María en tu reflejo #AsiloOscuro

Texto para el reto #AsiloOscuro del 08/09/2021

Caminaste sin rumbo por la ciudad, de día y de noche, alejándote cada vez más de tu hogar. Caminabas con una botella en tu mano. Cuando se te acababa la cerveza, comprabas otra en alguna tienda que te cruzaras. Cuando ya no te alcanzaba el dinero, intentabas robar. En algunos comercios te detuvieron los empleados de seguridad. En otros, te topaste con clientes compasivos que pagaron de su bolsillo la bebida que necesitabas.

Arrastrabas tu inmundicia por las calles, cargando ese dolor nauseabundo.

María había muerto en un accidente, hace tan solo dos noches. Un accidente que terminó con las vidas de todos los involucrados. Uno más de aquellos accidentes automovilísticos que se suman en las estadísticas, y que a nadie le importa.

No quedó una sola alma que tú pudieras culpar de todo. Nadie a quien pudieras señalar con esa bronca contenida. Nadie a quien golpear a la cara, e insultar hasta quedarte sin aliento. Aquel siniestro te arrebató incluso a esas personas.

Anocheciendo caíste en un callejón dónde pensabas dormir, sin abrigo y sin comodidad. Aunque claro, no dormirías ni un ápice. El placer del sueño se te perdió tanto como María. Tu dolor sobrepasaba el cansancio físico.

Entre la basura que se amontonaba en el sitio, se encontraba un espejo resquebrajado. Apoyado cerca, observaste tu rostro.

Eras apenas un espejismo de ti mismo. La ropa rasgada, sucia. Bolsas en los ojos. Barba descuidada. Eras un vagabundo. Y sentiste pena.

Tomaste un trozo suelto del espejo, y jugando con él, consideraste usarlo para acabar con tu vida. Quizá terminarías en el mismo lugar que ella, y podrías volver a abrazarla. Nada necesitabas más que sus brazos y sus besos.

Pero no hizo falta aquel trágico desenlace para volver a verla, ya que María apareció en tu reflejo. Ante ti veías una vez más aquellos hermosos ojos. Ella te sonreía como siempre lo había hecho, con sutileza. Pero no te sorprendiste, pues asumiste que se trataba de una ilusión. Tu mente estaba lo suficientemente dañada a esa altura como para recrear su rostro en el espejo. Al menos tendrías un pequeño momento de felicidad antes de cortarte la muñeca con el cristal.

La mano de María surgió desde la superficie  del espejo y te detuvo. Sentiste sus dedos aferrándose a tu brazo, y supiste entonces que se trataba de la María real. De tú María. No decía nada, pero evitó que te quitaras la vida. Su rostro reflejaba angustia ante el espectáculo que le ofrecías. ¿Acaso te gustaría a ti verla haciendo lo mismo?

Arrojó el trozo de vidrio a un costado, y luego el resto de su cuerpo emergió desde el espejo. Estaba entera, llevando la misma ropa que tenía en el momento del accidente. Pero no veías en ella la horrible herida que le fue causada, que atravesaba su abdomen. No había rastros de sangre.

Ella te ofreció su mano, y tú la tomaste, para ser levantado del suelo. Y se abrazaron.

Hasta su típico aroma llegaba a tu nariz. Era sin dudas María. La bella María de toda tu vida. La María con quién viviste momentos inolvidables. Fuiste recordando cada instante en retrospectiva. Veías en tu mente con mucha claridad cada recuerdo. Tu corazón latía con rapidez, y tus ojos lloraban. Ella te apretaba contra su cuerpo con fuerza, y podías sentir sus latidos contra tu pecho. Había otros sonidos extraños, pero no les prestaste atención. No querías abrir los ojos, por si ese momento pudiera desvanecerse.

Pero seguiste recordando, y fuiste a situaciones más antiguas. Incluso a los días antes de conocerla. No entendías porque tu mente te mostraba esas escenas, pero viajaste de continuo hasta tu infancia, y viste a tu madre, a tu padre, a tus abuelos… a tu pequeña hermana Pilar, aquella que murió sin cumplir su primer año. Viste rostros que habías olvidado, muchos ya muertos. Y entonces el frío se coló por tus huesos. Un frío inusual, hasta hacerte temblar.

Seguías con los ojos cerrados, mientras aquella gélida sensación oprimía tus huesos. Sentías literalmente como estos eran estrujados. Tu piel se pegaba a ellos, y sentías el crudo roce. No podías respirar. Te estabas ahogando. Y no podías soltar a María. Tu mente dejó ir todos aquellos recuerdos, y ahora solo veías oscuridad. Creías que veías oscuridad, pero lo que sucedió es que tus ojos estallaron. Por eso te ardían las cuencas. Y te ardía la boca. Tu lengua no podía moverse, estrujada por la mandíbula y los dientes. En los brazos de aquella mujer, ahora eras una especie de pasa humana. Te había drenado la memoria, y la sangre, y la carne. Ahora estabas en los brazos de una mujer de piel roja y largo cabello negro. El mismo color de sus ojos. No sabría decirte que clase de espectro era. Pero sin dudas no era María. Nunca fue María.  No hubo dolor en el proceso. Solo una imagen horrible para quien pudiera ver lo que pasaba.

Al terminar la mujer abandonó tus restos en aquel callejón. Se dio la vuelta, y volvió a entrar al espejo. Allí le esperaban otros seres como ella, seres de piel roja y ojos negros. Y nosotros vamos con ella a cada una de sus cacerías, porque permanecemos en su mente de alguna forma. No podemos hacer más que ser testigos de cada absorción. Siempre mostrándose como un ser querido de la víctima, robando la imagen del muerto adecuado. Todos los muertos se encuentran hundidos en un río de sangre que pasa por el mundo de los espejos. No sé todavía cómo es que saben cual seleccionar, y como les arrancan su piel. Suelen cerrar los ojos y por eso no lo veo. Solo puedo ver cuando drenan a otro infeliz, como lo hicieron conmigo, y contigo. Contigo usó la piel de tu María, conmigo la de mi hijo Nataniel.


Walter Granillo

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