CORAZÓN RITUALIZADO

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            Hacía más de cien días que no llovía en la ciudad y, de repente, los cielos se oscurecieron y empezó a llover con ganas. Tal era la fuerza con la que caía el agua que provocaba pequeñas heridas en la piel.

            Por ello, en un corto lapso de tiempo, las calles se vaciaron. Refugiados todos en nuestras casas, en la iglesia, en los bares o en el centro comercial, veíamos como el nivel de agua iba subiendo peligrosamente, colapsando el alcantarillado y provocando grandes balsas de agua que hacían complicada la circulación de los camiones de bomberos, ambulancias y coches patrulla de la policía.

            Y así estuvo durante siete días con sus siete noches. Al octavo día, cuando los sótanos y bajos de las viviendas estaban completamente anegados, la lluvia nos dio una tregua y un sol, infrecuentemente, brillante tomó su lugar.

            Casi al mismo tiempo, divisamos a lo lejos cómo se acercaba un transeúnte. Vestía un abrigo largo, sombrero de ala ancha y cubría sus ojos con unas gafas típicas de motero.

            Era la primera persona ajena al pueblo que veíamos en siete días. Nos preguntábamos cómo habría llegado hasta allí, sorteando la hiriente lluvia y las grandes acumulaciones de agua que habían borrado prácticamente las carreteras y los caminos.

            El extraño paseaba por las calles con ligereza, sin que el caminar sobre el agua le causara ningún tipo de resistencia. A su paso, lento pero firme, escrutaba las fachadas de los edificios y clavaba su mirada en las asustadas miradas de los que estábamos en las ventanas observándole.

            Al llegar a la barbería se quedó parado durante un instante, tiempo suficiente para que comprobara horrorizado que su figura no se quedaba reflejada en el espejo que había al lado de la puerta.

            El extraño, al apercibirse de mi descubrimiento se giró y miró directamente al lugar dónde yo me encontraba refugiado y, en teoría a salvo.

            Mi sangre se heló cuando, sin mediar palabra, oí en el interior de mí cabeza las palabras: “Tú has sido el primero en ver mí verdadero yo y serás el primero en morir, no hay salida ni salvación. Esta noche, cuando suenen las campanadas de que marquen la medianoche, acudiré a buscar tú alma”.

            Cuando recuperé un poco la compostura entendí que la suma de acontecimientos extraños que estaban ocurriendo no era normal y que quizá era el momento de acudir a las autoridades.

            Estas, ocupadas en atender las ciento de llamadas de ayuda por las inundaciones, no me hicieron caso. El siguiente paso era huir, no me quedaba mucho tiempo. Pensaba que, si conseguía llegar a las cuevas que rodean el monte, podría salir por alguna de ellas al otro lado del valle y desde allí pedir ayuda.

            Cogí las cosas que estimé necesarias para la travesía y pasar la noche y salí de casa. Cuando abrí la puerta, allí me estaba esperando el extraño ser. Se quitó con parsimonia las gafas de motero y clavó sus ojos en mí.

            Su mirada era vacía, pero a la vez escondía una nebulosa que te perturbaba hasta hacerte perder la racionalidad, invitándote a dejarte llevar por caminos de los que no sabías su final.

            El hecho es que cuando recuperé la conciencia, me encontraba atado a un poste en medio de la calle principal del pueblo. Alrededor, decenas de vecinos que, con la mirada vacía, emitían extraños cánticos que no llegaba a descifrar.

            De entre ellos surgió el extraño personaje, ataviado con una túnica blanca. Se acercó a mí y extendió una de sus manos en dirección a mí corazón. De esa mano, huesuda y pálida, empezaron a crecer unas afiladas uñas que se fueron clavando en mi pecho, haciéndome emitir un grito de dolor que se debería haber oído a varios kilómetros a la redonda.

            Noté entonces como su mano entraba y cogía con fuerza mi corazón. De un tirón lo arrancó y vi cómo, aún latiendo, lo elevaba a los cielos, haciendo jalear a los vecinos en trance.

            Fue lo último que vi. Noté un cansancio repentino y mis ojos se cerraron hasta ahora, cuando he despertado en un paraje oscuro, sin luz, estrellas o luna que me ilumine. Sólo diviso unos puntos rojos que no dejan de observarme y que me recuerdan a las ilustraciones de los libros de cuentos de terror que me leía mí abuelo.

 


CocheMandarino

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