Capítulo 2: Un olor

Este es el momento perfecto para olerte, para conocerte con intención. Con impulso.

Huelo, me huelo. Porque me miro por dentro.

Siento.

Palpitación a palpitación y del corazón -el olor que siento- al sabor. Uno agridulce que es como la mezlca entre el sol y la luna. Cuando se juntan en un oscuro atardecer. Y pasear por las calles de mi ciudad y sentirme un poco más viva que ayer. Alejarme del dolor, de la tristeza, de aquel vacío -tan conocido y descolorido-. Y vislumbrar entre las personas una nueva yo. Verme en ellas, agradecer la belleza interna. Apreciar el alma de los ojos que me miran y reflejarme en estos. Básicamente, ser.

Mientras escucho Lana Del Rey corono mi alma de donde la brota una pequeña rosa. Falta que crezca, que brille su llama, que ame su tallo, sus espinas y su hermosura. "No todo es lo que florece", pienso. Porque hay más ahí dentro. En este ser interno. En mí. Carezco de paz, de querer(me) más de lo suficiente, de vivir el presente. ¿Quizás es que los pétalos cayeron por el sendero? No recogí ninguno, se quedaron atrás en el pasado y creo que gracias a ello he florecido.

Las preguntas, aquellas sin respuesta, son las mejores. De ellas surge la vida, llena de muerte. Cada paso que damos es un minuto muerto imposible de recuperar. Y estallas, créeme que lo haces. Pestañeas, uno, dos, tres segundos. Incluso hasta cuatro. Luego se te incrustra aquello -no sabes el qué- y te duele. Te oprime. Lloras sin llorar, ¿Me explico? Un llanto sin lágrimas. Sólo con el pecho acongojado y el cuello agarrotado. Al cabo de unos minutos, te observas. Hueles tu olor, tu sabor. Te vas pintando de otro color sabiendo que te necesitarás más que nunca. ¿Alguien más te va a cuidar, a querer? Sí, ya te lo digo yo. Y va a ser tu yo del futuro.

Abrázate como nunca lo hiciste.

Acaríciate.

Ámate oliéndote.


Anna Pérez

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