Romance de un momento
El sol te esperó un poco. Pero al fin no pudo más. Y cambió. No importa. No importa ya. Ahora veo tus ojos. Ojos infinitos que no se niegan a mirar mi humilde rostro de hombre enamorado y triste. Triste tras la espera de que tus soles no cambien nunca en ningún ocaso. Y sin embargo ya cambiaron ante la infatigable cortina del tiempo de apenas ese día, de ese instante cuando en ellos el sol, celoso, dejó sus luces y tintes cambiantes, sin dejarles cambiar no obstante, queriendo cegarte inútilmente con sus sepias de atardecer y sus moras infinitas manchando mi esperanza. No me hables en este instante. Solo hazlo en otros, nunca en éste. No comprendería en absoluto. No escucharía yo, sumido en el fragor de colores de esas dos aguas que hierven sin consumirse, tal vez con un dejo de burla al ver caer estrepitosamente mis inútiles barreras defensivas en ese momento; y en aquel pasado de recuerdos cuando tu mar se volcó hacia mí y no te hablé. Aciago día que ahora revivo en este atardecer, encandilado de recuerdos. Romance de colores tras de ti, inútil ya, Amapola.