¡BIENVENIDO A ASTON HALL!

#RetoLetrarium11 - Finalizado el 02.09.2021

 

Derby, 10 octubre 1960

 

    La negrura en las abigarradas nubes presagiaba tormenta, una de tantas en Aston Hall. Aunque ninguna hasta ahora sería tan atroz como la que sufriría hoy Margaret, una adolescente que por una traición inesperada fue ingresada en este Hospital Psiquiátrico para deficientes mentales. En este manicomio se trataba a adultos y a niños. 

    El Psiquiátrico ubicado en Aston-on-Trent, Derby (Reino Unido), consta de un edificio principal de dos plantas en forma de u, sombrío, pesado, con innumerables ventanales. A su lado, se encuentra un edificio, más pequeño, pintado enteramente de blanco que desentona del conjunto hospitalario, allí vivían los médicos y enfermeros. Era, verdaderamente, una de las entradas al infierno.

 

     Margaret, a sus diecisiete años, ya estaba casada con un hombre adinerado y de buena familia, no era demasiado mayor, solo le doblaba la edad.  A diferencia de su apellido, Wellesley, en el corazón de su esposo no había rastro de nobleza. La sometía a palizas y vejaciones tan asiduas, que encadenaba una con la siguiente, sin que Margaret pudiera recuperarse. El continuo tormento al que era sometida estaba acabando con su fortaleza mental. Para liberarse de él y de su maldad, se abandonó voluntariamente a un limbo en el que ya no sufría.

     Un día, en el que yacía tirada en el suelo, inconsciente, y su noble esposo se hartó de golpear a su sumisa esposa sin recibir respuesta alguna, todo comenzó a cambiar.

 

     --Eres un desecho, ya no me sirves para nada. Tendré que buscarme un juguete más resistente --gritó, a sabiendas, de que su rabia no sería oída por su Margaret.

 

    Aquella misma tarde, le enviarían una doncella que se haría cargo del cuidado de su esposa, y de él mismo cuando necesitara sus especiales servicios.

 

     Margaret, sumida en una irrealidad densa y oscura, apenas diferenciaba la noche del día, el ayuno de la comida, la limpieza de la suciedad. La llegada de Sussanne cambió su tormento en calma, incluso en felicidad. 

     Anne, así la llamada Margaret, era lluvia fresca que curaba toda la rudeza que su esposo marcaba en su piel. Poco a poco, con el paso de los días y de los meses, entre ambas jóvenes se creó un vínculo tan fuerte como la vida e inexpugnable como la muerte.

     El indeseable Alfred, había abandonado el enfermizo deseo por su esposa, y ahora dedicaba todas sus ansías a la inocente Sussanne, que sufría dócilmente sabiendo que su martirio era la salvación de su adorada señora. 

     Susanne, había establecdido una inteligente dominación sumisa sobre Alfred. Conseguía que accediera a innumerables concesiones de libertad para su esposa, como si en realidad fueran castigos refinados que a él se le ocurrían para destruir, en mayor grado, la delicada cordura que todavía albergaba la mente de Margaret.

     Todos los días, ellas salían a dar un paseo hasta un río cercano, se sentaban en el bosque a pintar cómo una forma de liberar las tormentas que asolaban la desmembrada razón de Margaret.  La descuidada apariencia de ésta fue cambiando, a medida que su sentido de la realidad volvía. 

     Alfred, sin embargo, cada día y más rápido iba perdiendo el contacto con la realidad, que era perfectamente deformada por Sussanne, con tal convicción, que haría ver como posible que los elefantes volasen.

 

     Convencido de la conveniencia de llevar a su innecesaria esposa a un Psiquiátrico para así disfrutar por entero de la compañía, cada vez más necesaria y placentera de Sussanne, tomó la decisión de internar a Margaret con la connivencia del doctor Kenneth Milner, que regentaba tan infame institución. 

 

    --Anne, hoy no tengo ganas de salir a pasear. No insistas, hace frío y esos nubarrones prometen una terrible tormenta. Ya sabes que odio los truenos --suplicó Margaret, sabiendo que  haría lo que Anne le pidiera. Era ya una parte más de su cuerpo y, en este caso, su parte cuerda. Esa parte la ataba a la realidad, que casi había perdido totalmente cuando Sussanne llegó, inesperadamente, a su vida. 

