto. Pernoctaban en la casa, como cualquiera de las vecinas. Y emergían silenciosas, al mediodía del siguiente día, como si nada. Como cualquier vecina. Claro, eran las vecinas de Telémaco…

Irrumpían en medio de la música-ruido ofrecida por el fachoso residente, pero agregando sus risas escandalosas, sus grititos de niña consentida y el sonido de vasos y botellas cayendo en medio del desgastado mariachi, del reguetón; o incluso del rap, que de noche en noche penetraba el gusto de los vecinos, obligándoles con semejante maltrato.

—Puro lomito —decía algún vecino de una de las casas más cercanas, viendo a hurtadillas por su ventana, cuando aquéllas aparecían en la acera frente a Telémaco; o en la calle, enfrente, paseando su breve atuendo que inútilmente batallaba contra sus traseros turgentes y sus pechos operados.

—¡Ah, pero no es tan malo entonces! —bromeaba alguna esposa, bostezando y agregando estar despierta desde las once de la noche.

—Y lo que falta —respondía su pareja, agregando:

—El coro de berridos detrás del equipo, tratando de seguir algún compás perdido, en medio de su escasez de gusto y su poquedad de oído—.

—En medio de la madrugada, entre nosotros —…

—Voy a tratar de descansar, al menos—.

No todo es estruendo. ¿O sí?

El agente Braulio Paz tampoco dormía bien allí. Llegaba exhausto de cada operativo y deseando descansar.

—Si al menos fuera buena música —decía moviendo la cabeza de lado a lado.

Resultará extraño que un agente tuviera gustos por la música académica. Pero en efecto los tenía. Viniendo de un hogar encabezado por un padre que gustaba de Brahms, Liszt, Mozart por supuesto. Y de los compositores del Barroco italiano, Vivaldi especialmente. Las grandes óperas se escuchaban con cierta frecuencia – y con cierto volumen, si supieran – en aquel apartamento donde vivían antes de irse a la urbanización.

Y era cuando Marta Cuellar mostraba su mal humor y su rechazo a todo aquello pues, con todo derecho y naturaleza, no gustaba de tales géneros, prefiriendo “algo más sencillo…”, decía ella: baladas en inglés de los setenta y los ochenta; uno que otro español o italiano: Raphael, Nicola Di Bari. Y Violeta Venegas. Y Jennifer López. Y Laura Pausini. Y llegaba hasta Madonna, incluso. Y Marta Sánchez, su tocaya, por supuesto. En fin… Pero nunca “aquellos gritos” de las grandes divas. Ni la “música eclesiástica” del marido. Decía a menudo: ya basta. Pero la música seguía, La donna e mobile siguió sonando en aquel apartamento armonioso, literalmente armonioso.

Tratando con otra vecina

¿Y los niños recién nacidos y todo ese ruido? ¿Y Efrén, el niño especial de la quinta Las Cúspides? ¿Y Ruth, su mamá? Y también estaba Marta Cuellar, la muy tranquila vecina de Los Nietos, la quinta que daba a la parte posterior de la casa de Telémaco.

No tan entrada en años, enérgica pero retraída, no había sido nunca una hembra alfa, como se diría en el argot de la etología. Casi siempre silenciosa, aspiró y esperó poco de la vida, causándole esta por así decirlo, cierta melancolía o tristeza. Era como una sensación de insuficiencia, de haber hecho poco, salvo sus dos hijos, uno de ellos todavía viviendo con el matrimonio. Era Braulio, el servicial agente policial de la Policía estatal, quien a veces al llegar de su jornada de búsqueda de pillos y delincuentes, pedía a su compañero de patrulla hiciera sonar dos bucles cortos del ruidoso pito del vehículo. Y el regocijo de los más chicos por aquello, le esperaba todas las tardes.

