Farsantes.

Un velatorio, la familia y el cinismo.

Papá está rodeado de viejas cínicas. Viejas lastimeras con llantos de protocolo. Él descansa con los brazos sobre el vientre y el rostro maquillado, como maniquí de cuero. Lo veo en calma, como nunca antes, entre paredes de álamo que sus hermanas discuten cómo van a pagar. Las viejas del pueblo se acercan, se persignan, murmuran alguna plegaria consabida y le dejan claveles blancos. Ayer papá era el viejo curado, el borracho, el delincuente. Hoy se deshacen en halagos, dicen que descansa, que fue a encontrarse con su viejita.

Cruzo el salón de miradas asfixiantes, entre murmullos que apestan de hipócritas. Afuera están los nietos de tal y cual señora, farsantes en proceso, revoloteando como polillas y vomitando carcajadas, ajenos a la muerte tras la puerta. Prendo un cigarro. Doy quemadas breves para que dure, para que no se apague nunca, no puedo con el teatro de ahí dentro.

Don Roberto viene frotándose el cuello y mirando por el hombro cada tres pasos, trata que nadie lo note. Se desparrama en las bancas grafiteadas cerca de mí y le paso un cigarro. ¿Le puedo decir algo?, pregunta, asegurándose de que nadie con criterio formado escuche. Asiento con la cabeza y él se toma su tiempo, se golpea los muslos con cada intento de sincerarse. Yo… oiga, yo… yo estaba con su viejo esa noche, dice, fueron los pacos, de seguro fueron los pacos, con sus lumazos lo rompieron, lo quebraron, usted sabe cómo usan la fuerza esos desgraciados. Más que mal, siempre tenía dramas con los pacos. Me evita la mirada, las manos le tiemblan, no entiendo. Se frota las rodillas y se entierra los dedos como rascándose los huesos. Me… me escapé, solloza, escuché la sirena y lo abandoné a su suerte, como perro callejero, como el quiltro que siempre quiso ser. Muerdo el cigarro. Estrangulo la banca. Sigue sin mirarme, empequeñece, quiere ocultar su culpa. Se cubre la cara con las manos y el humo del cigarro parece salir de su cráneo. Puede odiarme si quiere, hijo, a estas alturas ya da lo mismo. Golpeo la banca. Algo cruje, se quiebra. No-no quiero sonar intruso, ni meterle más leña, pero… yo sé quién los llamó… a los pacos. Me hierve la sangre y la boca me sabe a fierro, el viejo no la suelta nunca. Fue su tía Lucía, sabe, siempre es ella.

Reviento. De una calada consumo el cigarro y camino al salón. La pillo, la pillo a ella y a sus lamentos teatrales. A ella, con su cara alargada, el asqueroso ojo bizco, la frente arrugada igual que mi padre. Mis zapatos martillan las tablas y voy empujando críos que no advierten mi presencia. Ella sabe que me acerco. Lo sabe. Un ojo le tirita y se le escapa. Busca seguridad tomando el brazo de una vieja que se espanta de verme.

En el salón me caen miradas que lloran de asfixiadas y el reloj sobre el ataúd se detiene. Empuño el vacío. Algunas viejas arrancan, el calor crece, mi corazón golpea la camisa y mis dientes preparan la mordida. La bizca no dice nada, el reloj retoma. Camino hacia papá y palpo el cristal que nos separa, ese cristal que refleja mi rostro deformado, comido de rencor como el suyo en vida. La gente grita cuando tomo el florero y lo arrojo con un bramido, gritan cuando se revienta y cuando machaco los claveles repartidos entre el agua y los trozos de vidrio. Algunos se arriman a las paredes y otros a la puerta. ¡No tiene respeto por nada!, ¡es igualito al padre!, ¡que alguien haga algo!, ¡Animal!, gritan. La bizca quiere escaparse, pero sus huesos no se la hacen fácil y se achica ante mí. ¡Cálmate, que ella no tiene la culpa!, dicen sus hijos y los boto a puñetazos. Me tiran de la pierna y caigo sobre los restos del florero, agarro un vidrio y desgarro el brazo de alguien que chilla. Voy por ella, bizca mentirosa. Las viejas me golpean, me sacan el pelo a tirones, me gritan, otras rezan o huyen y yo no suelto a la bizca. Quiero abrirle la garganta. ¡Por qué me hace esto, hijo!, dice con el tonito de víctima que me hacía vomitar cuando chico. Hijo, usted entiende, ¿verdad? Todo lo que hicimos fue por su bien. Sus lágrimas rozan la genuina desesperación. Sus hijos ruegan, ¡No! ¡Esto se veía venir!, ¡no puedes negar que el tío siempre fue un gallo turbio! Chillan y chillan y yo jalo y me quedo con los pelos de la vieja. ¡Ayuda! ¡Ay! ¡Su papá no se portaba bien, hijo!, hace tiempo que no era el mismo, ¡suélteme! ¡Cresta!, si no acuérdese de su abuela, de cómo la tenía, ¡de cómo lo tenía a usted! ¡Suélteme! ¡Ay! Yo no quería que lo mataran, hijo, y-yo… yo quería que lo encerraran un rato, que le dieran un susto. Alguien me golpea y le suelto la cabeza. El pedazo de vidrio cae tinturado de rojo. Grito a raja garganta y las pocas personas que quedan no saben si agarrarme a mí, al vidrio o a la bizca. Nadie se mueve. En eso el hijo mayor de la bizca se sienta sobre mí y me rompe la cara a puñetazos. ¡Farsante! ¡Farsante!, grita y su saliva se mezcla con mi sangre. ¡A todos nos pudo pasar! Fue un acuerdo de familia, mamá solo tuvo mala suerte, chilló.

 


Fabián Ramos Aguirre

2 Blog Publicaciones

Comentarios