     --Tenemos que ir. Jamás te dejaré mi amor, nunca permitiré que nada malo pueda ocurrirte. Este paso es necesario para que este infierno acabe. Cada una debe ser fuerte y aceptar el papel que debe representar. 

 

     Alfred apareció cuando iban a salir al campo. Hoy os acompañaré en vuestro paseo, pero elegiré yo el destino. El chofer estaba esperando, con el coche encendido, en la puerta de la casa. Margaret sin inmutarse, haciendo que no le había entendido, salió hacia su camino habitual esquivando el coche. 

 

     --¿Dónde vas, hoy iremos en coche?. Tu razón sigue fuera de tu cuerpo --Meneó la cabeza entendiendo que su sentido estaba completamente perturbado, y que la idea de internarla, que le había inculcado Sussanne, era la más adecuada para todos. Ahora sentía asco cuando se la tropezaba por casa, y ni siquiera ya sentía placer al golpearla. 

    Margaret no contestó, solo se dejó guiar por su Anne, y se sentó en la parte trasera del coche, con ella a su lado, protegiéndola.

 

    Llegaron a Aston Hall, y en la puerta le esperaban dos enfermeros vestidos de blanco, con una camisa de fuerza escondida a la espalda.

    A una distancia prudencial, en pie, estaba el doctor Kenneth Milner. Hombre entrado en años, de piel pálida, con pelo ralo y canoso. Su escaso bigote ocultaba parcialmente unos labios tan finos como el filo de un cuchillo. Su espantado semblante, entre tímido y asombrado, ocultaba una personalidad cruel y desalmada que destrozaba las almas de los pacientes que pasaban por sus manos (nunca mejor dicho). El tratamiento que prescribía estaba aderezado con drogas y abusos sexuales. Sus gafas de pasta, de color negro, ocultaban en parte unos ojos terribles que espantarían a los mismísimos demonios del infierno.

    El doctor Milner se adelantó para saludar a Alfred.

     --Este es el doctor Milner, Margaret. Hoy me acompañarás a su consulta para que te explore --ordenó Alfred, sin rastro de emoción.

     --Bienvenida a Aston Hall, Margaret --saludo Milner.

    --No necesito que ningún médico me explore. Ya me encuentro bien, estoy totalmente recuperada --gritó, cada vez más nerviosa.

 

    Los enfermeros, se acercaron intentando calmarla, pero solo consiguieron que se sintiera más amenazada, e intentó golpearlos y salir corriendo. Ellos sacaron la camisa de fuerza que llevaban a su espalda, y le sujetaron las muñecas para poder ponérsela.

 

    --Suéltenme. Anne, Anne no dejes que me lleven. Anne juraste no abandonarme jamás. Estás compinchada con Alfred. Me has engañado. Anne, por favor, ayúdame --suplicó, muerta de miedo y de rabia. 

 

    Su Anne miró a Alfred y le cogió del brazo. Mientras se llevaban a Margaret en volandas, se dió la vuelta sin mirarla. Ambos amantes se encaminaron hacia el coche, con los gritos desesperados de Margaret retumbando en sus espaldas. En el coche, Alfred la agarró por el cuello y la besó como un salvaje hambriento. 

 

    El pasillo de la entrada de Aston Hall estaba pintado en azul celeste, era tan claro como un día de primavera, tanto que hacía daño en las retinas. La subieron a la primera planta, que era dónde estaban ubicadas las habitaciones de los pacientes. Las puertas pintadas de morado, contrastaban con el suelo enmoquetado en azul oscuro. Las ventanas y las puertas de acceso estaban pintadas en blanco. Todo estaba impecablemente limpio, incluso el aire parecía que lo habían rociado con alguna sustancia somnífera porque cada bocanada de aire provocaba en los nuevos pacientes la pérdida paulatina de la noción de realidad.

 

    Milner aplicaba a los pacientes un tratamiento llamado "narco análisis" que consistía en utilizar Amital de sodio (conocido como la "droga de la verdad"). Esta terapia fue usada en la Segunda Guerra Mundial para tratar a los soldados en estado de shock. Se utilizaba con adultos y adolescentes vulnerables, y Margaret no fue una excepción. 

