NOCHE ESTRELLADA

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            Eructar en medio de una cena elegante quizá no es el gesto más adecuado, más si cabe si ese desafortunado hecho coincide con que tienes apuntando hacia ti a centenares de miradas que esperan de ti tú grandilocuencia y tú gestualidad para decir un brindis que se salga de lo convencional.

            Sin embargo, a pesar de ese hecho, comencé a soltar palabras por mi boca con una sobriedad impropia del que se sabe carne de cañón, y de meme, en medios de comunicación, mentideros y redes sociales. Cuando acabé, no recordaba casi nada de lo que acababa de decir, pero tenía la sensación de que no me había dejado nada en el tintero.

            Por lo que me fueron contando después, lo más celebrado entre el respetable fue cuando anuncié que, entre los presentes, habría por lo menos quince ladrones y treinta espías quienes, en menos de un minuto, podrían abrir el candado de oro que protegía la caja fuerte donde se guardaban las memorias del embajador.

            Aturdido por los acontecimientos, decidí salir a la terraza a tomar el aire. Bajo un cielo tupido de estrellas sentí una voz que me llamaba desde alguna parte del jardín oscuro y tenebroso.

            Al principio pensé que se trataba de imaginación, regada con generosas cantidades de vodka durante toda la noche. Cuando oí que me requerían por un apodo que sólo conocían los más allegados, deduje que no me lo estaba inventando.

            Tambaleándome, fruto del alcohol y de cierto miedo que según avanzaba en mis pasos iba creciendo, llegué al lugar de donde creían que venían las voces.

            Cual fue mi desilusión cuando vi que en el lugar sólo había un escarabajo, gordo y oscuro, que no me quitaba ojo de encima. Al girarme para regresar a la casa, maldiciendo una vez más seguir mis instintos, la voz volvió a sonar. Me volví y allí estaba el escarabajo de nuevo. Esta vez, al vernos cara a cara, me habló para que no tuviera dudas de que era él y solo él quien me llamaba.

            El estupor, la incredulidad y toda una serie más de sensaciones me fueron invadiendo, de golpe, sin poder digerirlas. Sentado en un banco cercano dudaba de si esa noche, en ese preciso momento, había perdido la poca cordura que me quedaba.

            El escarabajo no paró de hablar durante todo ese rato. Me contó que era su quinta reencarnación, que en su vida humana había sido un escultor de cierto renombre, pero que, por su mala cabeza y sus malas decisiones, había sido condenada a vidas cortas y sucias en cuerpos de diferentes insectos.

            Al parecer su condena le vino cuando en una fría mañana, en un duelo de honor frente a un joven valeroso pero inconsciente, se le fue la mano y en lugar de marcarle y acabar el desafío, se la clavó demasiado profundo y en un lugar demasiado sensible, provocándole la muerte.

            Dicho joven era hijo de un potentado hacendado quién al enterarse, hizo todo lo posible para hundir al escultor. Así, de acudir vestido de etiqueta a las mejores fiestas de la ciudad, se vio viviendo en la calle, luchando con otros sin techo por sobrevivir.

            Así anduvo durante meses cuando, en una noche en la que el alcohol barato había subido demasiado deprisa, tuvo un enfrentamiento con un antiguo politólogo quien, además de experto en artes marciales había sido guardaespaldas de un antiguo embajador. De un golpe certero, rompió el cuello al escultor, causándole la muerte, y conduciéndole a esa espiral de reencarnaciones.

            Amanecía y el escarabajo escultor seguía con su perorata. Cansado, le interrumpí. Le pedí que quería de mí. Me imploró como solo lo puede hacer un alma arrepentida que le arrojara por el acantilado. Según él, si un loco o un perturbado acababa con él, se rompería el círculo vicioso en el que encontraba.

            Sin pensarlo muy bien, cogí con un pañuelo de papel el escarabajo y le conduje hasta el cercano acantilado de los amantes despechados. Sin despedirme de él le arrojé. No me paré a mirar dónde caía.

            Mientras volvía a la casa, pensaba en contarle o no a mi psiquiatra lo que había pasado esa noche. A lo mejor, si lo hacía, me volvía a encerrar y no me dejaba acudir a la cena fiesta de los viernes en el psiquiátrico.

 


CocheMandarino

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