EN EL FILO DE LA NADA

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            Perdido en el campo, con miedo y hambre, pasando los primeros fríos del otoño cuando se esconde el sol, pido a gritos socorro, pero nadie me oye.

            Sé que nunca he sido muy querido por los míos ni por el resto de habitantes de este mundo en el que muevo, pero de ahí a gastarme esta pesada broma, abandonado a mí suerte en el bosque en el que ni las alimañas quieren vivir, me hace pensar que, tal vez, haya algo más macabro de fondo.

            Porque otra cosa no, pero cuando uno se siente perdido, se le empiezan a agolpar los pensamientos, primero nerviosos, luego catastróficos y, finalmente, fruto de la desesperación, funestos.

            Por ello, mi alocada y poco fundamentada teoría me hacía pensar que un incidente, que yo creía sin importancia, acontecido hace unos días en un bar de carretera, cuando volvía de uno de mis monótonos viajes, con un ser extraño al que, curiosamente, nadie se acercaba, ha podido motivar lo que me está pasando.

            Ese día, cuando hice el pedido en barra, me dirigía al baño para aliviar necesidades menores mientras pensaba que aún me faltaban por lo menos dos horas de camino hasta llegar a casa y que mañana tendría que madrugar para preparar el informe ante los tiburones de mis compañeros y mis jefes, tropecé, sin querer con el taburete donde se sentaba el extraño ser, con tan mala suerte que en ese preciso momento estaba tomando un sorbo de humeante café que, en lugar de se ingerido, cayó sin remisión en sus pantalones, haciéndole emitir un ruido gutural que no era difícil de traducir como de fastidio.

            Después de deshacerme en miles de perdones y en excusarme de que había sido un hecho fortuito, noté una corriente fría en mi cuello. Ahora sé que lo que sentí era su furia y su marca como que había sido seleccionado para su venganza.

            Cuando salí del baño ya no estaba ahí. Sin embargo, noté como el resto de los clientes permanecían en un silencio sepulcral, mirándome fijamente como quién mira al preso que, recorriendo la milla verde, acaba en la silla eléctrica.

            A partir de entonces es cierto que me han pasado algunas cosas extrañas, pero que yo asociaba con el vandalismo o el puro azar, una rueda pinchada, que se corte la luz cuando voy solo en el ascensor, que aparecieran gusanos en mí ensalada de encargo.

            Así hasta que hoy, cuando hacía cola para comprar el primer café de la mañana, he notado un pinchazo en el brazo y, en pocos segundos, todo a mí alrededor se ha difuminado. Despertando en el bosque que los medios de comunicación califican como el de los suicidas, atado y medio desnudo, esperando que alguien, sea el ser extraño que, satisfecha su afrenta me libere, o un excursionista aventurero me encuentre antes de que sea demasiado tarde.

            Mí mujer no me echará de menos porque sé a ciencia cierta que está con su amante, a la par, mi compañero de despacho. Mí amante tampoco me echará de menos porque lo hemos dejado hace tiempo. No tengo ni hijos ni hermanos. Soy el candidato ideal para engrosar la estadística de los desaparecidos no reclamados. Quizá, por mí estilo de vida, me lo merezca. Buscaré cambiar en mi siguiente reencarnación.

 

 


CocheMandarino

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