PERDONES TRANSVERSALES

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            “Ábrelo despacio”, me hablaba mí mente. No hay mayor limitación que la que nos ponemos a nosotros mismos con el fin de sintonizar con lo que opina o creemos que opina la mayoría. Nos encanta ganar las mismas medallas a la que aspiran los demás.

            Yo deambulaba nervioso por el pasillo, intentando acallar esa voz persistente que me quería guiar y gobernar en cada uno de mis pasos. Cuando por fin reuní el valor para abrir el paquete vi que, dentro de la caja, había un libro, no cualquier libro, sino el manual del perfecto suicida cobarde, escrito por mí mismo hace décadas con la intención de que fuera un faro guía que ayudara a otros como yo a salir del túnel de una experiencia traumática.

            En mi caso, dicha experiencia tuvo lugar en el transcurso de unas vacaciones, en un apartado rincón del mundo donde habitaban más leyendas que personas y donde descubrí, demasiado tarde, que no debería haber acudido.

            Nada más llegar a la cabaña donde había de hospedarme, un viejo huraño que hacía las veces de hospedero, guarda y cocinero, nos adelantó, a mí pareja y a mí, que hacía un par de días que había desaparecido un excursionista, y al parecer no era el primero en hacerlo.

            El viejo lo achacaba al ímpetu que había despertado entre los arrogantes urbanitas escalar el monte sagrado de la tribu Tichanduncavi, de la que poco se conocía salvo que al parecer consiguieron cultivar una serie de frutas únicas que, combinadas con precisión en un cóctel, daban un vigor y una fortaleza que le hacían a uno invencible en un combate.

            Desde que se extendió esa leyenda, sin base alguna excepto el típico comentario del borracho de bar que ha tenido una epifanía, un goteo de personas acudía periódicamente a hacer realidad lo leído o escuchado. Muchos, la verdad lo hacían por pura diversión. Aprovechaban fechas señaladas (cumpleaños, aniversario del fallecimiento de algún ser querido, etc.) para que, en el caso de conseguir su objetivo, darle a la experiencia un halo más místico si cabe.

            Yo, como teólogo que abandonó su vocación para abrazar la ciencia racional, tenía que desmontar el andamio de creencias que se había montado, por orgullo personal y, en segundo lugar, para evitar la sangría de muertos y desaparecidos.

            Así me embarqué a la aventura de escalar el monte sagrado, tomando muestras de la flora que encontraba el camino. Cuando por fin llegamos a la cima, nos quedamos paralizados. Allí, en el lugar del mundo donde menos pensaba encontrar frutales, allí estaban. Arboles de los que colgaban los frutos más extraños y de colores más variopintos que había visto hasta entonces.

            Sacamos un viejo manual de alquimista, en él se describían los frutos y las proporciones necesarias. Seguimos las instrucciones, o así lo creímos porque después de arduas tareas de recolección, troceado y espolvoreado, tocaba probarlo. Si habíamos acertado, notaríamos en seguida los efectos, en modo de una euforia descontrolada. Si nos habíamos equivocado, nos veríamos abocados a enfrentarnos al abismo de nuestros miedos.

            Ese fue mí caso. De repente, un mareo persistente me hizo caer al suelo. Cuando me levanté me vi como un funambulista sobre un no muy tenso cable, cruzando por encima de un vacío. A mí lado, sombras y espectros pasaban a mí alrededor recordándome sus nombres y los abusos que había cometido sobre ellos.

            Sé que les pedí perdón, que lo hice de corazón. Sin embargo, todo pecado tiene su penitencia, la mía convivir hasta mí muerte con uno de esos espíritus, teniendo, cada día, que ofrecerle mis respetos y cuidar de cumplir todos sus deseos, fueran caprichosos o no. La convivencia entre la voz de mi mente, ordenada y racional, frente a la caótica y dionisiaca adquirida por mis pecados, había provocado una tormenta en mí cabeza que, cada vez más, me alejaba de la realidad.

 

 

 


CocheMandarino

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