Máscaras y mascaradas

Las máscaras de la vida, con ellas siempre hemos vivido. Incluyendo las usadas contra las pandemias, en cualquier época. Contra la gripe de 1918. Contra la Peste Negra, contra la lepra; siempre cubriéndonos o cubriéndola...

Máscaras y mascaradas

 

Finge sorpresa el mundo, entre máscaras y mascaradas, cuando de nuevo a escena sales a cumplir tu parte de siempre en este tu escenario, con tu parlamento aprendido en los siglos, tal vez en los milenios, sin equívoco alguno. O nos sorprendemos cuando finges olvido e improvisas... Entonces ilusoria y fugazmente se pinta en nosotros esa sonrisa trémula, alegre e ignorante, detrás de nuestra máscara.

Tú y nosotros en la eterna escena

Esa vieja forma tuya – ¡ah Muerte! - de hombros caídos y nunca fatigados, símil de algún fraile, precedida de nada ni de nadie que no sea esperanza o sufrimiento, recibida por nosotros con nuestras propias máscaras, tela, mascarillas de fibra artificiosa, tubos respiratorios o escasos aires. Y a veces también bajo la infame mascarada de lo falso o de la indiferencia con el prójimo, una vez más, como siempre. Tú como siempre y sin necesitar compañía alguna, no obstante,  por nosotros en tu papel de hacedora de la vieja siega que brota tras de ti. Como siempre, tú y nosotros – tú, indiferente, nosotros, cansadamente – cumpliendo el ciclo del término y del comienzo, moneda de dos caras, la oz y la máscara, la oz y la ciencia, tu oz y nosotros, pequeños creadores, pero pequeños, finalmente.

El mismo rostro distinta máscara, ¡oh, Tú! Jamás olvidas tus líneas. La escena está controlada. Puedes saltarte el libreto inclusive. No eres actriz – o actor – inexperta. Es tu mismo papel, rápido, inalcanzable en última instancia. Pero en el reparto nunca estás sola. La compañía mueve muchos actores y durante tu ejecución siempre son llamados otros, a veces suele ser uno solo, uno de tus grandes enemigos, uno con atuendos de esperanza, vistiendo el dorado y el blanco refulgente.

Reflectores, cortinas y el eterno aroma a quietud y a silencio, y a recuerdo, y a desván, y a murmullo, y a incertidumbre, y a tedio, del teatro del mundo, nos producen el miedo del actor que cuando ya ataviado y maquillado, espera la orden para su salida. El ardor del estómago tiene que desaparecer. La ventilación corta e insegura debe cesar. Nos han llamado. La escena es nuestra.

No cae el telón aún…

Dejando el papel de espectadores en su cómoda y numerada butaca, también irrumpimos a escena en este teatro y viendo la pandemia, la malaria, la lepra, la peste, la gripe, la viruela o cualquiera de tus instrumentos, también y siempre, en gesto humano, aunque por siempre timorato, gritamos nuestro parlamento. El diálogo ha sido ensayado una y mil veces. Tú a veces improvisas. ¿Lo harás ahora? ¿Lo haces ya? Tus líneas suelen cambiar. Mas jamás tu discurrir monótono, inflexible y sin inflexión. Jamás.

 Y ejecutamos con pánico, pero sin rendirnos, nuestro papel que nos pone ante Ti sobre las mismas quejumbrosas y viejas tablas.  Y mostramos nuestro histrionismo, a veces es simple fingimiento hipócrita, capaz de sobreponerse a nuestra propia multiplicidad para, acompañando tu rol estelar, detrás de ti, limpiar, desmalezar y sembrar de nuevo. El Alfa ha sido. El Omega espera ansioso su entrada, tras bastidores, sin ser llamado aún. Hasta ahora no cae el telón. Es el teatro del mundo, actuamos y aplaudimos. El actor al espectador. Y éste a aquél.

 

Jota Eme Salcedo Picón

Septiembre de 2020

Ilustración de portada cortesía de Jesús Salcedo Terán

 

 


J. M. Salcedo Picón

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