 

    A su ingreso, la examinaron profundamente. La llevaron a una sala con paredes acolchadas, le ataron las manos y le inyectaron una sustancia que le hizo perder la consciencia. Al principio, se lo aplicaban solo una vez por semana, después del primer mes, practicaban el tratamiento cuatro veces a la semana. 

     Margaret le había prometido a Anne que aguantaría, y que no se derrumbaría, porque sabía que en tres meses darían el golpe maestro a su plan. 

    En esos meses, Sussanne continuó con la dominación sumisa de Alfred. Cada vejación a la que la sometía, le hacía más dependiente de ella, y ella se decía: "ésta será tu última atrocidad", mientras soportaba sumisa su tortura. 

 

     Margaret aquella mañana se mostró muy agitada. Gritaba incoherencias, se golpeaba contra las paredes acolchadas, a sabiendas de que todo aquel teatro era inocuo para su cuerpo.

    --Cálmese, o tendremos que sedarla --gritaron los enfermeros, nerviosos por la desproporcionada reacción de Margaret. Hasta entonces nunca se había descontrolado tanto. 

    Al momento, Margaret se calmó y se mostró sumisa y relajada.

 

    --Solo quiero ver al doctor Milner. Yo ya no debería estar aquí. Me prometió que si en tres meses veía una evidente mejoría me permitiría salir. Estoy perfectamente, pero no puedo aguantar más aquí. No necesito ningún calmante. Por favor, solo necesito hablar con el doctor. Siento haberles asustado, pero necesitaba llamar su atención. Necesito salir de aquí o me volveré loca de verdad --rogó Margaret.

     --Está bien, avisaremos al doctor Milner --respondieron aliviados por el súbito cambio de actitud. Salieron de la habitación, dejándo la puerta abierta.

 

    Margaret salió de la habitación y se tomó el frasco de belladona que el día de su ingreso Anne había escondido en el dobladillo de su chaqueta, y se lanzó por las escaleras para lograr quedar inconsciente. La belladona haría lo demás. 

 

    Cuando los enfermeros regresaron acompañados del doctor Milner, encontraron el cuerpo de Margaret retorcido a los pies de la escalera, sin señales de actividad cardíaca. El doctor certificó muerte por accidente. La metieron en una bolsa de tela en la morgue del Hospital, en espera de la llegada del enterrador. A éste habitualmente lo encontraban borracho dentro del cementerio del pueblo, y siempre había que posponer los entierros hasta que se recuperaba de sus borracheras. 

 

    Apareció un joven afeminado en la puerta del Hospital diciendo que era el ayudante del enterrador, que venía a recoger los cadáveres que tuvieran. Les pareció raro que el enterrador hubiera contratado a un ayudante pero, querían quitarse a la muerta de encima, o tendrían que enterrarla ellos mismos. La metieron en el carro de caballos que el joven había traido y, por fin, respiraron tranquilos. Borrarían el ingreso de Margaret para no tener que sumar una muerte más a las muchas que estaban teniendo últimamente. Esa era la causa por la que las autoridades de Derby querían cerrar el Hospital. 

 

    Entre tanto, la noche anterior Alfred volvió a iniciar sus juegos salvajes con Sussanne, pero Sussanne parecía menos dispuesta que otras veces. Estaba jugando con una copa de vino, ofreciéndosela de mil maneras, se la pasaba por los labios, por sus pechos, y volvía a invitarle a probarlo, posándolo por sus labios y haciendo que lo bebía. Alfred se negó, una y otra vez, pero terminó accediendo a darle un sorbo, después otro, y por último, vació casi por completo la copa. 

    Tenía maniatada a Sussanne, cuando una sensación de mareo lo atrapó y se derrumbó sobre el diminuto cuerpo de ella. Casi aplastada por el asqueroso cuerpo de la bestia inmunda, se liberó empujándolo con todas sus fuerzas. 

   Con una daga se hizo cortes en las muñecas, en los muslos, en el pecho, y se desgarró el camisón. Manchó de sangre las sábanas de su cama, sus muslos y se echó a dormir. 

