VERDAD SILENCIOSA

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Mucho tiempo esperando una señal del cielo y esta llegó. Fue una noche de Luna Nueva, mirando el firmamento, como hacía cada noche, vi una bola de fuego que se aproximaba demasiado. Tanto se acercó que desde el telescopio parecía que la podía tocar.

            Al impactar en el suelo provocó un terremoto que se sintió en varios kilómetros alrededor. Cosa que no sorprendió mucho a los vecinos ya que en la zona había una falla que provocaba continuos temblores.

            Siguiendo la estela del fuego que había provocado su caída llegué hasta el inmenso cráter que había dejado esa bola incandescente, de la que emanaba una gran cantidad de vapor que, poco a poco, iba rodeando el ambiente, convirtiéndolo en una especie de niebla espesa de la que apenas podías ver un par de metros alrededor.

            Con toda la prudencia que la emoción del momento me permitía, me acerqué hasta la masa y, con mucho cuidado, extraje con una pequeña pala una muestra para analizar.

            Era la prueba de que no estaba loco y que mis predicciones eran ciertas. Según mis cálculos, la probabilidad de que un meteorito impactara en la zona era muy alta. Bien es cierto que acompañar esa predicción con la teoría de que dentro del mismo vendría vida extraterrestre, no ayudó precisamente a ser creído.

            Cuando me alejaba para volver al pueblo, un sonido agudo y penetrante me dejó petrificado. Tras él, unos segundos de angustioso silencio y, después, una nueva explosión que, por un lado, disipó la niebla de vapor y, por el otro, lo inundó todo de una sustancia viscosa y con algún componente sulfúrico porque, cuando impactaba en el suelo lo quemaba provocando pequeños agujeros.

            Era el momento de avisar a las autoridades, si es que no lo estaban ya por el espectáculo inicial.

            Llegué al pueblo y me extraño verlo todo tranquilo, como una noche cualquiera. Me acerqué a la comisaría y el policía de guardia, pensando que era una nueva de mis locuras, me trató con la habitual condescendencia.

            Desistí pensando que los radares y satélites que nos vigilan 24 horas habrían captado algo y mandarían al ejército y al típico grupo de reputados científicos que con una simple mirada deducirían toda una teoría.

            La mañana siguiente apareció soleada y fresca. Los pájaros cantaban, se escuchaban los cláxones de los camiones que vendían productos frescos, a lo lejos se oía el bullicio de los críos en el colegio.

            Todo normal excepto porque no se veían militares, grandes vehículos ni cualquier otra señal de algún despliegue.

            Me aseé y decidí volver al lugar del impacto. No conseguí llegar. Sin saber muy bien como la gran bola incandescente había desaparecido. Del enorme cráter solo quedaba una marca en el suelo que podía achacarse a un reciente movimiento de tierras para alguna prospección. Y de los agujeros provocados por la última explosión, lo mismo.

            Volví a casa a buscar la muestra que había sacado y, en el frasco de cristal, sólo había arena arcillosa. Nada que indicara que su procedencia era extraterrestre.

            Era el momento que tocaba, o reconocer que me había vuelto loco y necesitaba ayuda profesional por mis alucinaciones tan reales, o bien acudir al bar del pueblo a regar mi cuerpo de ingentes cantidades de alcohol que ayudaran a olvidar lo ocurrido.

            Siguiendo la rutina de la situación, opté por la segunda opción. Al llegar al bar noté algo extraño, al entrar no fui fruto de las típicas bromas que aludían a mis teorías conspirativas extraterrestres. Al contrario, un silencio impropio del lugar lo invadía todo. La gente permanecía inmóvil en sus asientos, sin interactuar entre ellos ni con el camarero quién, por cierto, no se apercibió de mi presencia.

            Pensando que se trataba de una broma orquestada salí y decidí comprar el licor en el supermercado. Llegué y fui directo al pasillo, demasiado familiar para mí. Al ir a pagar, ni cajeras ni clientes. Esto ya no era una broma.

            Fui corriendo a la comisaría ocultando en mi mochila las botellas. Allí no había nadie.

            Era el momento de salir de allí y buscar a alguien que verificara que lo que estaba viendo era real. Sin embargo, cuando cogí el coche e intenté salir del pueblo, todos los habitantes ocupaban la calle impidiéndome salir.

            En menos de un minuto fui rodeado. Arrancaron la puerta y me sacaron a la fuerza. En volandas, me condujeron hasta el río y me arrojaron para que fuera corriente abajo hasta la catarata, mortal de necesidad. Gracias a que me pude agarrar a una rama me salvé.

            Conseguí escapar por una de las cuevas y llegar hasta el pueblo de al lado. Y aquí me encuentro ahora, intentando hacer creer a unos señores vestidos de negro que todo lo que digo es verdad.

 

 


CocheMandarino

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