FUERON LOS CELOS

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            No tengo reparos en confesar que, desde pequeño, he tenido celos enfermizos de todos aquellos que reciben más atención que yo. Lo sé, es un problema y debería buscarle una solución, pero lo cierto es que este comportamiento, para mi fortuna o para mi desgracia, me ha traído buenas consecuencias.

            La primera de ellas es que mi familia, con tal de no verme montar un espectáculo, acceden a todo lo que les pido. Esto mismo es extrapolable a otras esferas de mi vida, sentimental, laboral, etc.

            Todo viene de mi niñez. Desde que tengo uso de conciencia y algún que otro borroso recuerdo, siempre que un niño o niña se acercaba y recibía los cumplidos o los elogios de mis padres, notaba en mi interior un calor que sólo podía expulsar con rabietas, palabrotas o cualquier otro acto que intentara denigrar al destinatario.

            Con el tiempo, ese comportamiento se fue extendiendo a mi familia. Si a uno de mis hermanos le echaban más cantidad de comida, protestaba. Si les compraban ropa y a mí no, protestaba. Si les permitían salir de fiesta y volver más tarde que a mí, protestaba.

            Obviamente, con esa forma de ser no he tenido amigos en toda mí vida. Entiendo perfectamente que nadie esté a mi lado para aguantar mi carácter. Lo que me extraña, y cada mañana me lo pregunto ante el espejo, es cómo, una mujer como María, se enamoró de mí, me aceptó tal como soy, y lo mejor, lleva conmigo tantos años. Muchas veces pienso que ha pactado con el diablo su inmortalidad, y como penitencia para no renunciar a lo firmado, tiene que aguantarme y reprimir sus ocultas ganas de matarme.

            El momento álgido que recuerdo, en el que mostré mi rastrero comportamiento fue una vez en el parque. Debería tener unos ocho años más o menos. Llegamos al parque y me coloqué en mí parte del parque, a la que no dejaba acercarse a nadie mientras yo la ocupaba.

            Al rato llegó una madre arrastrando un carro en el que iba una niña con dos coletas y un vestido blanco. Mí madre, incapaz de resistirse, le hizo una carantoña y le soltó un halago. Notaba como el fuego ardiente y devorador se apoderaba de mí.

            La cosa continuó cuando sacaron a la niña del carro y la dejaron a mi lado. Supongo que mí cara debería reflejar estupefacción y odio mezclado. La tensión fue en aumento cuando, a pesar de mis múltiples pellizcos y empujones, la niña cogió mí pala.

            En ese momento debí soltar un alarido que se escuchó a varios metros a la redonda y que espantó a los adormilados gorriones de los árboles.

            De repente, todas las miradas se giraron hacia mí. Mi madre, con la cara roja de vergüenza, no sabía dónde meterse.

            Sin embargo, la niña de las coletas y el vestido blanco, permaneció impasible y continuo con su labor de excavación utilizando para ello la pala que con su, para mí, inocencia fingida, me había hurtado.

            Casi sin tiempo para reaccionar para reclamar mis posesiones, noté el brazo fuerte de mí padre levantándome del suelo. Acto seguido fue mi madre la que me agarró con fuerza. Entre ambos me arrastraban fuera del parque. Yo, no podía dejar de ver que mí cubo y mí pala se quedaban en manos de la niña.

            Recuerdo que cuando giré la cabeza, oí a la madre de la niña que le decía a ésta: “No te preocupes María, mami está aquí, ya ha pasado todo”.


CocheMandarino

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Comentarios
Sheila O.T 8 semanas

Ja, ja... Me lo iba imaginando. Muy bueno.