 

    Por la mañana, la sirvienta que entraba a trabajar para hacer la limpieza de la casa y ocuparse de la cocina, encontró a Sussanne en su cama con el camisón desgarrado, con el cuerpo ensangrentado y llena de cortes. Tenía el pelo enredado y, la cara llena de restos de sangre y lágrimas secas. No consiguió despertarla, por más que lo intentó. Corrió a la habitación del señor para despertarlo y comunicarle lo ocurrido. Lo encontró desnudo, con cuerdas desperdigadas por la habitación, y con una daga salpicada de sangre en la mano (que había sido hábilmente colocada por Sussanne antes de irse a terminar el perfecto escenario que debían encontrar por la mañana). La sirvienta no quiso espabilar al balbuceante engendró que tenía ante ella, y que apenas se movía.

    Corrió a llamar por teléfono a la Policía. Su amo se había vuelto loco y violó a la joven doncella de su esposa, a la que mató para que no lo delatara.

 

    Los policías entraron en tropel hasta la habitación de Sussanne, y la encontraron aparentemente muerta, ensangrentada, con la ropa hecha jirones. A Alfred lo esposaron, sin permitirle vestirse. Lo arrastraron desnudo hasta el coche. Recorrieron los once kilómetros que les separaban de Aston Hall con los gritos desesperados del loco que había violado y asesinado a la joven que trabaja en su casa. Albert lloriqueaba, y gritaba frases inonexas. Quiso sobornarles, pero uno de los policías le lanzó un puñetazo que le hizo callar.

 

    A la entrada del Hospital se repitió la escena que vivió con Margaret. Había dos enfermeros que esperaban en la puerta del Psiquiátrico con una camisa de fuerza escondida a su espalda y, a su lado, le esperaba su amigo el doctor Kenneth Milner.

     --Bienvenido a Aston Hall. ¡Qué bajo has caído Alfred!, sabía que eras un pervertido, pero no un asesino. Has matado a esa joven. Eres un monstruo, no saldrás de estas paredes jamás --bramó su hasta entonces amigo, dándole la espalda se alejó.

      Albert gritó, pataleó, pero no le dieron la oportunidad de seguir gritando que era inocente, le inyectaron una dosis doble de calmante y, al momento, se calló.

 

     Sussanne, se duchó, se limpió las heridas, y se vistió como el ayudante del enterrador, para liberar a Margaret de su sudario. Ya debería estar despertando, y no quería que gritara presa del pánico en el lugar en el que la escondió, un ataúd.

     Llegó al cementerio con su carro de caballos, dos maletas preparadas, un pequeño cofre con todo el dinero que escondía Alfred en la base de la cocina, provisiones de agua y comida para dos días y un vestido planchado para Margaret, con los zapatos y sombrero a juego. 

     Entró en la sacristía y allí estaba el ataúd en el que depositó a Margaret la tarde anterior. Le latía el corazón porque podían haberla descubiero... Abrió la tapa y allí estaba su amada señora. Rasgó la tela para liberarla, y se encontró con sus ojos verdes brillando llenos de adrenalina y pasión.

 

     --¿Estás bien?, te he traido un vestido, ¿puedes levantarte? ---preguntó nerviosa.

     --Sí, hace cinco minutos que he despertado. Sabía que no tardarías, pero se me ha hecho eterna la espera. El efecto de la belladona había desaparecido por completo. Su cuerpo reaccionaba normalmente, aunque había estado aparentemente muerta casi un día. 

 

     Unos transeúntes pudieron declarar ante la Policía como vieron salir de la sacristía del cementerio de Derby a un chico, bajito y delgado con gorra, acompañado por una bella dama con sombrero. Éstos se pararon ante un carro de caballos y se besaron repetidas veces, sin pudor alguno. Se subieron y salieron galopando como alma que lleva el diablo. La Policía nunca encontró el cuerpo de Margaret, ni el de Sussanne.

 

     Todavía en las noches de invierno, en el pueblo de Derby, se recuerda la historia de Albert, el depravado asesino de la doncella de su mujer, a la que internó en un Psiquiátrico, y al que la justicia recluyó de forma perpetua en el manicomio de Aston Hall.

 

 

FIN

 

 

 

MARÍA JOSÉ R. CONS - @MariaJosRCons1

 

 


MARIA JOSE R. CONS

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