La mujer tomaba el sol regularmente, en el porche de la quinta, donde el sol alcanzaba mejor. Esa melancolía taciturna, creía el hijo, la dejaba inmóvil por largo rato. Casi como en una catatonia. Pero no. Al rato volvía de su ardor estival … Pero sí. Pero no. Sí, sí padecía de esquizofrenia, aunque Braulio y Braulito no lo sabían. La patología mental no le había sido diagnosticada, aunque avanzaba sostenidamente.

Un día se paseó desnuda por su casa, volviendo la cabeza a un lado y a otro, como escuchando algo imperceptible para otros. A la segunda vez los familiares decidieron lo que se imponía y pidieron una cita con el psiquiatra.

Final en forte

En una madrugada del día dispuesto para la cita de Marta, Telémaco hizo sonar a todo volumen, como colada entre los peores géneros musicales que escuchaba, la exquisita aria de la ópera Rigoletto, La donna e mobile, canción que a menudo se dejaba oír en Los Nietos, casa de la enferma, pues era del agrado de todos. De todos, excepto de ella.

Fue entonces cuando Marta, idos bruscamente los tapones de su cabeza, salió de su habitación y sin detenerse a ajustar el cierre de la poceta de la planta baja que manaba agua sin cesar, buscó donde ya sabía, el chopo del policía, la siempre brillante Remington modelo 31. Salió de la casa moviendo su cabeza enfáticamente, casi burlesca, al compás de la melodía, emergió a la calle donde el traspatio del vecino parecía esperarla, vibrando sus altoparlantes. Se había apertrechado de varios cartuchos y en el menor instante, ante los atónitos borrachines que afuera cantaban y gritaban, ocurrió. Tres muertos.

Sin detenerse y como posesa atravesó la verja abierta de la gran casa de Telémaco, haciendo otro disparo, enloquecida y sin dejar de llevar el compás de aquella melodía. Otro muerto, el guardaespaldas de Telémaco, quien no tenía consigo su arma de defensa. Vaciando la mirada penetró al traspatio cubierto, como buscando la música. Los corotos y trastes diseminados no le impidieron divisar los sonoros equipos que indiferentes a su presencia tocaban sin parar siguiendo a Pavarotti. No se escuchó cargar el chopo; La donna e mobile no lo permitió, con sus hermosos y brillantes agudos del tenor.

Marta tampoco estaba en silencio, al menos no quienes rodeaban su mente, animándola a proseguir con su cometido: callar aquel infierno melodioso pero intolerable para quien como ella, de casada, había vivido sin poder dejar de escuchar: arias, zarzuelas, conciertos voluptuosos y profusos, operetas y estridentes solos de famosas divas. Además de todo aquello, y del murmullo particular de esas voces que recién comenzaron a acompañarla, escuchó entre sus dedos el breve sonido de los cartuchos, entrando a la cámara de la escopeta, introducidos con afán ciego y placentero, por la mujer. Este ruido, preludios y oberturas tras bastidores, a la espera de la llegada de algún imaginario director de coros o de orquesta, tampoco se oía fuera de la casa.

Dos disparos insonoros, ahogados por la inmortal partitura. El aria más famosa de Rigoletto, atacada magistralmente por Pavarotti, en esta versión digital pirateada y a todo decibel lanzada al aire de la madrugada, se detuvo súbitamente.

Los estupefactos fiesteros, aterrados y repentinamente sobrios, no habían escuchado ruido alguno. Aún discurría la más famosa y conocida canción de Giuseppe Verdi. Segundos antes del extraño silencio, Telémaco Rincones, también armado, aunque medio borracho y jadeante, había aparecido en su propio patio, maldiciendo y dando tumbos. No vio a nadie. Se escuchó otro disparo, cuando ya el silencio se había impuesto, y los asistentes pudieron escucharlo; ahora sí. Creyeron era el primero. Y finalmente otro… Marta escuchaba aquellas voces triunfantes, animosas, congraciando todo aquello.

Era La donna e mobile. La mujer es inestable, voluble, inconstante incluso.

 

Nota: la frase La donna e mobile puede traducirse como "la mujer inestable". Inesperada tal vez. Y en una traducción más libre, capaz de todo...


J. M. Salcedo Picón

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